Subida al Wayna Picchu en Machu Picchu

La visita al Machu Picchu se puede completar con la ruta de ascenso al Wayna Picchu, la archifotografiada montaña que se encuentra justo detrás del complejo sagrado y desde la que se pueden otear unas vistas privilegiadas de todo el entorno.
El acceso a Wayna Picchu está limitado a 200 personas diarias repartidas en dos turnos, el primero a las 7:00 y el segundo a las 10:00 de la mañana.
Nosotros, intentando evitar las horas de más calor, reservamos en el primer turno por lo que nada más llegar a Machu Picchu, nos fuimos directamente a la entrada a la ruta de ascenso al Wayna Picchu ya que ibamos algo justitos de tiempo (deberíamos haber madrugado más todavía).
Aprovecho para comentar aquí, antes de seguir con esta entrada, que tengo vértigo. Un vértigo atroz. Me dan pánico las alturas.

Desde pequeño. Recuerdo perfectamente lo mal que lo pasé cuando tuve que subir al campanario de Notre-Dame a cuatro patas o cuando me quedé bloqueado durante horas en una torre en Brujas llorando porque me daban miedo las escaleras de caracol mientras un hombre con muletas me adelantaba. Ya me habían advertido que la ruta de ascenso al Wayna Picchu (unos 2700 metros) era bastante acojonante y que había algunos momentos de la ruta que podían resultar difíciles en ese sentido. Afrontaba yo, por tanto, esta parte de la visita al Machu Picchu con cierta inquietud y nerviosismo, tengo que reconocerlo.
Había visto algunas fotos y la verdad es que llano precisamente el recorrido no parecía que iba a ser.
(No sabía en aquel momento que la prestigiosa revista Outdoors Magazine había calificado esta ruta como una de los circuitos turísticos de hiking más peligrosos del mundo y parece ser incluso que se matan un par de turistas al año intentando llegar a la cima).
Yo, que ignoraba todo ésto, estaba nervioso, como os digo, pero confiado.  El hecho de que hubiera niños y ancianos esperando en la puerta nos tranquilizó un poquito. “Si una niña de 10 años o un señor de 70 años puede hacerlo, tú también puedes, Iván”, pensé. Su presencia era como un talismán, una garantía de que no era más que un camino de peregrinaje para turistas, como tantos otros, apto para todos los públicos. Pero lamentablemente en cuanto abrieron el acceso a la ruta, los niños y los ancianos les dieron besos a sus familiares y amigos, se despidieron de ellos y nos dejaron allí, sólos ante el peligro, a los más jovenes o, al menos, a los más osados. Aunque los controles no son muy estrictos parece ser que el acceso está limitado por seguridad de tal forma que, por ejemplo, los niños menores de cierta edad no pueden subir. Con todo esto, una pequeña señal de alarma saltó en mi cabeza (oh oh!). “El miedo es la muerte del alma” pensé. Y ya que estaba allí no iba a dejar escapar la oportunidad. Iba a aprovecharla. Iba a subir. Era un reto personal. Lo iba a conseguir.
Al pasar, un oficial en el puesto de guardia tomó nota de nuestra hora de entrada, número de pasaporte, edad y nacionalidad. (¿Nos cuentan por si alguien no vuelve vivo?). El chico nos dijo que el tiempo estimado de la ruta era de unas tres horas.
La primera hora, hora y media de ruta es asequible. La vegetación espesa en la parte baja hace las funciones de quita miedos y amortiguan un poco el impacto visual de la altura. Y además el camino no es tan empinado. Aún así,   todo el camino, desde sus inicios,  es una buena prueba de fuerza y forma física   donde las piernas sufren las consecuencias de los retorcidos escalones incas y los pulmones padecen la falta de oxígeno debido a la altitud.

