Ciudad del Cabo: Blanco y negro en la ciudad arcoiris

Francamente, no sé muy bien como abordar esta entrada sobre Ciudad del Cabo. Es una ciudad africana atípica, una urbe compleja, atractiva e interesante, no siempre fácil de comprender. Es como una especie de caleidoscopio con muchas realidades conviviendo en el mismo espacio y cuya perspectiva cambia según el momento y el lugar desde el que se observe o la persona con la que estes hablando, ofreciendo panorámicas y fotografías a veces completamente opuestas. Es pobre y rica a la vez, divertida  e intimidante otras veces, exótica y multicultural a la par que occidental, tan africana de entrada como europea de vez en cuando.

No creo que ninguna crónica que yo pueda modestamente escribir desde este blog le pueda  hacer hacer justicia o abarcar toda esa complejidad a la que me refiero; aún así intentaré dar algunas pequeñas pinceladas y aportar algunas de mis impresiones y mi punto de vista personal y particular sobre esta gran ciudad africana.
Para empezar lo primero que quiero decir es que Ciudad del Cabo es única y excepcional. Al menos yo no he conocido ninguna otra ciudad igual hasta el momento. Por un lado, es una urbe rebosante de contrastes y contradicciones.  Su convulso pasado no deja indiferente a nadie, ni siquiera a sus propios habitantes, que como el resto de sudafricanos todavía están haciendo un ejercicio de reflexión sobre lo que supuso el régimen del aparheid  y las consecuencias de su historia en la sociedad presente. Ese presente en el que  las desigualdades, tan evidentes y dificilmente disimulables a lo largo y ancho de todo el país, son compatibles con el hecho de que Ciudad del Cabo sea una ciudad joven, dinámica ,  llena de vida y energía y con unas ganas tremendas de progresar. Y ese sentir se capta nada más llegar y se palpa en sus gentes, en las calles, independientemente del color de su piel, algo, la raza, tan presente todavía para los sudafricanos en esta nueva Sudáfrica post-aparheid.
Por otra parte,  Ciudad del Cabo es una auténtica joya desde el punto de vista turístico. Una gema escondida en el extremo sur del continente africano rodeada de un entorno natural del que es díficil no caer prendado y que pondría verde de envidia a cualquier gran capital de la vieja Europa. Es una de las áreas con mayor nivel de  biodiversidad del planeta y playas larguisimas de arena blanca y una fauna a pié de calle hacen de Ciudad del Cabo un verdadero paraiso urbano.
Por si fuera poco, a todo esto habría que sumar que Ciudad del Cabo emerge como un centro de enorme importancia  dentro de la nueva Sudáfrica convirtiéndose, por ende, en un foco de gran influencia política y cultural en todo el cono sur africano, compitiendo directamente con Johanesburgo en este terreno. De hecho, aunque el gran poder económico del país se ha instalado en Johanesburgo, es en Ciudad del Cabo donde se ubica el Parlamento Nacional y donde reside el poder legislativo que emana de las urnas en esta joven democracia.
Además, sociologicamente, de todas las grandes ciudades del país, sin duda, Ciudad del Cabo es la más diversa. En un país donde la raza es un verdadero y esencial factor de desigualdad que vertebra la distribución social de clases, Ciudad del Cabo aparece como la urbe etnicamente más variada y  repartida, haciendo suya por goleada la denominación que se aplica a todo el país de la Nación Arco Iris.
Los mestizos (coloured) constituyen aproximadamente la mitad de la población, siendo la población negra la segunda en importancia (un 30%). La minoria blanca alcanza aquí los porcentajes más elevados de todo el país (cerca del 20%), existiendo además una importante minoria de origen asiático (malayos, hindúes…).
Y es que la raza, como ya digo, sigue siendo el factor fundamental a tener en cuenta a la hora de estudiar la distribución de los recursos entre los habitantes de Ciudad del Cabo, a pesar del fin del apartheid.  Aporto aquí algunos números. En el 2010 según datos de un informe elaborado por la propia municipalidad del Cabo, el 14% de los negros africanos vivían en la indigencia, frente al tan solo 4% de la población blanca de origen europeo. Los coloured, mestizos, mayoría en Ciudad del Cabo, se sitúan en una posición intermedia, con un 8% de sin techo aproximadamente.  Según el mismo estudio, sólo el 19% de la población de la ciudad tiene acceso a internet en sus hogares, pero analizando en detalle ese porcentaje, podemos comprobar que el 51% de la población blanca de origen europeo  frente al 4% de la población negra de origen africano si que tienen acceso a internet en sus casas. Y aunque los niveles de pobreza han descendido enormemente en los últimos años, siguen siendo inaceptables, y en esto, también la raza es un factor de distribución claramente definitorio. Mientras más de la mitad de la población de la ciudad de origen europeo o asiático (cerca del 60%) viven con más de 7000 RAND mensuales, solamente el 15% de la población negra de origen africano tiene acceso a salarios por encima de esta cuantía. Una vez más, los coloured se sitúan en una posición intermedia, herencia clara de la posición privilegiada de acceso a educación y recursos que tuvieron frente a los negros africanos durante los años de apartheid.
La ciudad como todo el país tiene por delante un trabajo titánico para hacer realmente efectivas las premisas de  igualdad étnica y de oportunidades sobre la que se asientan las bases de la nueva democracia arcoiris.
En terminos más positivos, la diversidad étnica de la que hablamos también se traduce en una gran riqueza lingüistica y cultural. Ciudad del Cabo es una auténtica torre de babel: afrikaans, inglés, xhola, zulú, junto con otras lenguas  minoritarias se mezclan aquí, conviviendo de forma caótica y aparentemente arbitraria en carteles, anuncios y comercios.
A todo esto que os cuento también  habría que añadir y considerar un hecho bastante significativo. A pesar de las desigualdades, Ciudad del Cabo es la ciudad con una mayor calidad de vida de todo el continente. (Un continente África, todo hay que decirlo, acosado por guerras, epidemias, confictos y hambrunas). Además es asímismo  de las grandes ciudades sudafricanas en la que más ha descendido el nivel de delincuencia en los últimos años. (Un país con unos niveles de inseguridad tristemente elevados).

