Una excursión al pueblo de las pagodas desde Beijing: Shijiazhuang y Zhengding (parte I)

Cuando uno lee una guía de viajes y empieza a planificar un recorrido, las páginas y los párrafos de nuestra guía discurren con una facilidad pasmosa y, sobre el papel, todo parece muy secillo y las distancias muy cortas. En cambio, luego, la realidad sobre el terreno es bien distinta. Y el viaje que parece durar una hora, al final puede llegar a durar cinco y subirse simplemente a un autobus o a un tren puede convertirse en una tarea titánica. Y voy a ir más allá. A priori, hay sitios que parecen muy interesantes y hermosos y  las emocionadas palabras del escritor y redactor de la guía nos convencen para ir a un sitio en concreto. Pero, por desgracia, en muchas ocasiones, la realidad es completamente diferente y una vez allí, nuestras expectativas no se ven colmadas en absoluto, por no decir otra cosa. 
Todo esto  viene muy acorde para contar nuestra experiencia en Shijiazhuang y Zhengding en pleno corazón de la prefectura de Hebei, a unos 300 kms de Beijing, más o menos.
Llevabamos ya varios días en Beijing y la verdad es que como ibamos con bastante tiempo y teníamos bastantes días por delante, nos estabamos planteando hacer una excursión de dos o tres días fuera de la gran ciudad y conocer algún punto de interés del país no demasiado lejano.
En un principio pensamos en ir a Pingyao, un pueblo medieval situado a unos 700 Kms de Beijing. Pero China es un país enorme y las distancias son a veces dificiles de abarcar. Y 700 Kms en China es mucha distancia. Nuestro primer intento para comprar los billetes fue en el hostal donde nos alojabamos, un local de mochileros, donde a pesar de ello la recepcionista no hablaba demasiado inglés, todo hay que decirlo. Al menos en Beijing y en casi todos los hoteles donde se pueden alojar los extranjeros, existe la posibilidad de comprar allí directamente los billetes. Esto supone un considerable ahorro de tiempo pero no de dinero, claro está, ya que el hotel se cobra su correspondiente comisión.
Tras una hora de acalorada conversación con aquella buena mujer, concluimos que ya no había asientos libres en los trenes que queríamos y nos fuimos sin billetes a Pingyao y con la ligera sensación de que en ningún momento aquella mujer había llegado a comprender realmente lo que queríamos. Desde luego, comunicarse en China muchas veces es una ardua tarea.
La verdad es que yo quería ir a Pingyao. Y fue por esto que decidimos desplazarnos personalmente a la estación de trenes y comprobar realmente que lo que la recepcionista del hotel nos había dicho era cierto.
He de remarcar aquí que Beijing tiene siete estaciones de ferrocarril. Quizás las que tienen un mayor tráfico de viajeros sean la estación Central de ferrocarril, la estación del Oeste y la estación Sur. Nosotros cometimos el error de no comprobar desde que estación salían los trenes a Pingyao previamente y nos dirigimos directamente a la estación Central de Ferrocarril donde después de un buen rato intentando encontrar sin éxito las taquillas y tras  buscar a la desesperada un vendedor que supiera hablar inglés (no es tarea fácil) durante facilmente una hora, nos comentaron que los trenes a Pingyao salían  de la estación del Oeste, y que era allí donde nos debíamos dirigir.
La verdad es que nuestra primera experiencia intentando comprar billetes había sido entre exasperante, divertida y agotadora. Era increiblemente dificil comunicarse!! Y eso que estabamos en la capital!! Probablemente en el interior de China moverse sea mucho más complicado.
Segundo día, segundo intento. Pero antes de que  una avanzadilla se desplazase a la estación para la compra, se requería una reunión de grupo para decidir si finalmente ibamos a ir a Pingyao y si dadas las distancias el viaje era practicable. Yo llevaba impresos bastantes horarios de trenes a distintos sitios cercanos a la ciudad que bajo mi criterio parecían interesantes. Los había consultado previamente en España en una página en internet y la verdad es que al final del viaje los horarios y la información que aporta resultó ser bastante exacta y acertada. Adjunto aquí la dirección por si a alguien puede resultar de utilidad.

