Los mendigos de la calle Hastings, la puerta trasera de Vancouver

Año tras año, en todos los listados que, no se muy bien bajo que criterios, reúnen y clasifican las mejores ciudades para vivir, sistemáticamente Vancouver siempre aparece situada en los puestos más altos. La bonanza económica de Canadá y un alto estándar de vida combinadas con una apabullante naturaleza casi en la misma puerta de casa, unido todo ello con una envidiable ubicación geográfica han convertido a Vancouver en todo un paradigma del bienestar.
Los habitantes de Vancouver se enorgullecen de ello y la ciudad, consciente de su suerte, se ha convertido en casi un imán migratorio para muchos que buscan en la costa del Pacífico de Canadá una oportunidad de relamer la cuchara del éxito económico que hace brillar a la ciudad por encima del resto de urbes mundiales.
Pero Vancouver, igual que cualquier otro lugar en el planeta, también tiene su lado oscuro. Y aunque hace mucho tiempo que tengo claro que no hay riqueza sin pobreza, abundancia sin miseria, ni alegría sin tristeza, no pude evitar sorprenderme al encontrar un lugar tan grotesco y degradado como la calle Hastings y sus alrededores, precisamente ahí, en pleno centro de la alabada Vancouver. Pocos lugares en los que haya estado me han impactado tanto como esta calle Hastings.


Si se visita Vancouver es casi imposible no pasar por allí, ya que esta amplia avenida es una de las principales arterias de tráfico de todo el downtown de la ciudad. Es una larga avenida con una longitud de casi doce kilómetros pero es precisamente en el llamado Downtown Eastside, en la esquina de Hastings con Main, en la parte que conecta directamente el distrito financiero de la ciudad con el barrio chino donde la calle Hastings abofetea al paseante con un verdadero mercado de droga al aire libre.
Estuve unos cuantos días en Vancouver y ya desde el principio me llamo la atención el contraste de la aparente limpieza y orden de la ciudad con la gran cantidad de personas a las que se podía ver pidiendo o mendigando en la calle. Los precios en escalada libre al calor del boom económico y la especulación inmobiliaria habían convertido a Vancouver en una de las ciudades más caras del mundo, haciendo muy difícil el acceso a una vivienda para aquellos menos afortunados.
Pero fue durante nuestra segunda tarde en la ciudad, yendo a Chinatown desde el distrito financiero, acompañados por J., el amigo de M. al que estábamos visitando en Vancouver, cuando nos topamos de frente con el Downtown Eastside.
Como una especie de manicomio al aire libre, como un retorcido muestrario de bajezas humanas, mendigos, prostitutas, drogadictos, enfermos mentales se daban cita en aquellas calles protagonizando un espectáculo dantesco, casi abominable.

En los laterales de las calles, se podían ver a los camellos proporcionándole material a sus clientes los cuales sin esperar demasiado se pinchaban la droga en vena a plena luz del día y a la vista de todos.
Gente tirada en la calle, durmiendo (tal vez estaban muertos…¿?), coronaba un espectáculo ya de por si delirante: discursiones, gritos, un hombre pegando a su mujer a plena luz del día, grupos de yonquis golpeando el coche de otro yonqui en una esquina. Edificios en ruinas o en estado de semiabandono eran el escaparate en el que aquella procesión humana desfilaba. Negocios casi en quiebra y bajos comerciales vacíos y desalojados eran el testimonio fehaciente de las devastadores consecuencias de la drogradicción y de la delicuencia en el barrio. Aquello no parecía real, parecía el escenario de una película de acción de los años 70 o casi casi, si me permitís la comparación, el de la serie de zombies The Walking Dead.
Viendo todo aquello, parecía difícil creer que precisamente hace décadas esta era una zona tremendamente comercial y próspera de la ciudad que cayó en desgracia tras la crisis económica de los 80 convirtiéndose en el refugio de marginalidad que es hoy en día, donde el VIH, las drogas y la enfermedad mental campan a sus anchas.
Están ahí pero no molestan a nadie. No son peligrosos, en general”-nos comentó J., nuestro amigo, con bastante tranquilidad. Parecía estar ya acostumbrado.
Muchas ONGs y agentes sociales se han trasladado al barrio para ayudar a paliar parte de las necesidades de la zona, como atestiguaba uno de los camiones que repartía comida que pudimos ver aparcado en una esquina. Decenas de personas se agolpaban impacientes esperando algo de comida aquella tarde. Una de las asociaciones más visibles del barrio, a golpe de vista, es United We Can.
United We Can es una empresa privada que se ocupa de la limpieza de la ciudad. Ofrece a los mendigos y a los drogadictos dinero a cambio de jeringuillas y condones usados, botellas o latas que éstos recogen durante el día a lo largo y ancho de la ciudad. A cambio de todo el material de deshecho recolectado  reciben unos vales que después intercambian por comida o por alojamiento en las inmediaciones.