Estos datos y hechos planeaban en mi cabeza cuando mi amigo Stephen nos recogió en el aeropuerto y nos condujo por la autopista hacia la ciudad. La moderna carretera que conecta el aeropuerto con el Cabo atraviesa  el enorme township de Khayelitsha, un gigantesco barrio de chabolas, un cinturón urbano que constituye el corazón más humilde de Ciudad del Cabo y el hogar de sus hijos más desfavorecidos, aquellos para los que el hecho de que Ciudad del Cabo sea el número uno de las ciudades africanas en estándar de vida no es más que una cifra sobre un papel, aquellos para los que las bondades turísticas de la región solamente llegan de refilón y donde el SIDA causa estragos y alcanza algunas de las tasas de infección más elevadas del mundo. Es una triste carta de presentación la que reserva Ciudad del Cabo para recibir a los recien llegados a la salida del aeropuerto. Una mala imagen, como dice mi buen amigo, al que le molestaba que sacasemos fotos del township desde la ventanilla del coche.
Los puentes para peatones que cruzaban la autopista de un lado a otro aparecían protegidos por enormes mámparas de cristal. Le preguntamos a Stephen el por qué de aquellas enormes pantallas de vidrio, claramente visibles desde el coche y nos contó entre divertido y contrariado que era para evitar que nadie tirase piedras desde arriba sobre las lunas de los coches con el objetivo de provocar un accidente y así poder robar a los conductores, como ya había ocurrido en bastantes ocasiones.
Y es que la seguridad parece ser otro tema constante en la vida de los sudafricanos, algo que afrontan con una naturalidad pasmosa. Donde es recomendable ir y donde es mejor ni pisar, los perros que guardan las casas parapetadas tras verjas y cámaras de vigilancia y que ladran a cualquier desconocido que se acerque, no bajar la ventanilla del coche en los semáforos, no andar por el centro de la ciudad, sobre todo de noche. Es un país que vive en el constante temor de ser atracado o robado  y ese miedo ha pasado a ser un actor de la vida cotidiana y aunque quizás en el Cabo el ambiente sea más relajado y distendido que en el norte del país o en otras grandes urbes como Johanesburgo, el problema de la inseguridad ciudadana también se hace palpable aquí. Eso sí, advierto, no hay que caer en la paranoia ni en la exageración. Una vez allí es cabal tomar las debidas precauciones y seguidamente abordar el tema con cierta lógica y raciocinio. Verdaderamente, no es para tanto y  yo como visitante disfruté con bastante tranquilidad de mi estancia en el Cabo, sin sentir en ningún momento que mi vida corriese peligro por ello. Sin minimizar y quitarle hierro  al problema, a veces los datos y las notas de prensa son mucho más alarmantes de lo que luego realmente uno se topa sobre el terreno, donde la vida transcurre con mucha más normalidad de lo que parece.

