Mandalay: Primera parada en Myanmar

Mandalay, con casi un millón de habitantes, es la segunda urbe de Birmania aunque de entrada no tiene ni la presencia ni la imagen de una gran ciudad al uso. Y es que Mandalay, igual que el resto del país, vive todavía en parte anclada en el pasado, como dormida, como una auténtica bella durmiente esperando a  que el príncipe del capitalismo venga a despertarla algún día con un beso.
No hay grandes rascacielos y muchas de sus carreteras y caminos no están muy bien asfaltados (o no están asfaltados directamente) y gran parte de las casas, para cuya construcción obviamente no se han utilizado materiales de buena calidad, se encuentran todavía en un precario estado de mantenimiento.

A pesar de los estragos causados por la Segunda Guerra Mundial en la que la ciudad fue arrasada por la violencia de los combates entre aliados y japoneses, Mandalay todavía conserva el peso de la historia (aquí reinó el último monarca birmano, Thibaw) y es considerada el verdadero centro de la cultura birmana y es un punto neurálgico de comunicaciones (sede de uno de los pocos aeropuertos internacionales) y uno de los principales puertos de entrada para los turistas en el país.
 



Mandalay está situada a los pies de la colina del mismo nombre, en una llanura en las riberas del caudaloso río Irrawaddy, en plena zona seca, en la llamada Alta Birmania, (toda la zona central interior del país se caracteriza por sus escasas lluvias incluso en época de monzón en comparación con otras regiones de Birmania). Mandalay fue fundada en el año 1857 por el rey Mindon por lo que a pesar de su peso e importancia, realmente no puede considerarse una ciudad especialmente antigua.

Nosotros llegamos a Mandalay en un vuelo desde Bangkok. El pasaje del vuelo estaba compuesto principalmente por tailandeses y birmanos, sobre todo. Había unos cuantos monjes entre ellos que eran tratados con especial deferencia tanto por las azafatas como por el resto de pasajeros del avión. Apenas había occidentales (nosotros cuatro, dos mujeres alemanas y un solitario joven muy arreglado que no tenía pinta de ser el típico turista).

La llegada a Myanmar fue bastante impactante. El aeropuerto “internacional” de Mandalay estaba completamente desierto. El nuestro era el único avión que se divisaba en la enorme pista de aterrizaje en el momento en que tomamos tierra. Una vez que la nave se hubo detenido, unos humildes chicos de aspecto algo andrajoso arrastraron a pura fuerza las escaleras hasta la puerta de la aeronave para que los pasajeros pudiesen descender del avión. La pista estaba en muy mal estado, llena de hierbajos, y el autobús que nos llevó a la terminal (polvoriento y destartalado) parecía haber sido donado por la China o la Rusia comunistas hacía ya más de 30 años.
Una vez en la terminal de aeropuerto, pasamos el control de pasaportes (lo cual no nos llevó mucho tiempo ya que no había demasiados extranjeros viajando aquel día) y accedimos al hall principal a esperar nuestras maletas.

El aeropuerto contaba con dos solitarias cintas transportadoras de equipaje y toda la sala tenía un aspecto sucio, desangelado, iluminado todo el interior por unos fosforescentes de intermitente luz mortecina y apagada. El recinto bailaba entre lo básico y lo funcional, a medio camino ya del abandono. Las diferencias con la vecina Tailandia saltaban a la vista desde el primer momento. La modernidad del aeropuerto de Bangkok era ya sólo un vago recuerdo.

Mientras esperábamos nuestras maletas, cada poco se iba la luz y el aeropuerto se quedaba a oscuras, con lo que la cinta transportadora de equipaje se paraba durante unos segundos antes de que el suministro eléctrico retornase y la cinta transportadora comenzase de nuevo a funcionar. Con cada apagón, se podían oír los gritos de sorpresa de los pasajeros y casi se podía notar como contenían el aliento para escuchar, cada vez que la luz volvía segundos después, como  la sala se llenaba de suspiros de alivio y sonrisas divertidas.

