Helsinki: funcionalidad escandinava con tintes eslavos

Siendo honestos, antes de visitar Helsinki, no me habían hablado demasiado bien de esta ciudad. Todas las referencias previas que tenía sobre la capital de Finlandia describían a Helsinki como una ciudad fría, fea, aburrida, sosa y para encima cara.
Y todo ésto no es que haya sido invención de una sóla persona, si no que se había repetido reiteradamente en diferentes conversaciones sobre el tema con varias personas.  La impresión general, ya fuese más o menos generosa con la ciudad, no era excesivamente favorable.


Personalmente, aun cuando no puedo negar que quizás Helsinki no sea la ciudad más hermosa de Europa, no puedo evitar reconocer que tal vez todas estas observaciones son algo exageradas y desproporcionadas. No es plan tampoco de ensañarse con el pobre Helsinki.
Helsinki es la capital y ciudad más grande de Finlandia y cuenta con aproximadamente un millón de almas.
Yo tuve el “placer” de visitarla en pleno mes de diciembre y fue para nosotros una parada obligada en nuestro camino hacia las vastas y gélidas tierras laponas, al norte del país, donde la naturaleza alcanza una dimensión grandiosa casi salvaje y donde Finlandia muestra sus verdaderas entrañas y despliega sus grandes encantos turísticos.
Como puerta al norte, Helsinki ofrece ciertas dósis de sofisticación y funcionalidad escandinava, con un poquito de la grandiosidad de la arquitectura rusa (la influencia de la dominación rusa se hace más que patente en Helsinki), alternando las amplias y nevadas avenidas con parques y lagos que le dan a la ciudad un aire entre práctico y meláncolico, entre natural y urbano.
Quiero resaltar aquí que mi visita a Helsinki estuvo marcada claramente por el hecho de que era diciembre, no había apenas horas de luz (el sol se ponía a las cuatro de la tarde) y nevaba continuamente haciendo de pasear por la ciudad una dura prueba de resistencia al frío.
Las cafeterías y restaurantes resultaron especialmente tentadores durante nuestra estancia allí (no así sus precios).
Asentada sobre una bahía, orientada al mar y rodeada de islas y naturaleza, me puedo imaginar que el Helsinki invernal es completamente diferente del Helsinki estival, como ocurre con todas las ciudades del norte y aterecido de frio andando por las congeladas aceras de la ciudad, me preguntaba cual de los dos Helsinki habían conocido mis amigos y conocidos que habían estado allí. Y es que aunque yo no lo pude comprobar, seguramente esta ciudad muestre su cara más amable con los largos días de verano, cuando los finlandeses se lancen a la calle para disfrutar de los preciados rayos de sol y cuando el turismo alcancé su máximo apogeo en el sur del país, cerca de la costa.
Aún cuando posee muchos puntos en común con todo el resto de Escandinavia, lo cierto es que Helsinki es ligeramente diferente a sus hermanas escandinavas, Oslo, Copenhague o Estocolmo, y eso, en cierta manera, captó mi interés desde el principio ya que  que las ciudades escandinavas me parecen todas un poco cortadas todas por el mismo patrón. Pero Helsinki se diferencia de sus vecinas.

