Roseau, la colorida capital de Dominica.

He de confesar que llegar a Dominica en barco fue bastante tedioso.  Primero en el puerto de salida en Point-à-Pitre en Guadalupe casi tuvimos un infarto cuando descubrimos que para entrar en Dominica necesitábamos tener un billete de salida del país que no habíamos comprado y después, superado el susto, al llegar a Roseau tuvimos que sufrir los interminables controles de inmigración, que,  a un ritmo caribeño, fueron muchísimo más largos e interminables de lo que esperábamos. Casi dos horas para entrar oficialmente en Dominica.

Con todo, ya con los pies oficialmente en suelo dominiqués, nos enfrentamos por primera vez a la capital de la isla, Roseau, en plena búsqueda de nuestro alojamiento, al que nos costó llegar casi tres cuartos de hora.

Nuestro Seaworld Guest House se encontraba a las afueras de la ciudad y como desconocíamos el funcionamiento del transporte público fuimos hasta allá andando, con todo el calor del mediodía y con el sol pegando sin piedad.

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Llegamos deseando descansar pero,  para encima de lejos del centro, el Guest House estaba en obras y era bastante cutre. Hasta pensamos en cambiarnos a otro, pero al final, después de un rato debatiendo sobre el tema,  nos quedamos allí por la pereza de buscar otro sitio nuevo y volver andando al centro y porque la habitación contaba con unas vistas magníficas del mar y del cielo que embellecían y adornaban cualquier  cuarto muy por encima incluso de la propia decoración o la limpieza.

La dueña del Guest House, una oronda mujer de color que más tarde descubrimos que cantaba como los ángeles, nos acercó en coche hasta el centro.

Su única preocupación era que no le pusiéramos una mala crítica en Tripadvisor. Nos explicó de camino cómo funcionaba lo del transporte público para volver por la noche de vuelta al hostal.

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Durante los quince minutos escasos de coche que duró el trayecto, pasamos por delante de la casa presidencial, un enorme edificio de color blanco, que evocaba claramente a su origen británico, con un enorme y cuidado jardín rodeándolo.

Nuestra casa blanca”-comentó orgullosa en inglés la buena mujer- “Aquí todos sabemos hasta como se llama el perro del primer ministro y le saludamos cuando lo pasean”.

He de reconocer que la idea me hizo bastante gracia. Yo le pregunté sobre qué tal eran el presidente y el primer ministro.

Son buenos, Están tratando de traer el desarrollo a Dominica”– sentenció finalmente sin tener tiempo yo a réplica al haber llegado ya a nuestro destino, el centro de Roseau.

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Roseau es música y color. Es la música reggae que suena a todo trapo desde cada ventana, desde cada coche,  cada local, cada tienda. En la calle misma, a veces no sabes muy bien desde donde, suenan estrepitosamente los ritmos jamaicanos de Bob Marley y sus discípulos musicales. “Peace and love”-rezaban algunos carteles y nos repetían algunos dominiqueses al pasear por la ciudad, acompañándolos de un “Wellcome to Dominica”

Pero Roseau no sólo es música, también es color, el de las hermosas casas coloniales que configuran el pequeño casco histórico de la ciudad, de las alegres vestimentas de sus ciudadanos y de los mercados, donde se exponen a la venta todo tipo de frutas tropicales.

Roseau  también es una ciudad de rastas, méndigos, colgados, fumados y alguna que otra puta con las piernas hinchadas de tanto pinchazo y también lo es de los taxistas que intentan estafarte y sacarte los cuartos.

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Es una  ciudad auténtica en cada esquina, que rezuma Caribe por los cuatro costados y vibra al son de los potentes altavoces que retumban el suelo y los cristales.

Roseau  es una capital pequeña,  de apenas 17000 habitantes, núcleo urbano de una isla-nación que apenas si supera los 40000. Será diminuta pero Roseau actúa como verdadero centro político y social de la isla.

Aunque fundada por franceses, pronto Roseau acabó en manos de los ingleses y de la herencia francesa parece que Roseau solo conserva el nombre, porque la estructura de la ciudad y su arquitectura evoca claramente a su pasado como colonia británica.

Arrasada en más de una ocasión por huracanes (de hecho uno muy fuerte azotó la isla pocos días después de que nosotros volviéramos a España), Roseau se ha levantado una y otra vez de entre sus escombros para convertirse en lo que es hoy en día, la alegre puerta de entrada de un país que atrapa más que nada  por su riqueza natural y sus fabulosas maravillas naturales.

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Quizás lo más interesante de Roseau sean, sin olvidar la catedral católica construida por los franceses,  el propio paseo del puerto, largo e interminable con unas hermosas vistas del mar y bonitos edificios coloniales, entre los que destaca enormemente el Fort Young, convertido en una especie de hostal de aspecto bastante caro, y el mercado central donde uno puede sentir el verdadero palpitar de la ciudad, con el oído, la vista, el olfato, el tacto y hasta el gusto para aquellos más valientes y atrevidos.

Es en el paseo del puerto donde llegan los escasos cruceros que hacen escala en la isla. Normalmente estos cruceros hacen visitas de un solo día para conocer Roseau y poco más, dejando el apasionante resto de Dominica inexplorado e ignorado para el gran público.

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Esos cruceros deben de ser una buena fuente de ingresos porque numerosas tiendas y puestecillos ambulantes de souvenirs  se encuentran al acecho con todas sus mercancías expuestas a la caza del turista. Aquel día no parecía haber ningún barco y sin apenas turistas por los alrededores los venderos parecían bastante aburridos y apáticos.

Finalmente nosotros no comimos en el mercado. Lo hicimos en un local en pleno centro situado en la segunda planta de un bonito edificio de color verde desde donde la música sonaba con la misma intensidad que en el resto de la ciudad. Un dominiqueño de buen porte y trenzas nos atendió muy amablemente y nos sirvió una apetitosa y sencilla comida antillana: arroz con frijoles, pollo, yuca, banana y una pasta que no reconocí pero de la que no dejé ni rastro.

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Así fue como comenzó nuestra estancia en Dominica, con  la exploración de su colorida y vibrante capital.

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