 http://www.chinatravelguide.com/ctgwiki/Main_Page

Barajabamos varias opciones desde Beijing. Pingyao y Xi’an estaban bastante lejos y para ir solamente dos días nos parecía una paliza física y mental. Además la combinación de trenes disponibles no era demasiado buena. Yo había estado leyendo bastantes cosas sobre Datong, una de las antiguas ciudades imperiales, una ciudad, al parecer, con un pasado bastante más glorioso que su presente pero que aún así todavía contaba con algún punto de interés. En concreto, un fascinante templo colgante en una montaña, cuyas fotografías me habían atrapado sobremanera.
Pero hasta Datong no había tren bala, el tren de alta velocidad chino,  y los tiempos de viaje eran más largos de lo que habíamos pensado y si a esto le sumamos que algunos de nuestros compañeros de viaje no parecían dispuestos a moverse de Beijing optamos por una opción intermedia.
Nos habían hablado de un pueblo lleno de pagodas cerca de Beijing y que estaba bastante chulo,Zhengding, en la prefectura de Hebei. Además muy cerquita de allí se encontraba un monasterio budista bastante antiguo también colgando de una montaña, el monasterio de Longxin’ y un pueblo de piedra anclado en el pasado, el pueblo de Yunan. Consultando nuestra guía la verdad es que el lugar parecía bastante interesante.  No era Pingyao, no era Datong pero, sin duda, estaba mucho más cerca. Había que viajar hasta la ciudad de Shijiazhuang, y desde allí simplemente desplazarse a Zhengding.
Marta, mi primo Alberto y yo nos embarcamos, por tanto, una vez más camino de la estación, esta vez para comprar billetes a la ciudad de nombre impronunciable (Shijiazhuang) de la que hasta hacía una hora no sabíamos nada en lugar de hacerlo para Pingyao o Datongc como teníamos planeado en un principio.
Llegamos a la estación del Oeste en taxi. Un enjambre de personas se movían de un lado para otro y la estación era un autentico hervidero humano. Tras pasar el consabido control policial que se encuentra a la entrada de cualquier edificio público, comenzamos a seguir las indicaciones de un cartel que nos enviaba hacia la derecha para llegar a la TICKET OFFICE. Y a partir de ahí, se desató para nosotros la locura. Al final de un pasillo nos topamos con otro que nos señalaba a la izquierda y este fue seguido posteriormente por un tercero que nos pedía que siguieramos de frente a lo largo de un ancho e impersonal pasillo. Finalmente cuando aquel enorme pasillo recto moría nos encontramos con unas escaleras mecánicas y con otro cartel, hermano de los anteriores, que mostraba impasible una flecha hacia abajo y que nos invitaba a descender al piso inferior subterráneo y que daba a entender claramente que la venta de billetes se encontraba allí.
Obedientemente acatamos las recomendaciones de aquel cartel, pero ni rastro de la oficina de venta de billetes. Y volvimos a bajar otras escaleras mecánicas por indicación de otro nuevo cartel. Ya llegados a este punto, noté cierto carraspeo en forma de irritación. Aquel juego de carteles era un poco ridículo y continuamente pareciamos estar dando vueltas sin sentido. Y aún así seguíamos participando de aquella gymkana absurda de carteles…De nuevo a la derecha… Subir unas nuevas escaleras mecánicas… Y otras escaleras mecánicas más…Y sorpresa!!!… Finalmente habíamos llegado a la casilla de salida… Ahí estaba la puerta de entrada y el primer cartel de ticket office que nos encontramos nada más llegar a la estación. Todo aquello parecía la broma pesada de algún chino dispuesto a pasar un buen rato a costa de los incautos occidentales. Y ante una broma de tal calibre solo cabía una opción, reirse y tomarselo como tal…
Estuvimos cerca de dos horas buscando el puesto de taquillas. Preguntar tampoco era mucho más productivo que seguir carteles. Cada vez que abordabamos a alguien para pedir indicaciones, una cara de estupefacción e incomprensión era nuestra única respuesta. Ni tan si quiera la palabra ticket parecían comprender. Les hablabamos en inglés pero les podríamos hablar en gallego que nos entenderían lo mismo. Podréis pensar que quizás seamos un poco inútiles. Incluso  no demasiado inteligentes y tal vez tengáis razón pero debo decir en nuestra defensa que sobre el terreno orientarse y comunicarse es todo un reto y una vez en el mostrador, si no habéis estado antes,  saber con total seguridad si ese es el puesto de venta de billetes no es tan obvio como en España.

