Juliaca, ciudad sin ley. Camino de Puno

A Puno llegamos desde Cuzco en avión. No acabábamos de cuadrar los horarios de autobús desde Cuzco a Puno y nos saltamos quizás uno de los trayectos en carretera más espectaculares del mundo, ascendiendo los Andes hasta subir al altiplano peruano, ignorando esa premisa de que el viaje se hace en el camino y no en el destino. Por una vez, primamos rapidez y comodidad sobre experiencia y precio. Lástima, pero esta vez no teníamos tiempo para más.

Puno, en la ribera del famoso lago Titicaca, es la capital del Departamento, pero el aeropuerto más cercano se encuentra, en cambio, en la localidad de Juliaca, mayor en población y en importancia económica que su vecina Puno, y situada a unos 40 kilómetros de ésta.

Aterrizar en Juliaca fue toda una experiencia. El viaje apenas duró unos 45 minutos y desde la ventanilla del avión se podía contemplar el hipnótico paisaje lunar del altiplano andino: ondeantes montañas de piedra, tierra yerma sin apenas vegetación, inmensas extensiones vacías de la nada, sin grandes núcleos de población a la vista.

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Con tanto espacio, no es de extrañar que el aeropuerto de Juliaca tenga la pista de aterrizaje más larga de toda Iberoamérica con sus 4,2 kilómetros de largo.

Nosotros estábamos algo nerviosos. Juliaca no nos ofrecía demasiada confianza. Por lo que habíamos leído y a pesar del espectacular crecimiento económico de la ciudad, Juliaca es la tercera ciudad más violenta del Perú, como consecuencia de la gran llegada de delincuentes atraídos precisamente por el calor del dinero del crecimiento económico. La tasa de homicidios es alarmantemente alta y, al parecer, linchamientos, robos, vandalismo y secuestros son más habituales de lo que pudiera parecer, hasta el punto de que según informa el diario La República, el 88% de los juliaqueños consideran que su ciudad es nada segura.

Más de una guía recomendaba expresamente evitar si fuese posible la ciudad de Juliaca.

Ante tales antecedentes, nosotros no estábamos del todo tranquilos. El vuelo llegaba bien entrada la tarde y habíamos contratado una empresa de autobuses que nos llevaría directos a nuestro hotel en Puno nada más llegar al aeropuerto. No queríamos complicaciones aquel día. Nada de aventuras. No queríamos estar en Juliaca más tiempo del necesario. Quizás estábamos entrando en la paranoia, algo en lo que viajando es demasiado fácil caer a veces.

Una vez en tierra, el aeropuerto de Juliaca era un completo caos. A pesar de su reducidísimo tamaño, el edificio estaba en obras y ni siquiera funcionaba la cinta transportadora de equipaje y apenas había tiendas abiertas. Nos dieron nuestro equipaje en mano y, sin demorarnos demasiado, salimos del aeropuerto directos a la búsqueda de nuestro autobús.

Cual fue nuestra sorpresa cuando comprobado que el autobús no estaba por ningún lado. Durante unos minutos no supimos que hacer, casi casi entramos en pánico. La luz comenzaba a caer. Se estaba acercando el atardecer y los alrededores del aeropuerto aparecían bastante solitarios aquella tarde. Dimos vueltas nerviosos alrededor del aparcamiento hasta que finalmente, encontramos otros autobús que nos llevaría directo a Puno. ¿Qué fue de nuestro pick-up service contratado? A saber…

El autobús atravesó Juliaca. El panorama de la ciudad era absolutamente devastador. Calles sin asfaltar, viviendas en mal estado y una pobreza evidente que saltaba a la vista a través del cristal de nuestras ventanillas. Juliaca no parecía un lugar demasiado amable. Perú tuerce el gesto en Juliaca y nos muestra su cara más dura, esa llena de desigualdad e infortunios que se molesta en esconder al turismo en ciudades como Cuzco o Aguas Calientes.

Yo no me encontraba demasiado bien, el mal de altura me estaba golpeando fuerte. Notaba una fuerte presión en el pecho, el corazón me latía con fuerza y me costaba respirar. Cerraba los ojos e inspiraba hondo intentando controlar mis pulmones. Parecía que me iba a estallar la cabeza.

Fuera de Juliaca ya, el inabarcable Altiplano peruano se abría ante nosotros. El autobús continuaba camino rumbo a Puno y yo cada vez estaba más mareado…

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