Jaipur: la ciudad rosada, la puerta del Rajastán

Cuando el principe de Gales visitó Jaipur allá en el año 1905, para darle la bienvenida, el maharajá ordenó pintar toda la ciudad de rosa, el color de la hospitalidad. Y así lo hicieron, convirtiendo el color rosa en todo un simbolo para la ciudad de Jaipur. Es por eso que desde entonces, a la capital del Rajastán se la conoce como la ciudad rosada.
A nosotros después de muchisimas horas de viaje en tren desde Rishikesh nos dió la bienvenida nuestro conductor Viru con un cómodo y confortable coche con aire acondicionado. Él y su coche, como caidos del cielo, nos iba a acompañar durante los próximos días de viaje.
Yo estaba agotado, hacía muchisimo calor en Jaipur en comparación con Rishikesh y las montañas y después de la relativa tranquilidad de los preHimalayas, el caos de Jaipur se me tornó dificil de digerir. Es por esto que agradecí no tener que pensar demasiado y que nos fuesen a buscar a la puerta de la estación.
Jaipur es grande y caótica. Es una ciudad viva e intensa y toda ella destila el perfume de lo exótico y  el sabor de oriente. Sus calles y su urbanismo (herencia de la época colonial inglesa), sus gradiosos monumentos procedentes de los tiempos dorados del gobierno de los majarás y su imponente presencia  encajaban perfectamente con la idea de India que yo tenía en mi cabeza mucho mejor que cualquier otro sitio que hubiera visitado en el país hasta entonces. Pero Jaipur además de por su majestuosidad golpea a la vista también por la pobreza y la miseria, mucho más evidente aquí, en una gran ciudad india, que en Rishikesh o Haridwar, poblaciones mucho más pequeñitas, tanto en extensión como en población.


Y es que Jaipur, con una población de tres millones y medio de almas, capital del estado de Rajastán, es una gran ciudad y se nota.
Además, Jaipur es uno de los principales destinos turísticos de la India y la ciudad estratégicamente situada, constituye junto con Delhi y Agra, el famoso triangulo de oro, el circuito turístico básico para cualquier viajero que visite el norte del pais.
Aquí turismo y pobreza conviven, por tanto, y pasan a formar parte de la vida diaria de la ciudad, entremezclándose con el tráfico incesante, los chirriantes pitidos y la contaminación urbana, haciendo a veces de Jaipur un lugar no demasiado fácil de abordar en un principio.
Nosotros algo escasos de tiempo no ibamos a pasar más que un día en la ciudad y se nos planteaba una agenda dura y apretada para aquel día, sobre todo teniendo en cuenta el cansancio acumulado que ya llevabamos encima.

Nuestra primera parada fue el Palacio de los Vientos o Hawa Mahal, cuya fabulosa fachada constituye quizás una de las imagenes más iconoclastas y reconocidas de toda la ciudad. Construido en 1799 (Jaipur fue fundada en el año 1727), el palacio formaba parte del Palacio Real de la ciudad y su función era la de mirador para las mujeres del harén, que podrían contemplar así discretamente el devenir diario de la ciudad acurrucadas tras sus multiples ventanitas. La fachada como ya digo es impresionante, de un vivo color rosa y con una arquitectura que resulta casi hipnótica y llama poderosamente la atención. Frente a ella, un montón de turistas, como nosotros,  se agolpaban con sus cámaras, afanándose en esquivar el tráfico y las decenas de mujeres y niños que alzaban sus manos pidiendo limosna. Era sorprendente como el empeño que ponían los turístas en sacar su fotografía perfecta de la fachada dejando fuera de la imagen la pobreza que  rodeaba al palacio era proporcional al esfuerzo y al insistente empeño que también ponían aquellas mujeres harapientas en pedir dinero y salir en la foto si no se les daba algo de dinero para que se fueran.
El espectáculo del turismo me pareció en ese momento casi hasta cómico, diría que incluso patético o algo bochornoso. De todas formas, para mí no era una sensación nueva. Una vez más volvía ser parte, como siempre, del triste juego del turismo. Con sus luces y sus sombras.