Cada uno a su ritmo, paso a paso, entre resoplidos y risas, todos ibamos haciendo camino al andar.
Todos estabamos concentrados en la subida, pero en cada descanso, en cada momento de parada, aprovechabamos para darnos la vuelta, girar la cabeza y contemplar las fantásticas vistas del valle, cada vez más paronámicas cuanto más arriba en la montaña nos encontrabamos.
Tras una hora andando, alcanzamos un punto donde la ruta parecía terminar para llegar a  un mirador sobre una roca desde el que las vistas eran increibles. La vegetación allí era más rala y la inmensidad abierta y sin tapujos del vacío en ese punto me golpeó en el estomago nada más asomarme. Parecía desde allí que el mundo entero se colocaba a mis pies y borracho de altura yo me mareaba. Sin acercarme demasiado al borde tomé unas cuantas fotos y descansé contemplando el paisaje bastante lejos del filo del abismo experimentando una extraña mezcla entre realización personal y temor por la bajada. Esta sensación, vivida en soledad, sólo era interrumpida por las risas y carcajadas del resto de turistas  que en el mismo borde del barranco,  aquella plataforma hacia la nada,  jugaban, bromeaban y se hacían fotos chistosas. Poco a poco estaban poniendome cada vez más nervioso (¡Imprudentes!). En el fondo envidiaba su capacidad para abstraerse del vacio, su valentía, su falta de miedo a las alturas.
Salí  poco a poco de aquel estado de ensimismamiento escapando de mis propios pensamientos para comprobar que,  para mi desgracia, la ruta no terminaba allí. La gente continuaba subiendo, casi escalando, por unos peñascos hacía la cima misma de la montaña. Había que continuar. “No. Yo ya no subo más“-pensé. Luego dudé y viendo que todo el mundo seguía adelante y que mi prima y su amiga, envalentonadas, hacían lo mismo, me animé y poseído por no se que clase de espíritu inconsciente e imprudente (casi insensato) me lancé a ello.
Y fué a partir de aquí  cuando el camino se complicó definitivamente.
Había que atravesar una pequeña cueva (a mucha gente era lo que más miedo le daba: ¿gritan por esto y no por los barracos? no lo entiendo…) para luego subir peldaño a peldaño una escalera de madera que no tenía pinta que la hubiesen construido los incas pero que si parecía llevar allí mucho tiempo. La escalera crujía y yo temblaba.
Una vez arriba, asomé la cabeza y ya de golpe me topé con el horror. El camino se conviertía en peñascos y las vistas de impresionantes en acojonantes. El vacio. Había que saltar de un peñasco a otro. Estabamos en lo alto de la montaña.
Entré en pánico. Tiré la botella de agua que había portado religiosamente desde abajo. “A tomar por culo el ecosistema”- pensé, lo reconozco, cuando crees que tu vida está en peligro te vuelves mucho más insensible a los problemas del planeta.  Pasé de un peñasco a otro arrastrándome sin apenas levantar la cabeza.
Una chica colombiana me preguntó al otro lado si estaba bien. Le comenté con voz trémula que tenía vertigo. Ella intentó calmarme con una poco efectiva mezcla de sorna y  compasión y  puntualizó además águdamente que quizás Perú no fuera el mejor país para viajar en ese caso. “Gracias por la información, imbecil-pensé- pero ni le contesé. Seguí mirando el horizonte con cara de idiota a lo que ella me animó con cierta condescendencia diciendome que lo estaba haciendo que éso era lo importante y que adelante. Que estaba venciendo mis miedos. La chica era muy maja, la verdad, lo de imbecil era solo porque yo ya estaba histérico. No tengo excusa. Normalmente no soy tan capullo.
Peñascos superados. Buff, suspiro aliviado. Pero no hubo minuto para el respiro. No se acababa ahí la cosa. Había que dar la vuelta a una roca. Lo hice con la espalda pegada completamente a la roca. Llegados a este punto yo sólo quería salir de ahí. Me daba igual el paisaje de los cojones. ¿Dónde estaban mi prima y su amiga? Yo estaba agarrado como un tonto apoyado a la piedra esa, odioso peñasco salvador, y la mayor parte de la gente gritaba de emoción y se hacia fotos como si nada. Estaba claro que era yo el que tenía un problema… Quizás algún lector perdido por la red que esté leyendo esta entrada ahora mismo, ya habrá subido al Wayna Pichu y pensará que estoy exagerando, que la ruta no es para tanto… Tengo que reconocer que estará en lo cierto… Pero para mí aquello estaba siendo todo un desafío… Una verdadera aventura.
Dí la vuelta a la roca ya sin esperanzas, casi paralizado. Al otro lado, las cosas no mejoraban… Había que pasar a traves de un caminito muy estrecho sobre una roca inclinada. Al fondo el vacio, el camino daba la vuelta y daba la impresión de acabarse al final aunque en realidad giraba y seguía más allá.
Fué ahí cuando ya me bloquee definitivamente y me puse a llorar. No de forma exagerada y sonora como haría un niño pequeño o un bebé  pero si que eché unas tímidas lagrimillas contenidas que resbalaban por mis mejillas sin demasiados tapujos. No voy a decir que monté un espectáculo… Pero vamos, como Indiana Jones precisamente no me comporte. (Bueno, si… que pasa, los chicos también lloran). Por una vez, yo fui uno de esos idiotas que arman un numerito y del que todo el mundo se acuerda más tarde cuando comenta con sus amigos y familiares su gloriosa subida al Wayna Pichu.
Una japonesa me pidió que le hiciese una foto. Ni le contesté. De detrás de la roca, apareció una pareja americana. Ella estaba tan acojonada como yo. Dijo que por ahí no pasaba. Nos miramos. Que bonito resulta empatizar con un desconocido al que te acabas de encontrar. Nos quedamos ahí parados durante unos minutos pensando en que hacer mientras todo el mundo continuaba adelante.
Intentamos dar la vuelta y deshacer el camino andado. Era imposible. No había retorno.Sólo había una dirección posible, la gente que iba detrás nuestra seguía subiendo y no había espacio para pasar en el otro sentido.
En aquel momento, el pánico me dominaba. No podía ni pensar con claridad. Sólo quería bajar. Aunque fuese en helicóptero. Me daba igual.
Una familia colombiana con un padre musculitos, una madre gorda que no paraba de rezar y tres hijos con aparatos en los dientes pasaron sin problemas aunque con la ayuda de Dios porque la madre rezaba mientras andaba. La verdad es que fueron bastante majos. Me animaron y me tranquilizaron un poco y, en cierta forma, me dieron fuerzas para seguir.
Haciendo de tripas corazón pasé al otro lado. Si la madre gorda podía… yo también. Dejé allí a la pareja americana, petrificada por el pánico. Nunca volví a verlos. Pero no me llegó ninguna noticia de americanos despeñados en Perú así que supongo que de una forma u otra acabarían saliendo de ahí sanos y salvos. Bien por ellos.

