Bagan para principiantes: segunda parte.

Mi segundo día en Bagan no fue precisamente el mejor de mi viaje por Myanmar. Es más, podría decir que fue un día de mierda, el más duro de todos. Durante toda aquella jornada no conseguí en absoluto conectar con todo aquel universo birmano que me rodeaba. Y es que para que negarlo: A veces cuando viajas hay días así en los que preferirías estar tranquilo en tu casa olvidándote de todo, pasando la tarde tranquilo sin demasiadas complicaciones, rodeado de tus cosas, en el confort del hogar y la comodidad del mundo conocido. Hay días así en los que te preguntas porque coño te complicas tanto la vida viajando a miles de kilómetros de tu gente y tu entorno.

Aquella mañana habíamos decidido alquilar unas bicicletas eléctricas para recorrer los alrededores y estar un poquito a nuestro aire, sin tener que estar pendientes durante todo el día de ningún chófer o conductor.

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En Nyaung U, frente a nuestro hotel, había un pequeño establecimiento de alquiler de bicicletas y conseguimos negociar allí un buen precio después de un buen rato de regateo. 5000 kyats por las cuatro bicicletas. No es que fuese en conjunto mucho más barato que un coche con conductor pero, por lo menos, cambiábamos un poco la dinámica del día anterior y hacíamos algo diferente.

Pero aquel día yo estaba bastante cansado, tenía algo de diarrea, hacía un calor del infierno y no se por que he de reconocer que la idea de las bicicletas no me acababa de convencer.

Comenzamos el día recorriendo algunos de los templos que nos habíamos dejado sin ver el día anterior, perdiéndonos un poco por los caminos y dejándonos sorprender por Bagan y todo lo que los alrededores tenían que ofrecer, que no era poco.

Como el día anterior, el espectáculo de la pobreza se volvía a repetir en cada parada. Jóvenes birmanos ofreciéndonos souvenirs y artesanía con bastante insistencia pero tampoco faltos de gracia o educación. Eran un presencia constante pero no eran demasiado agobiantes, sobre todo en comparación con otros lugares en los que yo pudiera haber estado antes. Con cada encuentro, se desgranaba una historia, que dibujaba una aparente realidad social del país, pero después de un tiempo, cuando las historias comenzaban a repetirse, siendo cada una copia de la anterior, la credibilidad y la sinceridad de cada momento empezaba a ponerse entredicho. No era nada raro ver a niños de menos de diez años vendiendo sus propios dibujos por un dolar buscando quizás ablandar algún que otro corazón para al final comprobar que todos los dibujos que vendían eran exactamente iguales unos de otros, o al menos muy parecidos. También resultaba curioso que todo el mundo coleccionase monedas o que la mayor parte los jóvenes adolescentes necesitaran dinero para conseguir sus licencias como guía turístico.

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Lo que estaba claro es que todas aquellas historias, más o menos repetidas en cada esquina, no eran más que un reflejo de la necesidad de un pueblo que se busca la vida como puede o como le dejan.

Fue a media mañana que conocí a un chaval, joven, de edad indeterminada (entre 18 y veintitantos) que vendía sus pinturas hechas con arena (como tantos otros).

Yo estaba un poco saturado de tanto templo así que mientras mis amigos se iban por allí subiendo a lo alto de una pagoda, yo me quedé charlando un rato con él.

Le pregunté que tal iba la venta aquel día y el chico me respondió que últimamente el negocio estaba muy mal. “Los españoles y los italianos ya no compráis casi nada”- comentó con tono triste-“Tenéis una gran crisis allí, parece. Traéis poco dinero“.

pero al menos vosotros los europeos, los españoles y los italianos valoráis el arte, nuestros productos, nuestra historia”- comentó mientras un grupo de chinos se acercaba al templo-“En cambio ellos, los chinos son como langostas. Vienen aquí a llevarse las cosas buenas del país sin interesarse para nada por nosotros o como vivimos. Los chinos regatean mucho y no valorar la calidad de los productos. Las empresas chinas vienen y saquean nuestro país”.

Era evidente que aquel chico no apreciaba precisamente a la reciente oleada china que estaba inundando especialmente el norte del país a la que veía más como una amenaza que como una oportunidad de negocios o progreso. En cambio, para los japoneses tenía guardadas mejores palabras:

Los japoneses son otra cosa. Ellos al menos hacen donaciones. Ayudan a la comunidad”.

Lo cierto es que estuve conversando con él un buen rato. Una vez más Birmania me tocaba el corazón. A cada paso, con cada persona que me encontraba Myanmar mostraba lo mejor de sí misma: Su gente. Un pueblo sufrido y resignado pero acogedor y sonriente. No hubo un sólo día en que nos faltase una sonrisa o un buen gesto.1012865_10204328179778050_9155658812204822069_n

En el siguiente templo nos topamos con otra chica a la que acabamos por comprarle un Buda de piedra por una razonable cantidad de dinero. Ella había estudiado inglés (su inglés era perfecto, todo hay que decirlo) y, como no, quería ser guía turístico. Satisfecha con la compra, la chica era muy habladora y después de un buen rato de charla acabó por pedirnos algún regalo. Sólo teníamos un cuaderno de pintura en inglés para niños que ella aceptó alegremente para su hermana pequeña que también estaba estudiando inglés.

“Unos pocos dolares, cualquier cosa, significan mucho para nosotros. Gracias.”-nos dijo al despedirse.