Una consecuencia lógica e inevitable de la inseguridad y del subdesarrollo en infraestructuras de gran parte de la ciudad, es el hecho de que no haya una fuerte red de transporte público a disposición del usuario. Los taxis compartidos suelen estar muy masificados y los autobuses urbanos son pocos y mejorables. La ciudad no está pensada para andar y el coche, para cualquier desplazamiento, se hace imprescindible y, al más puro estilo americano, se convierte en una herramienta fundamental para el día a día.
La estructura de la ciudad no tiene demasiado que ver con la de cualquier urbe europea. El centro como tal cuenta con unos cuantos rascacielos (tampoco demasiados) y  está reservado a oficinas y grandes empresas y no es un lugar  demasiado frecuentado cuando termina la jornada laboral y los trabajadores ya se retiran a descansar en sus domicilios, situados en los periféricos barrios residenciales o se van a cenar y pasar su tiempo de ocio a los grandes centros comerciales de las afueras.
Aún así, no lejos del centro, un buen lugar para empezar a tomarle el pulso a la ciudad quizás sea el Victoria & Alfred Waterfront, el antiguo puerto situado en pleno centro histórico, convertido hoy en una especie de Disneyland lleno de turistas,( de hecho es el lugar del pais con una mayor afluencia de visitantes, casi nada).

La verdad es que lo tienen bien montado, lleno de restaurantes, tiendas y galerías de arte, un puente levadizo, un montón de embarcaciones de recreo, un agradable paseo alrededor del mar, donde uno puede ver hasta focas y una bonita torre de reloj, que data del año 1883. Es un lugar bullicioso y transitado, lleno de grupos de música tocando y cantando en la calle y  pleno de espectaculos callejeros entorno a los que turistas y locales se recrean y disfrutan del buen ambiente y la animación callejera. Aquí los grandes problemas del país se diluyen y el fantasma de la delicuencia y las heridas del pasado  se evaporan convirtiendo el Victoria & Alfred Waterfront en un escaparate lleno de luces que nos muestra  la cara más amable del país.

Desde el Victoria & Alfred Waterfront uno puede iniciar parte de un viaje al pasado menos amable pero más heroico de la ciudad ya que es  allí desde donde parten los ferries hacia Robben Island, situada a pocos kilometros de la costa, uno de los lugares más emblemáticos e importantes para la comunidad negra sudafricana, ya que fue allí donde Nelson Mandela, auténtico padre de la nación, estuvo encarcelado durante los oscuros años de represión política del apartheid, y fue allí precisamente en Robben Island donde se gestó gran parte del activismo político negro que posteriormente conduciría al país al proceso de transición democrática de los noventa. Hoy en día todo el lugar se ha convertido en un didáctico y hermoso museo rodeado de naturaleza y un sentido homenaje a la lucha de toda la comunidad negra por sus derechos donde el guía emocionado relata los episodios y avatares de Nelson Mandela y sus compañeros de encierro durante los años de represión.
También desde el Victoria Waterfront es perfectamente visible otro de los lugares más representativos e iconográficos de la ciudad, y por ende, de todo el país: la Table Mountain, montaña que con su extraña forma de mesa, y rodeada de nubes aparece imponente entre los edificios, dibujando un perfil característico y haciendo diminuto el skyline de la ciudad.
La montaña forma parte del Parque Natural Table Mountain y  está coronada por una meseta de 3 km de lado por lado. Hasta allí se puede llegar andando o en teleférico. Una vez arriba, si las condiciones climatológicas lo permiten, las vistas de toda la ciudad y la región son impresionantes. A mi me dejaron con la boca abierta, pero quizás lo más fascinante y lo que hace a Table Mountain tan especial es precisamente algo que se puede escapar a los ojos de aquellos inexpertos en botánica.Todo el parque es el habitat de más 2000 plantas y flores que sólo se pueden encontrar en este lugar, lo cual ha convertido a Ciudad del Cabo en un punto destacado de la bioesfera acaparando el 20% de las especies vegetales de todo el continente africano. No es poco.