El aeropuerto contaba con una casa de cambio junto a las cintas transportadoras, lo cual nos sorprendió bastante porque creíamos que no iba a ser tan fácil encontrar una (después de todo lo que habíamos leído sobre el país en foros y blogs por internet durante semanas anteriores), cambiamos algunos dólares para matar la espera de nuestro equipaje, espera que al final, con tanto apagón, se prolongó durante un buen rato.

Una vez fuera del aeropuerto, muy respetuosamente y desde la distancia, decenas de birmanos nos ofrecieron sus servicios de taxi a la ciudad, desesperados por atrapar a los pocos extranjeros que habían llegado a la ciudad en aquel vuelo aquel día.

 


Sin demorar ni negociar demasiado, (todos ofrecían la misma tarifa), nos montamos los cuatro en una furgoneta y un hombre, acompañado por la que debía de ser su mujer como copiloto, nos condujo a nuestro hotel en Mandalay.


La carretera de camino a la ciudad estaba mal asfaltada y, como el aeropuerto, prácticamente desierta. Salvo por algún que otro coche o moto de vez en cuando, no había apenas tráfico aquella mañana de finales de agosto en Mandalay y el viaje resultó entre emocionante y fantasmagórico.

Myanmar prometía ser un destino singular y muy particular. Los años de aislamiento político y económico habían convertido a Birmania en un país lleno de rarezas. Había podido leer cientos de historias sobre el país y sus bizarrías. De una de ellas, era testigo justo en aquel momento.  La furgoneta tenía su volante colocado en la parte derecha del coche (como si fuera un coche inglés) pero, en cambio, el conductor conducía por el carril derecho (como lo hacemos en la Europa continental). Fue en 1970 cuando el gobierno militar birmano decidió de forma unilateral cambiar el sentido de la circulación de la izquierda a la derecha, todo con la justificación de que era necesario borrar el pasado colonial británico para poder construir así la nueva Birmania. Se cree incluso que hubo alguna razón astrológica detrás de tal decisión pero, en cualquier caso, el cambio unilateral por parte del gobierno no fue acompañado por una renovación del parqué circulatorio y la mayor parte de los coches continúan teniendo el volante a la derecha, lo cual reduce mucho la visibilidad y hace mucho más peligrosa la conducción.
Ése era el caso de nuestra furgoneta aquel día que se deslizaba a gran velocidad por aquella desierta carretera rumbo a Mandalay.

Poco a poco nos fuimos internando en la propia ciudad  en sí, con su caótico tráfico, sus calles empobrecidas y sus gentes humildes. De entrada, Mandalay no parecía más que un lugar polvoriento y sofocante, poco atractivo a la vista.  Casas bajas y restaurantes tradicionales se alternaban con algunos negocios más modernos de reciente apertura. Mandalay está cambiando muy rápido.  Su posición estratégica está facilitando que el capital chino entre como un torrente en el país acelerando el ritmo del cambio, lo que se puede empezar a percibir en las calles: tiendas de móviles, coches e incluso algún banco con cajero automático!!! Como consecuencia, Mandalay se está convirtiendo prácticamente en una colonia de China y las familias birmanas se ven obligadas a trasladarse fuera de la ciudad, desplazadas por los nuevos y horteras edificios chinos, construidos hace pocos años.