Al final todo parecía estar saliendo bien aquel día pero fue al salir de ese templo cuando me caí de la bicicleta eléctrica y lamentablemente me hice bastante daño. No fue nada grave, pero sangraba por un tobillo que me dolía bastante y fue entonces cuando ya definitivamente mi humor comenzó a oscurecerse.

Descansamos comiendo en un restaurante en New Bagan. La comida estaba malísima y era cara. El restaurante no tenía cocina y pudimos ver como traían el arroz con curry en moto una hora después de haberlo pedido. La escena era surreal y divertida.

Me dolía el estómago y era incapaz de comer. El arroz con curry no me entraba. Por razones que escapaban de mi razón y por mucho que yo quisiese controlarlo, cada vez estaba de peor humor. Aquel día era incapaz de disfrutar de Bagan.

Mi segundo accidente con la bicicleta eléctrica fue bastante más aparatoso. Intentando esquivar un camión derrapé. Casi pude sentir a cámara lenta como me caía sobre la calzada. Mí única preocupación era evitar al camión al notar como, fuera de control, yo me deslizaba hacia la parte central de la carretera. Afortunadamente, no paso nada grave. Segundos más tarde me encontraba en medio de la calzada con la bicicleta sobre mis piernas, y con las manos y las piernas cubiertas en sangre. El otro tobillo, el sano, también me dolía bastante.

He de decir que la gente que por allí pasaba se portó conmigo de forma excepcional: los conductores del camión y una chiquilla en bicicleta se pararon inmediatamente a ayudarme. Yo iba el último de nuestro peculiar convoy “verano azul” y sólo JP se dio cuenta de mi caída. A lo lejos pude ver como M. y P., ajenos a mi accidente, se alejaban a toda velocidad con sus bicicletas mientras yo ni si quiera acertaba a levantarme.

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Me lavé las heridas con agua mineral, las desinfecté con alcohol para manos que llevábamos en la mochila y me vendé las heridas como pude con unos pañuelos de papel. Intenté llamar a M. con mi móvil, pero fue entonces cuando me dí cuenta de que mi móvil si que no había sobrevivido a la caída.

En un país donde hay personas que se mueren de hambre cada día, donde la mayor parte de la gente vive con lo básico, yo razonaba y entendía que un móvil o mi diarrea, incluso mi caída eran algo banal, sin importancia. Asuntos superfluos de alguien a quien la vida le había tratado aceptablemente bien y se había podido costear un viaje al otro lado del planeta. Yo sabía que tenía que racionalizarlo y era consciente de que ése era mi aprendizaje aquel día posiblemente. Pero juro que en aquel momento y en aquel lugar, estaba enfadado con el mundo y por mucho que intentase evitarlo mi humor pasó de oscurecerse a tornarse completamente negro. Estaba cabreado.

Cojeando y dolorido, volví a montarme en la bicicleta y unos minutos después JP y yo nos reunimos con M. y P. que se habían parado a esperarnos en la cuneta de carretera advertidos por otros conductores que enseguida nos habían relacionado con ellos.

Yo ya no quería seguir dando vueltas por ahí con las bicicletas y terminamos el día directamente en el mega templo de Shwezigon, una impresionante pagoda del siglo XI, verdadera estrella de Bagan y uno de esos lugares privilegiados donde contemplar el atardecer sobre la enorme explanada de Bagan.

Durante nuestros días de estancia en Bagan habíamos logrado sortear hábilmente los controles de gobierno para no pagar la tasa turística de 15 dolares que había que abonar para visitar Bagan. No me malinterpretéis. No es que no quisiese pagar los 15 dolares por tacaño, rácano o aprovechado. A mi no me importaban los 15 dolares. No era por el dinero en sí.. Pero sabía y era consciente de que esos 15 dolares iban directos al Gobierno, no al pueblo birmano, y sabía que esas tasas eran una de las formas por las que la dictadura militar se financiaba y se sostenía en el poder. Y teníamos toda la intención de no abonar el impuesto si podíamos evitarlo.

Pues bien, fue precisamente en Shwezigon, ya al final de nuestro tiempo en Bagan, donde nos pillaron y nos exigieron el pago de la tasa. Deberíamos haberlo adivinado. Todos los turistas estaban allí y los funcionarios locales, sabedores de ello, se habían puesto astutamente en la carretera dispuestos a fichar a todo el que pasaba.

Tengo que decir que ello no contribuyó a que mi humor mejorara, sobre todo teniendo en cuenta que cuando llegamos a lo alto del templo para contemplar el atardecer, se puso a llover por lo que tuvimos que volver corriendo (o cojeando en mi caso), de vuelta a Nyaung U, bajo la torrencial lluvia de los monzones. Por lo que al final pagamos por no ver nada.

Llegamos al hotel completamente empapados. Al entrar el hombre de la recepción nos comentó:

Que mala suerte habéis tenido. En esta época de año ya nunca llueve en Bagan. Es raro que llueva así en estas fechas”

Sin querer saber nada más del mundo, me metí en mi habitación, conteniendo el escozor, el dolor y las lágrimas de rabia me desinfecté todas las heridas (que ya me acompañarían durante el resto del viaje, muy a mi pesar), dejé mi tobillo en reposo y me eché a dormir.

Desde luego, aquel no fue un buen día en Bagan.

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