Aguas Calientes, la policia peruana, pases de modelos a bordo de un tren y terminar el día en el maletero de un coche

Con el estomago lleno después de la comida, salimos del restaurante y nos dedicamos a pasear por Aguas Calientes haciendo tiempo hasta que llegase la hora de salida de nuestro tren de regreso a Cuzco.
Fue en un banco, al lado del ayuntamiento, cuando mi prima se dió cuenta de que había perdido el móvil (o de que se lo habían robado). Fue la primera y afortunadamente única perdida material que padecimos en todo el viaje. Y le tocó a mi prima y justo en Aguas Calientes, quizás uno de los lugares más tranquilos de todo el Perú. Al menos para el turista.
Volvimos al restaurante, deshicimos el camino andado, repasamos todos y cada uno de nuestros pasos, pero no hubo suerte. El móvil había desaparecido.
Tras unos cuantos minutos de reflexión,  y no sin dudar, mi prima se decidió a poner una denuncia en la comisaria local, para que así quedara constancia del robo.
La comisaria, justo al lado de la vía férrea, era un humilde edificio de hormigón. Como todo el pueblo, era un inmueble de mala y reciente construcción que parecía haberse rematado mal, rápido y corriendo. El hall de entrada en el interior era espacioso, fresco, pero mal ventilado. Tras un mostrador, había dos policías. Uno, joven y delgado, estaba comiendo un bocadillo y el otro, más gordo y de más edad, con los pies sobre el mostrador, estaba viendo sin demasiado interés algún partido de fútbol local.
Los dos estaban vestidos con sus uniformes verdes llenos de galones pero el conjunto de su apariencia no trasmitía precisamente porte o pulcritud.
Entramos timidamente. El policía de más edad nos miró sin demasiados reparos, y nos preguntó que queríamos casi sin inmutarse.
Mi prima estaba un poco alterada y con la voz algo nerviosa empezó a explicarle al policía lo que había pasado. Que le habían robado el móvil, que había sido un despiste y que necesitaba poner una denuncia por el tema del seguro.
-“Robado, señorita, ¡robado!-exclamó el policía tranquilamente y con algo de teatralidad- ¿Cómo puede ser si aquí no roba nadie? Aguas Calientes es muy tranquilo…-anunció con cierta condescendencia para terminar sonriendo algo forzado.
La impasibilidad del policía no hizo más que enervar todavía más a mi prima, puro genio y que ha heredado claramente el temperamento fuerte de la familia. Con voz iracunda, mi prima le espetó al agente que claro que estaba segura de que le habían robado el móvil, que  hacía si no allí en comisaria. No habría ido si no lo estuviese.
-“Usted lo que nos quiere decir es que ha sido un hurto, no un robo. ¿No será más bien que usted ha extraviado el móvil, señorita?”- preguntó el hombre sin mover los pies del mostrador y mirando a mi prima casi con sorna. Lentamente continuó hablando-“El problema es que si usted, señorita, quiere poner una denuncia por robo, vamos a tener que hacer una pesquisa, interrogar a sus amigos, investigar en el  restaurante donde ha comido, en el  hotel donde se alojan ustedes, y me temo que va usted que tener que quedarse a pasar la noche en Aguas Calientes, señorita”.
Mi prima entró en colera. La idea no cabía en su cabeza. Ni en la mía.
-Pero tenemos un tren para Cuzco hoy por la tarde. No podemos quedarnos a pasar la noche en Aguas Calientes”-dijo casi gritando-Y por supuesto que me han robado el móvil. Yo sólo quiero poner una denuncia”.
-Tranquila, señorita, tranquila… Es el procedimiento-le contestó paudamente el policía casi divertido por el enfado de mi prima- Por eso tiene que estar muy segura. En Aguas Calientes no hay robos. Todo el mundo es bueno. 0 crimen. Aquí no pasa nada. Seguro que no le han robado el móvil… Aquí nadie roba… Aquí nadie mata… Todos somos buenos…”
Las palabras del policia fueron interrumpidas por una mujer, visiblemente afectada, bajita, muy morena, de aspecto descuidado, que entró en la comisaria a trompicones farfullando.
-“Me lo han matao, a mi pariente, me lo han matao”-gritó lamentándose-” le han  disparado. Todo está lleno de sangre”
Todos nos giramos y la miramos atónitos sin decir nada.
La mujer continuó hablando desesperada.
-“He dejado su cuerpo en sal para que no se estropee, pero me lo han matao”. “¡Es mi pariente!, ¡Está muerto!”
Tras unos segundos de incomodo y sorprendido silencio, fué el obeso policia más mayor,  el que habló con la misma calma con la que se había dirigido a mi prima hacia unos minutos:
-“Señora, no ve usted que estamos atendiendo a la señorita de España. Le han robado el móvil y tiene que coger un tren. Espere su turno, por favor”.
No se que me sorprendió más, si la entrada espectacular de la señora anunciando un asesinato o la pausada respuesta del policía.
La mujer también se debió de quedar bastante noqueda. Más desesperada aún siguió con su discurso.