Llegamos a nuestro hotel, más que probablemente gestionado por chinos,  con su fantástico aire acondicionados y fuimos tratados por el personal de recepción con una amabilidad increíble. Era casi un oasis en medio del polvoriento entorno en el que estaba situado el hotel.  Tras la pertinente ducha y unos minutos de descanso, nos deslizamos al exterior. Eran cerca de las dos de la tarde y un sol de justicia abrasaba las calles.
No nos costó demasiado planificar la tarde. Lo cierto es  que, nada más salir,  un buen hombre, de nombre impronunciable, al que decidimos llamar Enrique  nos ofreció sus servicios de guía y conducción durante aquella tarde y durante el día siguiente si así lo deseábamos.
Negociamos el precio y llegamos a un acuerdo.
El coche era nuevo y lucía un aspecto flamante. A pesar de ser obviamente un vehículo de compra reciente, el volante estaba colocado a la derecha y no a la izquierda acorde a las normas de circulación impuestas por el gobierno. En este país, gestos así pueden significar muchas cosas o simplemente no significar nada. Pero yo quise creer que en el fondo era un acto de rebeldía casi de insumisión, anónimo y cotidiano, frente a lo absurdo de la decisión de la junta militar. 
Enrique era un hombre, muy simpático, muy sonriente y, en cierta forma, bastante entrañable. Aprovechaba cada ocasión para enseñarnos alguna palabra en birmano, o contarnos algún chiste gesticulando bastante, para compensar así su falta de destreza en el dominio del inglés.

 



Nuestra primera parada fue el monasterio de Shwenandaw, situado muy cerquita de la colina de Mandalay. El monasterio es un histórico edificio construido enteramente de madera de teca, material puramente local y que goza de muy buena reputación en estas latitudes. El monasterio de Shwenandaw es el único superviviente del antiguo Palacio Real de Mandalay, que lamentablemente fue destruido en parte en la Segunda Guerra Mundial y es un buen ejemplo de arquitectura tradicional birmana en madera de teca. El edificio fue desmantelado y reubicado fuera del Palacio en 1880 por el rey Thibaw Min, tras la muerte de su padre, creyendo que el edificio estaba poseído por el espíritu de su progenitor y fue entonces cuando al edificio se le dio la categoría de monasterio. Fue precisamente eso lo que le salvó de la destrucción cuando el Palacio Real fue bombardeado años más tarde durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy por hoy, el monasterio de Shwenandaw es famoso por sus imágenes de Buda de madera. Durante nuestra visita allí, nos tropezamos con nuestros primeros grupos de turistas, muchos de ellos chinos haciendo fotos como locos, y también con unos cuantos niños monjes que con sus trajes de color granate jugaban y se reían   mientras nos observaban tímidamente desde el quicio de madera de alguna puerta o asomados a alguna ventana. Todo el lugar olía a viejo y con cada paso que dábamos, el crujir de la madera bajo nuestros pies recordaba continuamente lo endeble y lo frágil de la construcción a pesar de lo que, sorprendentemente, había sobrevivido a los avatares de la historia.
 

 


Muy cerquita del monasterio de Shwenandaw se encuentra el monasterio de Atumashi, mucho más imponente a la vista, pero con menor valor histórico. El templo original, también construido en teca, fue devorado por las llamas y sus tesoros desaparecidos misteriosamente en el incendio. En el año 1996 se procedió a su reconstrucción y el resultado es un enorme edificio prácticamente vacio, sorprendentemente sucio y nada recargado, sobre todo si se lo compara con otras edificaciones religiosas de los alrededores.


Paseamos un rato por su espacioso y silencioso interior y después de unos minutos regresamos al coche. Enrique, sin perder su buen humor, nos condujo a la Pagoda Kuthodaw, una de las más importantes de la ciudad desde el punto de vista religioso y es que, echaos a temblar,  esta pagoda tiene el honor de poseer el libro más grande jamás escrito. En esta stupa, también construida durante el reinado de Mindon en el siglo XIX, hay 729 losas de mármol inscritas que constituyen los 15 libros del Tripitaka, el libro sagrado del budismo, para cuya edición y aprobación se convocó en Mandalay el quinto sínodo budista, durante el cual, un grupo de monjes leyeron el conjunto del libro para lo que necesitaron  precitamente la friolera de seis meses!!!
Y es que entender Birmania sin hablar del budismo es imposible, ya que la religión (y en concreto, el budismo), son parte inherente e inseparable en la vida diaria de los birmanos. La religión, igual que la falta de libertades y la dictadura de la junta militar, ha  marcado sin remedio el devenir de la sociedad del país.

