Machu Picchu

Existen lugares, monumentos, emplazamientos tan emblemáticos, tan impresionantes, tan reconocibles por toda la humanidad que sólo su visita ya justifica un viaje de miles de kilometros y soportar después las auténticas hordas de turistas que los invaden: el Taj Mahal en la India, la Gran Muralla China o los templos de Angkor Wat en Camboya son buenos ejemplos y exponentes de ello. Son auténticas maravillas del mundo, parte de la memoria colectiva de la humanidad, patrimonio ya inherente a este enorme planeta Tierra en el que todos vivimos. Y como no, Machu Picchu en Perú es otra de esas auténticas maravillas del mundo, de lejos el monumento más visitado de todo el Perú y probablemente de toda Sudamérica.
Desde pequeño, para mí, Machu Picchu era como un sueño, algo inalcanzable, un viaje casi imaginado, un lugar envuelto de misterio e intriga y tengo que reconocer que precisamente, Machu Picchu fue el motivo fundamental de mi viaje a Perú, sin pretender infravalorar aquí el resto del país (para nada), poblado por una gente maravillosa y encantadora y lleno de ciudades y entornos muy interesantes ( probablemente igual de impresionantes y de enorme valor natural, artístico, histórico y arquitectónico) . Pero bueno, yo tenía que cumplir un sueño y ese sueño era ir a Machu Picchu.


La noche anterior a la visita dormimos en Aguascalientes (Machu Picchu pueblo), una especie de villa-resort para turistas casi de cartón-piedra, situada montaña abajo. A Aguascalientes se accede a través de un tren también para turistas y bastante caro  que suele partir de Ollantaytambo, en pleno Valle Sagrado o bien desde Poroy, localidad a 20 minutos de Cuzco. (http://www.perurail.com/es/   o bien http://incarail.com/)
Ya desde las cinco de la mañana muy temprano parten docenas de autobuses desde Aguascalientes rumbo a las ruinas en lo alto de la montaña.
Colas interminables de turistas se agolpan desde el alba esperando pacientemente su turno para subirse a los autobuses e intentar contemplar el amanecer desde lo alto de las ruinas. Desde ese primer momento, comprendí que no iba a disfrutar precisamente de Machu Picchu en exclusiva y en soledad. En estos tiempos que corren, no es fácil ser original. Desde luego no eramos las únicas personas del planeta a la que se le ha ocurrido ir a visitar el Machu Picchu aquel día… Es más, si hablo de hordas de turistas, me quedo corto. El fenomeno del turismo se manifiesta en todo su esplendor aquí en Machu Picchu.

Nos levantamos muy temprano, como a las 4 de la mañana (que duro es viajar) y aún así, ¡¡¡¡sólo conseguimos montarnos en el autobus número 11!!!!
Ojo porque las entradas hay que comprarlas con antelación por internet y llevarlas impresas en  mano para poder subirse a los autobuses.
http://www.machupicchu.gob.pe/
Las entradas son bastante caras, la verdad, al menos para mi humilde bolsillo. Hay dos precios, uno para ciudadanos de la comunidad andina y otro para extranjeros (éste último es casi el doble que el primero), así que nosotros como europeos tuvimos que pagar unos 150 soles por cabeza (unos 40 euros) (incluyendo la ruta de acceso opcional al Wayna Picchu) , pero la verdad es que el precio bien merece la pena. Se me ocurren bastantes ocasiones en las que me he gastado esa cantidad de dinero (y más) en cosas mucho peores que ésta.
Los autobuses ascienden el cerro a través de una serpenteante y vertiginosa pero hermosa carretera, (Hiram Bingham) y después de unos 40 minutos de trayecto, se detienen delante de un lujoso hotel-restaurante (seguro que no es precisamente barato) justo al lado de la entrada a las ruinas.
El ascenso hasta allí también se puede hacer andando subiendo el cerro montaña arriba partiendo desde Aguascalientes hasta el mismo punto de acceso al recinto. Hay un camino señalado y un montón de escaleras y para una persona en forma física normal debería llevar unas dos o tres horas (eso nos han dicho, lo mismo lo hago yo y tardo cinco horas).
Hayan subido andando o lo hayan hecho cómodamente sentados en un autobus, todos los turistas acaban finalmente agolpados en la misma entrada con sus boletos en la mano, esperando su turno para entrar en el recinto sagrado.

Mucho han debido cambiar las cosas desde que el arqueólogo norteamericano Hiram Bingham redescubrió para el mundo la suntuosa ciudadela inca de Machu Picchu allá por el año 1912 (y digo redescubrió porque la existencia de Machu Picchu ya era conocida antes de su llegada). Por aquel entonces, Machu Picchu no era más que un par de reseñas en unos cuantos documentos históricos y una olvidada ciudad derruida en lo alto de un cerro devorada por un nuboso bosque y protegida bajo la mirada guardiana de las montañas que la rodeaban.
No puedo ni imaginarme la sensación que aquel hombre tuvo que experimental al toparse allí, en medio de los Andes, escondida entre las montañas, una maravilla de las dimensiones del Machu Picchu. Su gran acierto fue precisamente darse cuenta del enorme valor arqueológico de las ruinas que tenía ante sus ojos aunque todo ese mérito quedó emborronado más tarde por el hecho de que en los años posteriores los americanos se dedicaron a expoliar el patrimonio del Perú llevandose al extranjero hasta casi 4000 restos arqueológicos de las ruinas.
Machu Picchu ocupa una superficie de 550 metros de largo por 200 metros ancho y en toda su extensión alberga templos, viviendas, talleres y canteras en muy buen estado de conservación. La ciudad estaba dividida en un sector agrícola con todas las terrazas de cultivo a modo de gigantescos escalones en la montaña a un lado y un sector urbano.
El papel que desempeñó Machu Picchu dentro del Imperio Inca es bastante controvertido y no parece haber demasiado consenso al respecto: ciudad sagrada, residencia vacacional para una élite…. Hoy por hoy, gran parte de la historia de este enclave continúa siendo un misterio y está lleno de lagunas lo cual contribuye a alimentar todavía más si cabe el halo de leyenda que envuelve todo el lugar.
Machu Picchu impacta no sólo por el fabuloso entorno natural en el que está enclavado (custodiado por unas verdes y espectaculares montañas coronadas por una espesa bruma blanca) ni por el evidente valor arqueológico de los restos si no también por el alto grado de desarrollo técnico que tuvo que alcanzar la civilización incaica para poder construir una ciudad de estas características en un punto aparentemente tan inaccesible.

Conviene dedicarle tiempo a la visita, pasear entre sus muros, buscar los distintos ángulos y perspectivas. Recrearse en la antigüedad de aquellas piedras, en la solemnidad del entorno, casi en su sacralidad e intentar evadirse de los cientos de personas que continuamente rompen la magia y el misticismo del momento. Pero es desde arriba, en la lejanía, cuando Machu Picchu despliega de verdad todo su magnetismo. Un buen rato nos tiramos allí, con una de las siete maravillas del planeta ante nosotros. Casi hechizados. Te puedes pasar horas mirándolo y no cansarte. No me extraña que vaya tanta gente. Machu Picchu bien vale una multitud.

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