-“Me lo han matao, ¿no entiende?” “Está lleno de sangre”.
El policía torció el gesto y girando la cabeza nos miró con una sonrisa para contestar más atropelladamente:
-“Señora, le he dicho que estoy atendiendo a la señorita. Está poniendo una denuncia por robo y lo tenemos que hacer ya porque tiene que agarrar un tren hasta Cuzco””Por favor, siéntese y espere su turnó”-terminó diciendo a la vez que señalaba un banco de madera en una esquina frente al mostrador.
La mujer, muy enfadada, se volvió hacia mí y me miró poniendo sus brazos sobre sus caderas:
-“¿Te lo puedes creer?”-me dijo-“Increible”.
La mujer dió media vuelta, salió de la comisaria y se fué relatando calle abajo sus desgracias, esperando a que con suerte alguien la escuchara por fin, vista la reacción de la policía.
Después de este incidente, el policía gordo se mostró mucho más amable y participativo. En una hora teníamos puesta la denuncia (previo paso por el banco para pagar una tasa de 20 soles por trámites administrativos… muy fuerte…) y, con el tiempo justo, y algo alucinamos por la experiencia policial, nos plantamos en nuestro cómodo asiento en el tren rumbo a Poroy.
Nuestra compañera de viaje era una chica argentina con la que ya habíamos coincidido en el mismo tren en la ida.
Estuvimos hablando durante un buen rato, sobre Argentina, sobre España, sobre Perú, sobre la crisis y sobre viajar. Ella iba acompañada por una amiga suya y estaban recorriendo por carretera la distancia que separaba el norte de Perú de su ciudad natal en Argentina con lo que el viaje les llevaría a atravesar la vecina Bolivia. Toda una aventura.
El tren a Aguas Calientes es muy caro, está claramente orientado al turismo que visita Machu Picchu y debe de ser una auténtica máquina de hacer dinero. Curiosamente, hace unos años, alegando falta de interés y sostenibilidad económicos y a pesar de su evidente rentabilidad,  el gobierno peruano privatizó el servicio vendiendo la compañía de ferrocarril, Perurrail ,a una empresa británica, que hoy por hoy, gestiona el servicio a un precio sólo apto para extranjeros con su billeteras cargadas de dolares, yenes o euros. Yo no digo nada, pero lo digo todo.
El tren está planteado como un servicio casi de lujo, sin serlo realmente. Lo cierto es que los asientos son cómodos y cuentan con servicio de comida (incluida en el precio del billete) y camareros sirviendo bebidas cada poco.
El viaje fue bastante surreal muy en la linea de la tarde en comisaria. A mitad de camino, los camareros nos regalaron un desfile de moda de ropa hecha con lana de alpacha: ponchos, bufandas, gorros, chaquetas se pasearon durante cerca de una hora por los pasillos al son de música andina. Los camareros, un chico y una chica bastante simpáticos desfilaron con bastante gracia y sin complejos y lo cierto es que el pasaje, entusiasmado,  se vino arriba dando palmas y animando a los modelos. Era la primera vez en mi vida que asistía a un pase de modelos en un tren, lo confieso. Lo peor de todo es que algunos pasajeros compraron bastantes piezas de ropa, así que como estrategia comercial, desde luego, la idea no está mal del todo.
Llegamos bastante tarde a Poroy. No creo que fuera por culpa del desfile jejeje, pero el tren se retrasó cerca de una hora y en la estación de trenes no había demasiados taxis para volver a Cuzco. Era ya bastante tarde y muchos de los taxistas probablemente se habían cansado de esperar a que llegara el tren y se habían ido ya a sus casas.
Ni nosotros tres ni las dos chicas argentinas fuimos demasiado rápidos y enseguida todos los demás pasajeros, fueron desapareciendo dejándonos prácticamente sólos en la salida de la estación. Nosotros sólo llevabamos un par de días en Perú y la verdad es que algo aturdidos delegamos la busqueda de transporte en manos de nuestras compañeras de viaje argentinas, a las que la verdad se las  veía bastante sueltas en el tema del regateo.
El único taxista que encontramos y que accedió a llevarnos por un precio razonable ya había pactado el viaje con un chico inglés que viajaba en solitario por lo que los cinco no cabíamos ni de broma en los asientos trasero del pequeño vehículo  que aquel hombre conducía.
Fue así, como única salida posible a aquella situación, que acabé viajando en el maletero del coche junto con la chica argentina durante cerca de media hora hasta llegar a Cuzco. Quien podría imaginar que iba a terminar el día así.  El final de un día extravagante e insólito que empezó en el terror de la escalada al Wayna Picchu y acabó en un maletero. No creo que mi madre aprobase que yo hubiera viajado así a Cuzco. Ir en el maletero de un coche desde luego no es la forma más segura de viajar… Si la policía nos pillara en España viajando así, seguramente nos detendría y nos multaría y al conductor le quitarían bastantes puntos del carnet… Pero bueno… aquel día, aquel lugar, no fué así… Ya habíamos tenido suficiente trato con la policía por aquel día…

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