Mendigos en Budapest y la foto que nunca tomé.

Si hay algo que me llamó la atención durante las dos veces que visité Budapest fue la cantidad de mendigos que había en la calle. Muchos de ellos eran personas bastante mayores, en una situación de desprotección social evidente, pero también había bastante gente joven, muchos de ellos con aspecto de sufrir alguna enfermedad  psiquiatrica o con problemas de alcoholismo, pero otros también eran personas aparentemente sanas, incluso algunos niños, muchos de ellos de origen gitano o romaní, etnia que constituye aproximadamente un 2% de la población húngara y que se encuentra históricamente en una situación de desigualdad social, no sólo en Hungría, si no ya en toda Europa.
La verdad es que no dispongo de datos suficientes para poder valorar la incidencia de la mendicidad en Budapest en comparación con otras grandes ciudades europeas. En Madrid, a raíz de la crisis, la verdad es que tampoco nos quedamos cortos y hay que ser ciego para no darse cuenta del gran número de ciudadanos que están viviendo en la calle.
Pero a mi el caso de Budapest me llamó especialmente la atención. Logicamente la mendicidad es un problema que afecta al conjunto de la sociedad ( y es consecuencia de como está planteada) y no es fácil de abordar y mucho menos de solucionar.
En Hungría,  nunca mejor dicho,  el debate está en la calle.


En Abril del 2012, el gobierno húngaro promovió una ley, criminalizando la mendicidad  y multando con cantidades de hasta 500 euros y castigando con penas de hasta seis meses de carcel a quienes por circunstancias se ven obligados a vivir en la calle. La medida llevó consigo la detención de bastantes personas (muchos de ellos gitanos)  en el centro de Budapest y en varios puntos del país, pero tras las numerosas protestas y voces que se alzaron en contra ante la violación de los derechos humanos que dicha ley suponía, el tribunal Constitucional la derogó a finales del 2012.
Pero el tema no se acabó ahí. Con la deriva autoritaria del gobierno conservador de Hungría, y tras la reforma de la Carta Magna húngara llevada a cabo por este gobierno se aprobó una nueva legislación que permitía a los ayuntamientos volver a penar a los “sin techo” que ocupasen determinadas zonas de interés histórico, cultural o artístico definidas por el consejo de gobierno de cada ciudad, más en un esfuerzo de ocultar y tapar el problema que en un intento real de plantear  soluciones tángibles o una alternativa a la gente que está sufriendo la pobreza en las calles.
Entre las dos visitas que yo hice a la ciudad pasaron cerca de siete años. La ciudad no había cambiado demasiado. Algo sí, pero en esencial, seguía siendo la misma ciudad descuidada y decadente con cierto punto nostálgico que tanto me gustó.  Aún así, un timido aire de cambio parecía haber transformado ligeramente la ciudad: ahora muchos edificios estaban ya completamente reformados y muchos otros estaban en pleno proceso de rehabilitación, quizás habían abierto más centros comerciales y eso sí, habían modernizado el sistema de tickets del metro, pero si algo no había cambiado era la enorme cantidad de mendigos que poblaban las calles de la gran urbe del Danubio.
Yo como aficionado a la fotografía que soy, encuentro este aspecto de la ciudad terriblemente fotogénico, pero siempre ante la idea de fotografiar a  desconocidos,  me cuestiono a mi mismo hasta que punto tengo yo derecho a sacar fotografías de personas que no conozco, sobre todo teniendo en cuenta que ni soy periodista ni soy un buen fotografo, tan sólo una viajero aficionado. Siempre me hace sentir algo voyeaur. No puedo evitarlo.
Pues bien, paseaba yo sin rumbo con mi madre, mi tía y mi hermana por el centro de Budapest, en una de las áreas más comerciales y concurridas de la ciudad, llena de escaparates y tiendas de moda, con las aceras petadas de turistas, cuando de repente me topé con algo que captó mi interés e hizo que  detuviese el paso durante unos instantes.
Una pobre mujer de origen gitano, de mediana edad pero envejecida por la vida, envuelta en unos coloridos y sucios trapos harapientos se inclinaba sobre sus rodillas pidiendo limosna de una forma que yo encontraba algo humillante. La mujer alzaba la mano lastimosamente y de vez en cuando levantaba la mirada dejando ver unos ojos oscuros profundos y de mirada penetrante. La gente pasaba de un lado a otro sin tan siquiera torcer la vista ignorando completamente a la mujer que dejaba caer sus plegarias a los oidos sordos de los viandantes.
Justo detrás, no se si de forma deliberada o de forma casual, un cartel publicitario de una conocida marca de ropa, mostraba a una guapa modelo posando frivolamente mientras lucía unos llamativos labios pintados de color rojo pasión. La corta falda que llevaba puesta dejaba ver unas largas piernas enfundadas en unas provocativas medias negras.
El contraste entre la pobreza, la miseria harapienta de la gitana y la insinuante frivolidad expuesta en el anuncio me resultó grotesca, obscena, casi insultante constituyendo casi en si mismo un acto de femininismo improvisado y no premeditado, o en una desafiante declaración de denuncia sobre la desigualdad. Dos conceptos de mujer exhibidos ahi a plena luz del día, uno frente al otro.
Justo en ese instante me di cuenta que aquella imagen era un fotón. Lo vi claro, se me clavó en la mirada, estaba ya impresa en mi retina. Me quede como paralizado contemplando la escena cámara en mano, tratando de decidir si debía hacer la foto o no.
Al principio estaba bastante cohibido y cortado, tenía miedo de que la mujer se sintiese ofendida al sentirse fotografiada y no reaccionase bien. Me daba vergüenza enfocarla y disparar. Pero unas décimas de segundo más tarde el problema era otro:
¿Qué derecho tenía yo a hacerle una foto a aquella mujer, a apropiarme de su imagen por el simple hecho de estar ahí en la calle postrada pidiendo? ¿Me convertía eso en un buitre?
Mi madre, mi tía y mi hermana, ajenas completamente a mis absurdos dilemas morales, continuaron andando y se alejaban calle arriba.
Me dí la vuelta y algo cabizbajo las seguí acelerando el paso y alejándome de la mujer, sintiendome algo confuso y sin tener todavía muy claro si debía hacer la foto o no.
Finalmente, regresamos al hotel. Mi madre y mi tía estaban cansadas. Había sido un día muy largo. No tardamos ni diez minutos en llegar. Ya en mi habitación arrepentido como estaba por no haber tomado la foto y preso de una necesidad irrefrenable de captar ese instante, y sin haber resuto para nada mis dilemas morales, salí precipitadamente de mi habitación sin decir nada a nadie y corrí calle abajo al mismo lugar para tomar intentar tomar aquella fotografía.
Cual fue mi decepción cuando, al llegar, la mujer ya no estaba allí. Sólo permanecía inmovil la mujer del anuncio con sus sensuales piernas y sus labios perfilados de color rojo.
Sudando todavía a consecuencia de la buena carrera que me había pegado,  di media vuelta y cabizbajo otra vez, regresé al hotel recordando la frase del profesor de un curso de fotografía al que había asistido hacía tiempo: fotografíar es captar el instante, una buena fotografía es saber atraparlo y plasmarlo en una foto… y ese instante había pasado, lo había dejado escapar… En fin, tampoco tiene más importancia…

 

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