Escala en París

Decía Audrey Hepburn encarnando uno de sus personajes eternos, Sabrina, en el film de 1954 del mismo nombre, Sabrina, dirigida por el no menos eterno Billy Wilder, que París siempre es una buena idea.

Llevando a la práctica esa máxima y aprovechando que teníamos una larga escala de 5 horas en el aeropuerto de Orly en nuestro viaje rumbo a las Antillas, nos lanzamos a un rápido pero edificante paseo a través de las calles del centro de la ciudad de la luz.

Era mi tercera vez en París. Y mi recuerdo era el de una ciudad obscenamente hermosa y monumental a la vez que intratable y altiva. Si París fuese una persona sería sin duda una chica muy guapa, un pibón, un modelo de alta costura, pero que se lo tiene tan creído que deja ver una personalidad engreída y un carácter arisco.

Pero nos guste o no esa personalidad tan marcada, lo que no se puede negar es que París tiene fachada y es, sin duda, una de las ciudades más bonitas de Europa.

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Pero no sólo eso. Fuera de la torre Eiffel o Notre-Dâme, explorando más allá de sus museos y sus monumentos, París es una ciudad llena de vitalidad, de creatividad, de arte y de ideas. Está abarrotada de turistas hasta la desesperación que acuden como miel a las moscas atraídos por su incontable patrimonio y su historia, porque, sin duda, París es una ciudad con historia. Escritores, revoluciones, artistas, científicos, batallas, filósofos, emperadores y reyes han visto la luz y la muerte en las viejas calles de la ciudad. No nombro ninguno porque si lo hiciera no podría parar y esta entrada no tendría fin.

París también es la ciudad de la inmigración, de los banlieue (los barrios periféricos de la ciudad) , del verlan (el dialecto del francés que se habla en los suburbios) y la multiculturalidad, es la vida del metro interminable (sin escaleras mecánicas) y del dodo-boulot-dodo, (cama-curro-cama), el famoso mantra con el que los franceses describen la aplastante rutina diaria en la capital.

El trabajo es parte esencial de la vida allí porque el trabajo es dinero y París es una ciudad de dinero y en la que hay que vivir con él. No en vano la capital de Francia es el primer centro financiero del país, cuyo poder económico se materializada en los fastuosos edificios de La Défense, que conviven con la desigualdad de los barrios periféricos en la escondida puerta de atrás de la exquisita y poderosa Francia.

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Hay tantos París dentro de París, que sólo puede haber una sola ciudad como París.

Y sólo teníamos cinco horas, una breve escala en nuestra ruta a las Antillas, a miles de kilómetros de allí.

Llegar a París como turista es sacar la cartera y soltar pasta. 23,50 euros por persona nos costó el pase de transporte de un día por la ciudad. Desde Orly nos acercamos al centro en tren. Una horita tardamos en llegar a la estación de Chardelei-Essai, donde nos bajamos y allí fuimos andando hasta el Centro George Pompidou, el Centro Nacional de Arte y Cultura, una maravilla arquitectónica de estilo industrial con sus tuberías y escaleras de colores en plena fachada visibles desde el exterior. El contraste de la aún rabiosa modernidad setentera del museo con el clásico entorno y los vetustos edificios que le rodean es enorme.

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Desde el George Pompidou, nos adentramos andando en Le Marais, el antiguo barrio judío hoy en día tomado por la comunidad gay, que conquista sus derechos en la Francia de hoy en día. Fue allí en las calles de Le Marais, junto al Archivo Nacional, donde hicimos parada en una boulangerie (pastelería) e hicimos buena cuenta de la delicada bollería francesa.

De Le Marais y también andando nos acercamos al Hôtel de Ville, es decir, el ayuntamiento. El edificio es sólido y monumental. Su fachada lo es aún más. El edificio del ayuntamiento es la sede del gobierno local de la ciudad desde el año 1357.

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Del ayuntamiento a la irrepetible, pero mil veces imitada, catedral de Nôtre-Dame, de estilo gótico por antonomasia . Con sus gárgolas y sus inquietantes imágenes en la fachada y su elegantes arbotantes, la catedral es uno de los edificios más representativos de la ciudad. No pude evitar caer en el tópico y acordarme de Victor Hugo y su Quasimodo.

Decir que la plaza de la catedral estaba infestada de turistas es quedarse corto. Con la cola que había y con lo escasos de tiempo que andábamos, ni nos planteamos visitar el interior de la catedral. Tendría que ser en otra ocasión.

Muy cerquita de allí se encuentra uno de los edificios que más me llama la atención de la ciudad: el Hôpital Hôtel-Dieu, un antiguo hospital situado en la misma orilla del río Sena. Es el hospital más antiguo de París y lleva en funcionamiento desde el año 651, casi nada. El edificio es impresionante y es la materialización misma de la imagen que uno tiene en su cabeza de un hospital antiguo. Es casi de película.

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Ya apenas sin tiempo, cogemos el metro y desde la île de Cité nos vamos a la Torre Eiffel. Construida en 1889 para la Exposición Universal de París, en pleno campo de Marte, la estructura forjada en hierro de la torre es el símbolo de todo un país.

Si creíamos que en Nôtre-Dame había muchos turistas, era porque no habíamos estado antes de la Torre Eiffel. Es el monumento que cobra entrada más visitado del mundo. Con seis millones de visitantes al año, la Tour Eiffel es una verdadera máquina de hacer dinero.

Aquel día de agosto apostados bajo aquel sol de verano había cientos de cientos de personas venidas de todos los lugares del mundo haciendo cola para subir a lo alto de la torre, fotografiando el monstruo de hierro o simplemente haciéndose autofotografías ridículas con sus palos del selfies.

No había tiempo para más. Sin apurar demasiado tiempo los horarios, desde allí y en metro y tren, partimos rumbo al aeropuerto donde volaríamos a nuestro siguiente destino en aquel viaje: la exótica isla de Guadalupe en pleno mar Caribe.

Cinco horas no son nada. Tempus fugit.

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