Fue fundada en 1550 y tras pasar por manos suecas, finalmente acabó bajo dominación rusa, quienes la convirtieron en capital del Gran Ducado de Finlandia, y fue precisamente bajo la tutela zarista que Helsinki empezó a prosperar y alcanzar gran importancia política y cultural.
La capitalidad fue logicamente el motor de crecimiento de la ciudad que fue renovada y construida bajo las normas arquitectónicas del neoclasicismo intentando hacerla parecer lo máximo posible a la esplendorosa y todopoderosa San Petersburgo.
Tras una convulsa primera mitad del siglo XX, con la guerra civil finlandesa incluida y la amenaza del comunismo, finalmente Helsinki emergió y se consolidó para llegar a convertirse hoy en día en la capital de uno de los países más prósperos de la Unión Europea e incluso llegar a ser hace un par de años  la ciudad más cara del mundo.
Toda su historia, especialmente los años de control político ruso, han imprimido caracter a la ciudad y ese aire neoclasico-eslavo que comentaba hace unas lineas es más que evidente y distingue a Helsinki, como ya digo,  de sus vecinas escandinavas.
De todo esto son testimonio muchos de los edificios más emblemáticos de la ciudad, como el enorme Parlamento, inaugurado en las primeras decadas del siglo XX, o la imponente catedral luterana, auténtico símbolo de la ciudad y que con sus enormes cúpulas y sus columnas aparece solidamente en lo alto de la gran plaza del Senado, en cuyo centro se encuentra una estatua eregida en honor al gran zar Alejandro II. Esta plaza del Senado supone el corazón arquitectónico neoclásico de la ciudad y es el lugar más fotogénico de todo el centro urbano.

Muy cerquita de allí se encuentra la Casa Sederholm, la casa de piedra más antigua de toda la ciudad.
El pasado ruso de la misma vuelve a hacerse más que evidente cerca del puerto donde uno se topa con la catedral de Uspenski, la iglesia ortodoxa rusa más grande de Europa Occidental. El vivo color rojo de los ladrillos y el dorado centelleante de sus trece enormes cúpulas sobresale y destaca sobre el fondo blanco nevado del entorno y llamó nuestra atención poderosamente.
Precisamente contra la dominación rusa se rebeló el más notable músico finlandés Jean Sibelius y el monumento de acero construido en su honor es hoy todo un llamativo homenaje  al músico y un metático recuerdo patriótico de la lucha por la independencia del país.

Además, Helsinki como buena ciudad del norte que es cuenta con una buena selección de museos como el Museo Nacional o el Museo de Arte Contemporaneo, que siempre son opciones a considerar en caso de que el frío apriete.
Mi amigo Víctor cuando estuvo en Helsinki, ciudad que no le gustó demasiado, me comentó que el edificio más bonito de toda la ciudad era la estación de trenes.  Y eso en sí, afirmaba,  ya decía mucho de lo poco que tenía que ofrecer Helsinki. (Y es que Víctor es un hueso duro de pelar y nuestros criterios no siempre coinciden, como he podido constatar en varias ocasiones). Y al llegar a la estación, de donde partimos hacia Laponia y a donde volvimos a la vuelta,  me acordé de él.
Lo cierto es que la Rautatieasema, construida en la primera decenia del siglo XX,  es un llamativo edificio de ladrillo rojo, un claro exponente de estilo modernista y otra curiosa y emblemática pieza de arquitéctura de la ciudad, además de un importante nudo de comunicaciones del país.

Guste o no, el edificio con sus enormes puertas es imponente y un caluroso y transitado refugio para gente sin hogar, borrachos o pasajeros en tránsito. (Lo cierto es que a veces incluso da un poco de miedo ya que se respira un ambiente problemático en su interior que nada tiene que ver con el paradigma de tranquilidad y seguridad ciudadana con los que asociamos al país). Como os podéis imaginar, Rautatieasema es el punto de partida hacia el lejano norte, las otras grandes ciudades del país como Turku o Tampere o la puerta hacia la gigantesca Rusia, ya que desde esta estación es de donde parten los trenes rápidos a San Petersburgo.
Rautatieasema es lugar de paso y entrada y salida de la capital del país, Helsinki, una ciudad híbrido con un corazón puramente escandinavo que se disfraza y se maquilla con ropajes eslavos. Un lugar que bien merece una visita, aunque desde luego, muchos pasarán de largo sin descubrir sus no demasiado evidentes encantos y tantos otros ni tan siquiera se molestarán en buscarlos. En cualquier caso, sean cual sean vuestras impresiones sobre la ciudad,  Helsinki es una parada necesaria para aquellos quienes deseen conocer e incarle el diente a la Laponia Finlandesa.

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