United We Can tienen un local enorme en plena calle Hastings en un destartalado y andrajoso edificio. Es difícil no verlo con un enorme toldo de colores sobre el que se puede leer en llamativas letras : “United We Can“. El cartel parece casi un chiste, ya que debajo de él se podían ver decenas y decenas de drogadictos haciendo cola para depositar sus latas y recibir a cambio su vale diario.
Lo de unidos podemos, casi parecía una mala broma, como un sarcasmo de la propia asociación.
A mi personalmente, el planteamiento de United We Can me parecía lógico pero a la vez inquietante.
Les daban ayuda a cambio de limpiar la ciudad y la empresa probablemente recibiría subvenciones  al mismo tiempo que tenía a mendigos y yonquis, como trabajadores low-cost sin salario, aportando algo a la comunidad a cambio de ayudas pero sin resolver realmente los problemas de exclusión a los que estas personas se habían visto abocados. Era casi una siniestra forma de rentabilizar la pobreza.
Al menos están ocupados y no molestan”-nos dijo D. un amigo de J. que también vivía en Vancouver-“Aquí en Canadá todo el mundo tiene que aportar algo, hasta los mendigos”. Yo no tenía nada en contra de que los sin techo aportaran algo a la sociedad, pero yo no podía parar de preguntarme si realmente recoger latas sucias y jeringuillas era una ocupación digna para nadie y todo a cambio no ya de un salario o una limosna, simplemente a cambio de un vale intercambiable por comida ¿Realmente es una forma de solucionar el problema?  Me parecía que todo aquello destilaba una cierta moral repugnante.
Pasamos un par de veces más por la calle Hastings, alguna de ellas con mi cámara de fotos, (que apenas me atrevía a sacar) fascinado como estaba por todo aquel lugar.
La última vez que pasamos por allí, fue en autobús. Íbamos camino de una feria de barracas y atracciones, como las que se pueden ver en cualquier pueblo de España en fiestas, acompañados por J. y sus amigos, que querían pasar la tarde de aquel sábado en esta feria (aprovecho para comentar que  había que pagar seis dolares por acceder al recinto, entrada que no incluía ninguna de las atracciones de la feria que había que pagar aparte…en Canadá hay que pagar por todo… Grrrr). Ví la calle Hastings por última vez desde la ventanilla del autobús.
Aunque ya habíamos pasado varias veces, no pudo dejar de sorprenderme una vez más. Junto a mí viajaba de pié una amiga muy simpática de J., una mujer de unos 40 años canadiense pero de origen alemán, con la que ya llevaba hablando un rato. Nuestra conversación se quedo muda durante unos segundos, y ella me miró muy consciente de mi propia sorpresa.
“Que fuerte esto de la calle Hastings, ¿no?. Es alucinante que haya un lugar así en pleno centro de Vancouver. ¿No hay forma de ayudar a esta gente?”- acabé por comentar sin pensar demasiado.
La chica bajó la cabeza, casi avergonzada. Quizás acababa de herir, sin yo pretenderlo, su orgullo canadiense. Cuando hace unos segundos hablábamos sobre lo bien que se vivía en Vancouver, aquella chica parecía mucho más locuaz. Sólamente se había quejado sobre las restricciones a la hora de beber alcohol y los precios de la bebida, mucho más altos que en Europa. Finalmente la buena mujer, que repito era realmente encantadora y divertida, acabó contestando:
“Ya… al menos, todos están ahí en esta zona y no nos molestan normalmente. Así no tenemos que verlos a no ser que pasemos por aquí”.
Me quede mudo. Ante tal afirmación, yo ya no supe que contestar.

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2 Respuestas a “Los mendigos de la calle Hastings, la puerta trasera de Vancouver

    • Muchísimas gracias Enrique por visitar mi blog y muchísimas gracias también por tomarte la molestia en escribir un comentario. La verdad es que la calle Hastings a mi me impacto bastante. Un saludo y un abrazo muy fuerte desde Madrid,

      Iván

      Me gusta

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