Ottawa: la capital discreta

Ocurre en muchas ocasiones, sobre todo en estados federales como es el caso de Canadá, que la capital de un país pasa completamente desapercibida en comparación con otras ciudades de la misma nación de muchísimo más peso social, económico o mucho mayor renombre o reputación. Sirvan como ejemplo los binomios Washington-Nueva York en Estados Unidos, Camberra-Sydney en Australia o el trío  Berna-Ginebra-Zurich en Suiza. Algo parecido pasa en Canadá, donde las ciudades de Montreal, Vancouver o Toronto son el centro de todas las miradas, mientras que la capital Ottawa se queda relegada a un discreto segundo plano, convirtiéndose así en una gran desconocida.
Quizás precisamente por esto, porque no esperabamos nada, fue por lo que al final Ottawa nos sorprendió tanto. Y es que a veces no esperar nada de algo y rebajar tus expectativas al mínimo es la clave para que ese algo te guste especialmente. He ahí el factor sopresa. Y es que al contrario de lo que habíamos pensado, Ottawa es una ciudad, muy verde, fotogénica, bonita, agradable y resultona.

La Reina Victoria de Inglaterra la eligió en 1857 como capital del Canadá, por ser un territorio neutral para las dos comunidades lingüisticas que convivían en las colonias británicas de Norteamérica. La gran regente británica tomó esta decisión salomónica y evitó así decantarse entre la todopoderosa y anglófona Toronto y la católica y francófona Montreal, eriguiendo como capital a la discreta Ottawa como solución de compromiso y alejando físicamente entre sí al mismo tiempo  el poder económico de franceses y británicos y el poder político del país.
Ottawa, hoy en día, es una elegante ciudad monumental, llena de edificios oficiales y museos (como la Galeria Nacional de Arte) , parques y jardines. La urbe reposa justo al borde del tranquilo curso del río Ottawa, del mismo nombre, y en ella todavía se respira y se hace patente ese pasado colonial británico. Ese origen inglés no evita que Ottawa sea casi perfectamente bilingüe, con un 32% de su población que tiene el francés como lengua materna. Ésto es algo que se percibe claramente en los negocios, en las calles. Ottawa es la capital de todos los canadienses, hablen la lengua que hablen, procedan de donde procedan y ese caracter integrador del país se mima especialmente en la capital Ottawa, que da la impresión de afanarse por ser políticamente correcta en estos términos.
Además de ser una ciudad muy burocrática, por la lógica alta proporción de funcionarios que viven en la ciudad, Ottawa es un importante centro económico, tecnológico y turístico reclamando así su lugar privilegiado como capital de un país de las gigantescas proporciones económicas y territoriales que es Canadá.
Nosotros llegamos a Ottawa en autobus desde Montreal. La terminal de autobuses no era demasiado grande, diría incluso que pequeña y me sorprendió que por tamaño la estación podría ser la terminal de transportes de cualquier ciudad pequeña española, como Oviedo o Santander.
Habíamos quedado en Ottawa con una amiga de M., uno de mis compañeros de viaje. La chica en cuestión estaba viviendo en Ottawa, se había mudado hacía unos meses  y  nos iba a acompañar durante los próximos días de viaje a través del este del país junto con dos amigas suyas que también estaban de visita en Canadá esos días.
Cogimos un taxi, y el conductor que hablaba un inglés con un fuerte acento nos comentó, al saber que veníamos de Madrid, que él iba a visitar Europa ese mismo verano, Madrid y Amsterdam y que pensaba salir de juerga por las dos ciudades, beber, fumar porros y pasárselo como nunca. (Madrid, Amsterdam= desfase ejem ejem sin comentarios). El hombre no paró de hablar, como una ametralladora disparando palabras con entusiasmo mientras el taxi atravesaba el downtown de Ottawa, el distrito financiero, lleno de rascacielos lo cual encajaba a la perfección en nuestra estampa ideal de ciudad norteamericana.
Tras un pequeño descanso en nuestra habitación para tres en un  hotel cerca del centro (que caro resulta el alojamiento en Canadá en general), salimos al encuentro de nuestras futuras compañeras de viaje al mismo tiempo que nos lanzabamos a conocer Ottawa.

Y precisamente el punto de encuentro, donde los seis nos conocimos, es quizás uno de los lugares más emblemáticos y representativos de toda la ciudad: El Parlamento de Canadá, situado en lo alto de una colina, Parliament Hill. El Parlamento de Canadá está constituido por tres magníficos edificios que en conjunto dan una imagen sólida e impresionante.  Es así, pensé yo cuando lo ví, como tiene que ser un Parlamento. Y me quede allí mirándolo fijamente durante un rato, sintiéndome pequeño. La arquitectura de un estílo gótico moderno evoca claramente a su origen británico (llamadme lo que queráis por decir esto, pero a mi me recordaba a la escuela de Harry Potter). No en vano su construcción la ordenó la Reina Victoria en 1857 cuando se trasladó  la capital de la provincia de Canadá  a la por aquel entonces rural y diminuta Ottawa.
El Parlamento se puede visitar por dentro y se organizan distintas visitas guiadas en varios idiomas. La visita merece la pena, la entrada es gratuita y durante el tour uno puede visitar el Senado, la Cámara de los Comunes, la biblioteca al mismo tiempo que te explican el sistema de gobierno del país, enaltecen a Canadá como nación, exaltan el sentimiento patrio y te cuentan algún que otro chascarrillo, típico de esta clase de visitas guiadas. A mi me hizo bastante gracia la historia de que el cuadro de la Reina Victoria que cuelga orgulloso en una las paredes del parlamento, protegido de la fatalidad por el destino,  se salvó  hasta cuatro veces de distintos incendios, uno de ellos cuando en 1916 ardió todo el edificio del Parlamento y sólo se salvo la biblioteca, justamente donde se guardaba el cuadro por aquel entonces.

Los alrededores del Parlamento, en la colina sobre la que se situa, son muy bonitos y son un agradable paseo siendo todo el conjunto de importante valor histórico y cultural para toda la ciudad.
Justo al lado del Parlamento se encuentra el llamativo Château Laurier, un enorme palacio-hotel, donde se han alojado todas las grandes personalidades que han visitado el Parlamento a lo largo de su historia.

Justo en las cercanías de la colina del Parlamento parte el canal Rideau, uno de los puntos turísticos más destacados de la ciudad, un larguisimo canal de agua con paseo  que recorre algunos de los emplazamientos más emblemáticos de Ottawa atravesando zonas verdes y parques. El canal es gigantesco y conecta la ciudad de Ottawa con otras del mismo estado de Ontario y llega a tener hasta casi 200 kms de longitud (casi nada). En verano es perfectamente navegable y en invierno nos han dicho que las aguas se congelan y que mucha gente aprovecha para patinar.

Ottawa para mi supuso una agradable parada en el camino. Es una ciudad que bien merece una visita y al final valorando el viaje en su conjunto quizás fue uno de los lugares que más me gustó de todo el país. Para nuestro viaje, Ottawa era en un principio nada más que un punto de encuentro, la visitamos casi por accidente. Aparte de ser un momento de inflexión del viaje ya que tres personas más se incorporarnos a nuestro grupo durante unos cuantos días, a mi Ottawa me sorprendió para bien.
Lo cierto es que disfrutamos bastante la ciudad y, en cierta forma, conectamos con Ottawa durante nuestra pequeña relación de dos días, así que cuando recogimos la furgoneta para seis y partimos rumbo a la ciudad de Quebec, yo me fui de Ottawa con una agradable sensación de satisfacción. Mis expectativas habían quedado sobradamente colmadas.

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