Taj Mahal en Agra

Era muy temprano por la mañana pero cientos de personas se agolpaban en una larga cola, esperando ansiosas a que los guardas de seguridad les dieran alguna señal  y por fin se abriesen las puertas. Con cada minuto que pasaba, la fila crecía y crecía, cada vez era más larga, igual que el nerviosismo de los presentes que aumentaba por segundos al notar que el amanecer estaba cada vez más cerca y las puertas no acababan de abrirse.

El motivo por el que nosotros al igual que aquel grupo de individuos habíamos sacrificado nuestras horas de sueño y descanso y nos habíamos plantado allí a horas intempestivas no era otro que el de contemplar el alba sobre una las siete grandes maravillas de mundo moderno: el bellísimo palacio Taj Mahal, imagen representativa de todo un país y quizás una de los edificios más hermosos y famosos de todo el planeta.

 

Lo cierto es que aquella larguísima e interminable cola no era nada si tenemos en cuenta las cifras de visitantes globales, el Taj Mahal es uno de los monumentos más visitados del mundo: 2,5 millones de personas viajan a Agra anualmente para conocerlo y el aluvión de turistas es tal que hasta el propio gobierno se ha planteado limitar el número de visitantes para evitar el deterioro del palacio.
Su conservación se ha convertido en una verdadera prioridad, debido a su valor artístico y a la fuente de ingresos que supone a la región. Se ha limitado el tráfico a 200 metros del edificio para evitar que la contaminación de la ciudad deteriore la blanca fachada de mármol, que se ha llegado a lavar incluso con leche y lima para blanquearla y mantenerla.
El Taj Mahal se encuentra en la localidad de Agra, una enorme ciudad de más de un millón de habitantes, desagradable y hostil, agresiva y agobiante, que pasaría completamente desapercibida para el mundo de no ser por albergar en sus límites el  palacio (que no es poca cosa).
El Taj Mahal es el máximo exponente de arquitectura mogol y toda su historia, archiconocida, está envuelta de un halo de romanticismo y eternidad, casi de cuento de las mil y una noches, que ha trascendido en el tiempo a sus propios protagonistas.

El edificio en sí no es más que un enorme mausoleo que el emperador Sha Jahan construyó en honor a su esposa Mutmaz Mahal, que murió al dar a luz a su hijo número catorce. El emperador desconsolado y movido por el amor a su tercera mujer inició inmediatamente la construcción de este descomunal homenaje. Estamos hablando del año 1631.
Claro está que un complejo de la envergadura del Taj Mahal no se edifica de un día para otro y no fue hasta el año 1653 que se dió por concluida la obra.
El edificio está construido principalmente con mármol blanco traído del Rajastán a más de 300 kms de distancia pero para su construcción también  se requirieron materiales importados de todo el continente.
Fue una de las obras más caras de su tiempo y se estima que, haciendo la conversión a los dólares actuales, pudo costar la friolera de 500 millones de dólares estadounidenses.
Más de 20000 obreros venidos del norte de India fueron necesarios además para acometer la mastodóntica empresa.
Poco pudo Sha Jahan disfrutar de la satisfacción de verla terminada, ya que al poco tiempo de haberse dado por concluida, su hijo Aurangzeb le destronó y le confinó en el fuerte de Agra, y Sha Jahan sólo pudo contemplar el Taj Mahal desde la soledad de su celda durante el resto de su vida.
Tras su muerte, el cuerpo sin vida de Sha Jahan fue sepultado con el de su esposa, convirtiéndose así el Taj Mahal en una verdadera elegía al romanticismo y al amor eterno, tan del gusto de los poetas románticos y de los contadores de historias.
Hoy en día, el Taj Mahal es patrimonio de la humanidad por la UNESCO y es considerada, como dije antes, una de las siete maravillas del mundo moderno. El complejo es enorme y cuenta con cuatro puertas pero sólo se puede acceder al recinto por tres de ellas.
Para mí el Taj Mahal era uno de los verdaderos hitos de mi viaje por la India y uno de los motivos por los que había recorrido miles de kilómetros desde España hasta llegar hasta allí.
Aquel día, yo estaba nervioso, expectante, ansioso, casi emocionado, iba a hacer un sueño realidad. Era el momento en el que una visita cien veces soñada se iba a materializar, era algo que había imaginado desde que era niño.

Finalmente las puertas se abrieron y poco a poco la multitud fue cruzando los enormes pórticos y fue accediendo al complejo. Comenzaba a amanecer.
Una vez cruzados los gruesos muros, al otro lado, pude contemplar el Taj Mahal por primera vez en todo su esplendor. El lugar, sin duda, hacía honor a su fama y no me defraudó. Era casi como un cuadro, como una pintura, colorido, hermoso y alucinante. El amanecer sobre la fachada del palacio fue uno de los espectáculos más increíbles que he visto en mi vida.
Me embargó una sensación de alegría y plenitud y tengo que reconocer que me emocioné. ¿Cuántas personas antes que yo habrán sentido lo mismo desde el año mismo de su construcción?
Me quedé observando durante largos minutos, que se tornaron horas, estaba allí con el Taj Mahal, frente a frente y ni me importaron las hordas de turistas ni el calor sofocante del día. La humanidad mostraba su lado más grandioso y épico en obras como aquella. Muchas cosas pasaron por mi cabeza durante todo aquel tiempo pero si tuviera que elegir una frase que resumiese la mezcla de sensaciones y emociones que experimenté durante aquel encuentro, tendría que recurrir a la célebre obra de Goethe, Fausto, y parafrasear un fragmento de uno de sus poemas y decir: “Instante, detente, eres tan bello

 

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