Templos de Angkor (parte III)

Fuera del complejo imponente de Angkor Thom existen innumerables atractivos y templos de imprescindible visita. Quizás el más pintoresco y representativo sea el templo de Ta Prohm. Un magnífico y fotogénico ejemplo de como la selva y la naturaleza han podido con la mano del hombre, ya que literamente, la maleza y los enormes árboles han invadido y colonizado cada piedra y cada rincón combinándose para conseguir estampas de enigmática belleza. La verdad es que Ta Prohm constituye una visita completamente diferente y no es dificil, recorriendo su interior, dejar llevar la imaginación y sentirse como un verdadedo aventurero y poder imaginar lo que experimentaron los primeros exploradores cuando descubrieron todos estos templos perdidos en medio de la selva.
El mejor momento para visitar Ta Prohm sea quizás al mediodía cuando el sol calienta y el calor se hace insoportable y las ramas de los árboles y el espesor de la selva protegen de los implacables rayos del sol y sirven de resguardo.
Personalmente fue uno de los templos que más me gustó y para mí fue uno de los momentos cumbres de mi visita a Camboya. Pasear entre las galerias del templo y perderse entre sus muros engullidos por la selva es una experiencia inolvidable y muy cinematográfica.
Salvando las distancias, el templo de Ta Nei es una especia de Ta Prohm en miniatura. Con sus árboles con enormes raices entrelazadas, es una anticipo de lo que uno puede encontrarse en Ta Prohm, en cierta forma. El templo es mucho más pequeño y menos impresionante pero la verdad es que no hay cientos de turistas y el templo está practicamente vacio con lo que se puede disfrutar de la soledad fría de las piedras y del musgo y las malas hierbas que las recubren, practicamente en exclusiva.
Entre todos los templos que visitamos durante nuestra estancia en Siem Reap, permanece vivamente en mi memoria también, destacando sobre el resto, el templo de Banteay Srei, o el “templo rosado”, templo hinduista dedicado al dios Shiva.
Es el templo más “femenino” de todos y no sólo por el color rosado de las piedras si no porque de su nombre (“ciudadela de las mujeres”) y de sus bellas tallas femeninas se ha deducido que ha debido de ser construido por una mujer. Es un templo pequeño, simétrico y muy bien reconstruido y practicamente libre de turistas.
También tengo un grato recuerdo de los templos de Roulos, que aunque están bastante más alejados de Siem Reap, (unos 15 kms), si se dispone del tiempo suficiente, merecen sobradamente una visita, especialmente Bakong, el más grande de los tres, con su forma piramidal y sus estatuas de piedra de elefante. 
Lo cierto es que a medida que uno se va  alejando de los templos principales cada vez es más raro encontrarse con grandes grupos de turistas y se puede disfrutar sin agobios y tomar fotos sin que docenas de turistas aparezcan luega en ellas. La verdad es que si se dispone de tiempo y ganas, se podría pasar perfectametne una semana en Siem Reap sólamente visitando templos.
De todas formas, una constante en todos los monumentos la constituyen la cantidad de niños pidiendo dinero o intentando vender cualquier recuerdo o souvenir a mercer del creciente turismo que reciben.
La mendicidad es una auténtica industria en el país al amparo del turismo occidental y asiático y es triste pero al dar limosna se fomenta aún más dicha mendicidad y la explotación infantil que conlleva. Tras todo esto, se esconde la evidente pobreza del país, y la mendicidad de la que hablamos es sólo una más de sus vertientes.
Es evidente que no podemos darle dinero a todos los niños con los que nos vamos a cruzar por mucho que queramos y, además, al hacerlo se alimenta toda esta industria, muy poco ética, en la que no sólo los menores no llegan a recibir el dinero de nuestra propina, si no que se propicia el secuestro de niños como fuente de ingresos.
Lo cierto es que en algunos momentos yo llegué a estar sobrepasado, incluso irritado o agobiado a ratos, y para mí fue tan duro en algunas ocasiones no dar dinero a alguno de los niños, que en alguna ocasión he dejado escapar alguna lágrima.
Si realmente uno no puede resistir la presión, una opción sea darle comida a los niños, y, al menos, así nos aseguramos de que realmente son ellos quienes la disfruten.
Pero si realmente se quiere ayudar o colaborar a la causa, mucho más útil quizás sea informarse sobre las ONGs que colaboran en la zona y sus proyectos y donar dinero a las mismas. Es una forma mucho más inteligente y productiva y menos dañina de ayudar realmente al desarrollo del país.
Es duro pero es la otra cara de Camboya, bien diferente a la que ofrece a través de sus  hermosos templos. Una faceta mucho más viva y presente, mucho más humana al no estar tallada en piedra y, por desgracia, parte de una realidad mucho más cotidiana e injusta.

Camboya es un país capaz de conmover por mucho sentidos y durante todos mis días allí, por éste y otros motivos, dejó en mi una extraña sensación agridulce que fue calando hondo hasta cambiar mi perspectiva del mundo.

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