 

Nuestra última parada aquel día, (lentamente el sol comenzaba a apagarse, la tarde se empezaba a acercar a su fin), fue la colina de Mandalay. Enrique nos condujo con bastante rapidez ya que íbamos con retraso y todo apuntaba a que nos íbamos a perder definitivamente el atardecer. A lo largo de la serpenteante carretera que subía a lo alto de la colina, se podían ver caminantes subiendo y bajando e incluso algún que otro birmano haciendo footing. También se podía ver alguna que otra pareja, cobijada por la vegetación o refugiada en algún coche, haciéndose arrumacos y carantoñas en la cuneta de la carretera. Joshua se reía, mientras conducía a toda velocidad, y hacía sonoros ruidos divertidos imitando los besos y exclamando en un divertido suspiro: “love, love,  love!!”. Era un tipo gracioso. 


Ya desde arriba, las vistas eran impresionantes y fue allí donde fuimos conscientes de la enorme explanada en la estaba situada la ciudad de Mandalay. Era época de lluvias y a pesar de que la ciudad está ubicada en la famosa zona seca, toda la inmensa llanura estaba inundada por partes ya que el río Irrawaddy parecía haber sido liberado y haberse escapado de su cauce. El reflejo del sol apagado en las aguas del río, las nubes teñidos de tonos ocres y granates y las luces de las casas salpicadas en el horizonte como un verdadero mar de estrellas daban al entorno un aspecto imponente.

 


El atardecer fue quizás el mejor que vimos durante nuestro viaje a lo largo del país. Lógicamente, había bastantes turistas y muchos monjes, muy jóvenes, se acercaban a los extranjeros para practicar idiomas. Un hombre apostado en los alrededores nos pidió 1000 kyats por hacer fotos. El gobierno quería hacer caja a costa del turista extranjero que visitaba el país. A pesar de que 1000 kyats no era una gran suma de dinero (no llegaba ni a un euro), me fastidiaba bastante tener que darle dinero al gobierno y sostener todavía más un sistema corrupto y antidemocrático, así que intentamos evitar la tasa como fuese, pero al final no nos quedó más remedio que pasar por caja y sacar la cartera para pagar los 1000 kyats.


De vuelta a nuestro hotel, le pedimos a Enrique que nos viniese a recoger al día siguiente y que nos llevase a un par de sitios antes de tomar nuestro autobús rumbo a Bagan. Enrique aceptó encantado. Le pedimos que nos recomendase un buen sitio para comer comida birmana y  nos dijo que cenásemos en cualquier puesto callejero en las calles aledañas a nuestro hotel. Nos aconsejó que evitásemos los caros restaurantes para turistas. “Los extranjeros pagan mucho dinero por comer… mejor pagar menos dinero… Allí la comida es más barata… Good food, cheap food, better food“-concluyó.

Le hicimos caso y por menos de dos euros por cabeza devoramos un humilde curry con pollo y arroz bajo la luz de las estrellas. Terminamos el día dando una vuelta por la ciudad y antes de finiquitar la jornada con una cerveza Myanmar en la mano, nos dimos una vuelta por un enorme centro comercial para chinos situados a un par de manzanas de nuestro hotel.

El centro comercial, casi como un espejismo en un desierto de humildad y pobreza, estaba bien provisto y abastecido y estaba claramente dirigido a la población china  y a los ricos y privilegiados birmanos de la ciudad, que me imagino que también los habrá.
En la puerta del centro comercial, un grupo de sucios niños (algunos de menos de seis años) contaban los billetes que habían conseguido de las limosnas aquel día.
En la calle, sólo se oía la música de los carritos de los vendedores ambulantes de lotería.
Un poco aburridos y sin nada que hacer, acabamos retirándonos pronto al hotel. Había sido un día intenso. Nos tocaba descansar.

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