Viru nos condujo después al Palacio de la Ciudad, residencia histórica de los maharajás. El complejo, todo él de un resultón y coqueto color rosa pastel, como el resto de la ciudad, incluye los palacios de Chandra y Mubarak, entre muchos otros y es una interesante y refrescante visita (por el aire acondicionado sobre todo) en la que uno puede contemplar el lujo asiático al que se veían (y se ven) sometidos los maharajás en sus buenos tiempo. Yo que en mi ignorancia creía que ya no había más maharajás y que eran cosa del pasado pude descubrir que el honorable descendiente de la larga estirpe nobiliaria de Jaipur todavía estaba vivo y era, además de dueño del Palacio que visitabamos, un honroso miembro del Parlamento Indio en la actualidad, conservando así parte de la influencia política y económica que los británicos permitieron mantener a su familia en su gobierno indirecto de la colonia.
El Palacio fue construido sin reparar en gastos, la verdad, con enormes lámparas, amplios salones y salas de recepción pero, bueno, al final, no deja de ser un Palacio Real como tantos otros que hay en el mundo.

Me impresionó mucho más el fuerte-palacio de Amber, al que Viru nos llevó justo después. Situado a 11 kilometros de Jaipur, se llega a Amber a traves de una serpenteante y ascendente carretera con la sensación de que nunca se ha dejado completamente la ciudad. A medida que el coche se iba acercando, el Fuerte-Palacio de Amber ya se iba dibujando imponente en el horizonte. Ahí, en Amber, era donde se encontraba la antigua capital de la región, antes de que fuese trasladada a las llanuras, en Jaipur.

El fuerte-palacio de Amber es un lugar de ensueño, casi de película. Uno de esos escenarios inspiradores de leyendas, catalizadores para la imaginación del viajero occidental y un emplazamiento de indudable valor artístico e histórico. Todo el recinto está montado para reforzar precisamente esa imagen en el visitante, desde los elefantes que se encaraman a lo largo de la cuesta de subida llevando en sus lomos a los atrevidos viajeros hasta los encantadores de serpientes que parecen sacados de cualquier cuento pasando por las mujeres de la limpieza envueltas en sus coloridos y llamativos saris. Nosotros nos perdimos por los rincones del palacio durante una hora y media (casi dos horas) y fue quizás el primer sitio masivamente turístico que nos encontramos en nuestro viaje a la India. Era la primera vez en el país que nos topabamos con los grupos de viajes organizados. Estabamos entrando en la ruta más transitada por los turistas del país. Buena fé daban de ello lo cuidado del palacio y las buenas instalaciones, ya más acomodadas a las exigencias del turista occidental medio. (baños limpios y alguna que otra cafetería a lo occidental).

Allí en el palacio de Amber, después de dos días de viaje consecutivos para llegar allí, sin haberme duchado en las últimas 36 horas, contemplando a los demás viajeros, perfumados, maquillados, arreglados y bien vestidos (ventajas de los viajes organizados jejeje), fui consciente de hasta que punto estaba sucio y comprendí que la limpieza-suciedad es relativa al entorno. En comparación al país, hasta ese momento no era consciente de mi propia suciedad o de como, de alguna forma, el olor y la mugre de la India habían penetrado un poco en mi y habían impregnado mi ropa, mi piel y mi pelo.  Justo ahí en Amber, hablando con una señora de 50 años, española, bien arreglada y peinada con su pasmina y que se dirigió a nosotros para preguntarnos que tal el viaje, fui consciente de que necesitaba una ducha. La mujer fue muy amable eso sí, y nos dijo que era la segunda vez que venía al país. La primera vez fue hacía ya 30 años con su marido, mochila al hombro, sin contar con ninguna agencia. Nos comentó que en esos 30 años había notado que el país había cambiado mucho pero que aún así le encantaba.
En fin, a lo que iba, el palacio de Amber es impresionante. Y su visita, para mí es casi imprescindible. Las vistas desde lo alto del fuerte son impagables.

Ya de vuelta a la ciudad, terminado ya nuestro día en Jaipur, pasamos por el Jal Mahal, un bello palacio situado en el centro del lago Man Sagar. De nuevo, la estampa era casi de ensueño.
Abandonamos Jaipur rumbo a la sagrada Púshkar, ya en pleno corazón del Rajastán, con la incomoda sensación de que nos dejabamos mucho por ver y que quizás no le habíamos dedicado tiempo suficiente a la ciudad de Jaipur. Nos la habíamos bebido demasiado deprisa y quizás no pudimos saborearla demasiado. Una pena, pero, de todas formas, continuamos viaje.

Ahi van las páginas webs donde encontrar a Viru y su hermano Raju, dueños de la fantástica compañía que con condujo durante unos cuantos días. Totalmente recomendable!

http://www.tripadvisor.in/Attraction_Review-g304555-d5961043-Reviews-Incredible_Rural_India_Private_Day_Tour-Jaipur_Rajasthan.html

http://www.incredibleruralindia.com/

 

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