Toda el área lógicamente esta protegida y ha sido declarada obviamente parte del Patrimonio de la Humanidad.
Desde Table Mountain uno puede divisar las innumerables e interminables playas que cercan la ciudad. Algunas son bastante exclusivas y hacen las delicias de locales y turistas, como las cuatro playas de Clifton, situadas al borde del Oceano Atlántico y entorno a las que se aglomera uno de los barrios más caros de todo el país, encaramado en las faldas de la montaña y  dotado de unas hermosas vistas del océano que quitan el hipo.
Otra de las playas más emblemáticas es la de Bounders, a 30 kms de Ciudad del Cabo en pleno parque Natural de Table Mountain, lugar famoso por ser el punto de anidamiento de una colonia de cientos de pingüinos.

Si la naturaleza se muestra grandiosa en sus playas y los alrededores de la Table Mountain, no es para menos el Cabo de Buena Esperanza y su área circundante. A poca distancia en coche del centro urbano y  tras una serpenteante carretera rodeada de unos paisajes magníficos se encuentra uno de los extremos más meridionales del continente africano y un histórico punto de paso de las navegaciones que circundan el continente desde Europa rumbo a Asia desde los siglos XV y XVI. Las vistas aquí en este punto de encuentro de dos océanos, el Atlántico y el Índico, son impresionantes e imprescindibles.
Otro de los lugares de mayor interés es el barrio malayo de BoKaap, que con sus mezquitas y minaretes y sus casas de colores constituye una de las partes más pintorescas y fotogénicas de la ciudad. Lo vistoso y colorido de sus calles, la peculiaridad cultural que define a este township, su buena localización y la arquitectura única de sus casas han hecho de este entorno un punto de gran reclamo turístico y al mismo tiempo ha elevado enormemente el precio de la propiedad en las inmediaciones a pesar de las protestas de muchos antiguos residentes del barrio que ven amenazada su tradicional forma de vida por la llegada de nuevos vecinos.

Otro de los barrios más carismáticos de la ciudad y en pleno proceso de reinvención es el personal vecindario de Observatory, próximo a la Universidad. Es un barrio lleno de estudiantes, bares y victim-fashion. Observatory no está carente de historia, ya que durante los años aparheid fue el único punto de la ciudad donde blancos y negros convivían, no se si en completa armonía. Hoy el espíritu alternativo del lugar pervive y el alma bohemía del entorno se percibe en las cafeterías, las galerías de arte o los clubs de jazz. De nuevo, la historia de Ciudad del Cabo no aparece sencilla y simplificar la ciudad en una sóla frase no es una tarea obvia.

Aunque muchos barrios como estos de Observatory o BoKaap están en pleno proceso de transformación, rehabilitación y revalorización (sea este proceso discutible o no, según el caso), a muchas otras partes de la ciudad los avances están llegando más lentamente, como ocurre en algunos township dispersos por toda la región como el que he mencionado antes de Khayelitsha. (El suministro de agua potable solamente llega al 79% de la población de Ciudad del Cabo). En una de nuestras excursiones por la región, una salida errónea al entrar en la ciudad y Stephen nos condujo accidentalmente a un barrio no tan afortunado dentro de la propia Ciudad del Cabo. El ambiente allí era completamente diferente al que uno puede encontrar en Victoria & Alfred Waterfront o Cliffton hasta un punto algo intimidante incluso. Subimos las ventanillas y mientras Stephen nos conducía de nuevo a la autopista y captando la tensión que se dibujaba en su rostro, nos mantuvimos en meditabundo silencio. Salimos sin más incidentes rumbo a nuestro destino y aquello se convirtió  tan solo en una pequeña y tonta anecdota. Pero la verdad es que en Ciudad del Cabo la pobreza y la marginalidad de unos conviven de una forma grosera con la comodidad y el bienestar de otros. Para mi, personalmente, contemplar unas diferencias tan grandes y unas desigualdades tan evidentes (de las que al final yo soy parte como cualquier otro) no me resultó siempre fácil de asimilar por mucho que hubiese disfrutado mi viaje y por mucho que me haya gustado Ciudad del Cabo y por muy bien que nos hayan acogido nuestro amigo y su familia (recibimos un trato fabuloso, que aprovecho para agradecer infinitamente en esta entrada). Pero es que  sentado comodamente en el coche de mi amigo protegido del calor por el aire acondicionado, de vez cuando, mirando a través de los cristales de la ventanilla del coche, me descubría a mi mismo sorprendído por un pequeño picor en las manos y un grave peso en el estómago que hacia que me removiese ligeramente de mi asiento. ¿Sería la voz casi imperceptible de mi conciencia?
En España es mucho más fácil mirar hacia otro lado que en lugares del planeta como Ciudad del Cabo.

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