La gran sorpresa final  fue descubrir al final de la tarde que no podíamos comprar los billetes de tren a Shijiazhuang porque no llevabamos encima los pasaportes de todos los viajeros. He aquí otro detalle importante, para comprar un billete de tren en China es imprescindible presentar tu pasaporte y el de todos tus acompañantes.
Fue una tarde ridicula, absurda hasta el paroxismo pero tan divertida como irritante y agotadora.
Aquella tarde nos rendimos y decidimos intentar comprar los billetes directamente en la estación antes de coger el tren, sin demasiada anticipación.
Y así fue, a las ocho de la mañana del día siguiente todos estabamos montados en el tren de alta velocidad camino de Shijiazhuang.
El tren era rápido y cómodo. El paisaje desde la ventana, gris, estéril y horrendo, incluso deprimente. El invierno claramente no ayudaba a embellecer un panorama entre industrial y agrario, seco y llano completamente desprovisto de colorido.

Tras dos horas y media de viaje aproximadamente el tren se detuvo en la estación de Shijiazhuang. Cientos de chinos se apearon y se sumaron a los cientos de personas que poblaban los andenes de aquella estación gris y funcional. Eramos los únicos occidentales entre toda aquella maraña humana y, como tales, eramos el foco absoluto de atención. Decenas de miradas descaradas y sorprendidas se fijaban en nosotros como si fueramos extraterrestres aterrizando por primera vez en el globo terraqueo. Notaba en todas aquellas miradas un destello de interés y sorpresa, e incluso adivinaba sus ganas de entablar conversación con nosotros, pero al mismo tiempo ellos, igual que nosotros, eran muy conscientes de la enorme barrera idiomática que nos separaba. Y eso les frenaba. Salimos de la estación y unos pequeños apeaderos repletos de autobuses y personas aparecieron ante nuestros ojos. Un poco más allá se perfilaban agolpados unos rascacielos poco suntuosos y entre ellos y los autobuses se extendía una enorme explanada de arenisca amarillenta sin asfaltar sobre la que se alzaba orgullosa una  llamativa estatua roja rodeada por unos enarbolados trabajadores chinos cincelados en piedra negra, un claro ejemplo de “arte-exaltación comunista”. Justo enfrente nuestro un cartel en chino e ingles que rezaba “prohibido pisar el césped”.(¿qué césped?).