Lo que no sabía, superado el obstaculo del caminito del infierno, era que lo peor estaba por llegar. El sendero, casi de cabras ya, caía montaña abajo bordeando unas abandonadas ruinas. Había que descender por unas escaleras incas cuyos escalones parecían estar construidos para gigantes y no para seres humanos normales. A un lado de los escalones, el vacio. Sin barandilla. Al final de la escalera el camino giraba y se podía ver el abismo sin fin (con el Machu Picchu al fondo, eso sí) de tal forma que parecía que las escaleras terminaban en la nada.
Llegados a este punto yo ya sólo podía seguir hacia delante. Ya ni pensaba. Era un animal guiado por el instituto de supervivencia (como me encanta el drama eh…). Me sudaban las manos y me temblaban las piernas. No podía seguir en camino de pie. Me mareaba. La cabeza me daba vueltas. Bajé muy despacio. Con el culo pegado al suelo, arrastrandome en cada escalón. En ese momento ya me daba igual la camara, me daba igual la mochila, me daba igual que me cargase los pantalones. Lo único que me importaba en aquel mismo instante era bajar. Salir de ahí.
Me dí cuenta de que quizás mi torpe e inútil lentitud retrasaba a los que iban detras.
-“I’m sorry. I am very slow”-dije excusando a los que me seguían.
Una chica a la que nunca le llegué a ver la cara, me contestó con voz temblorosa:
-“Don’t worry. I am scary too…”. No se por qué, no se quien era, pero aquel instante de pánico, la sentí tan cerca que hasta le hubiera dado un par de besos si hubiera podido girarme.
Poco a poco, el camino se fue haciendo más fácil y la ruta de bajada la terminé sin más incidentes, con un fuerte dolor de cabeza y con los esfínteres controlados (sólo no haberme cagado encima aquel día ya se podría considerar un logro).
El sol empezaba a tostar ya con fuerza (eran cerca de las once ya) y ya empezabamos a cruzarnos con el segundo grupo de subida, el de las 10:00 que ignoraban lo que se les venía encima.
De vuelta al puesto de guardia, orgulloso tomaron nota de mi tiempo de llegada. 3 horas 42 minutos (no está mal…). Quizás no haya batido el record de rapidez en el ascenso y descenso del Wayna Picchu, pero, desde luego, había llegado a mi límite personal y lo había superado. Eso sí, satisfecho estoy pero la próxima vez que vaya me quedo abajo y no subo…

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2 Respuestas a “Subida al Wayna Picchu en Machu Picchu

    • Hola Javier, ante todo muchas gracias por visitar mi blog y tomarte la molestia en comentar mi entrada. Ya no te queda nada para viajar a Perú. Fuerza. Te animo a subir al Wayna Picchu. Da miedo pero la experiencia es alucinante. Un saludo desde Madrid,

      Iván

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