La verdad es que los alrededores de aquella estación sólo se podían definir como espantosos. Pero no había de que alarmarse. ¿Acaso los alrededores de cualquier estación en cualquier ciiudad del mundo podrían catalogarse precisamente como hermosos? Claramente no. No iba a ser diferente en China.
Ya estabamos en Shijiazhuang, pero ahora, se nos planteaba otra pregunta  ¿Cómo llegar al pueblo de las pagodas, Zhengding? Llegado a este punto de mi relato, es momento solemne para que yo reclame por fin la importancia de esa parte de las guías a las que yo nunca había prestado importancia y había desdeñado por inútiles. Estoy hablando de la parte de frases útiles en el idioma local del país que se visita. Es vital en China y es importante cuando compréis una guía para viajar por el país que esta parte así como el nombre de las ciudades y lugares de interés vengan escrito también en caracteres chinos, para así poder mostrarselo a los locales o a los taxistas al pedir indicaciones y que éstos puedan leer los carácteres. (si es que saben leer, el grado de analfabetismo en China todavía es bastante alto). En esta ocasión para nosotros fue nuestro salvavidas. Un hombre con aspecto de estar completamente loco, nos llevo gesticulando a un autobus de línea y nos dijo que teníamos que subirnos a él y que nos llevaría directamente a Zhengding. Le hicimos caso ¿por qué no?. Afortunadamente, el conductor y una chica que estaba limpiando el autobus así nos lo confirmaron. No fue sin desconfianza que nos subimos al autobus y allí esperamos durante unos minutos hasta que el autobus arrancó y partió camino de Zhengding, o eso esperabamos. El trayectó duró cerca de una hora, hora y media nada más y nada menos, durante la cual el autobus atravesó la ciudad de Shijiazhuang. Una ciudad aparentemente carente de encantos. Diría más, una ciudad horrible.  Grandes avenidas completamente sucias en las que se alternaban grandes edificios y rascacielos de construccion reciente con casas más antiguas medio en ruinas cuyo futuro se podía adivinar sin problemas a la vista de los enormes solares vacios llenos de escombros que frecuentemente alteraban el paisaje urbano.

La ciudad parecía estar todavía en construcción. La actividad era dinámica, con coches, autobuses y taxis circulando y pitando por todas partes y mezclándose con carros y animales en plena calle. Shijiazhuang es un claro ejemplo de la nueva China en expansión. Actualmente cuenta con 3800000 habitantes, pero su población se ha cuadruplicado en sólo 30 años. Es un centro industrial y económico de vital importancia en el país y su PIB ha aumentado un 12% en tan sólo un año. Los salarios por otra parte han aumentado con la misma impresionante rapidez.
Son unos datos de vertigo, sobre todo si los comparamos con los pobres datos económicos que está marcando España en los últimos años, fruto de la crisis económica que está golpeando Europa y de la que por el momento, aparentemente es inmune la todopoderosa economía china.
Recuerdo aquel viaje en autobus con el mismo divertido surrealismo que había acompañado la tarde precedente. Algunos de mis compañeros de viaje no parecían muy felices con la experiencia a la que yo les había arrastrado en mi empeño por salir de Beijing aunque fuese por un día. Para colmo el viaje estaba siendo muy largo y el autobus una auténtica carcasa con ruedas.
Aunque el crecimiento económico espectacular de la región había hecho de Shijiazhuang una auténtica metropoli más grande que Barcelona, era evidente que el corazón de la ciudad era todavía eminenmente rural, asi como el de sus habitantes. Esto se hacía patente en su forma modesta de vestir, sus modales, y la inocencia que denotaban sus caras de alucinados cuando nos observaban en el autobus.
Es la otra cara de esa China todopoderosa en el terreno económico,  una China sencilla afanada todavía en sus antiguas costumbres que todavía no acaba de asimilar los rápidos cambios y la creciente modernidad de la que es testigo.
La suciedad reinaba por doquier. Las calles estaban sucias, los edificios estaban cubiertos de polvo, el autobus mugriento. China adolece de una falta escandalosa de regulación medioambiental y las fábricas no respetan las distancias requeridas con los grandes núcleos poblacionales. El resultado aquí en Shijiazhuang era todavía más evidente que en Beijing. Una especie de polvo lo cubria todo,  se posaba por todas partes dándole a la ciudad un maquillaje de polución poco favorecedor.
El autobus seguía avanzando y el espectaculo visual era cada vez más desolador e industrial. Desde nuestras ventanas los rascacielos fueron dando paso a los escombros y las casas bajas a auténticas chabolas. Una mujer le quito los pantalones a su niño y lo puso a mear en medio del autobus justo a nuestro lado. Pudientemente la buena mujer había puesto un papel de periodico debajo del niño para no manchar tanto. Observamos aquel momento con la misma cara de sorpresa con la que el niño nos miraba fijamente a nosotros.   Algunos de mis compañeros de viaje cada vez estaban más enfadados… Definitivamente, aquel viaje no parecía conducir a ninguna parte…

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