Navegando aguas arriba por el río Salween, trayecto en barco desde Mawlamyne hasta Hpa-an

Nuestro siguiente objetivo en nuestro viaje por Birmania era llegar hasta la localidad de Hpa-an y para ello habíamos optado por cambiar de medio de transporte y hacer el viaje en barco desde Mawlamyine donde nos encontrábamos.

El viaje, nos habían dicho, solía durar cinco horas y era el típico paseo en barco, muy fotogénico, repleto de fabulosas panorámicas y aunque más lento quizás que el transporte por carretera, permitía disfrutar del país desde otra perspectiva diferente que la carretera no te daba.

Habíamos comprado el día anterior los billetes para el barco en el Hotel Breeze en pleno paseo fluvial de la triste y ruinosa ciudad de Mawlamyine, nuestro punto de partida. El billete suele costar entre 7000 y 9000 kyats, me imagino que dependiendo de la demanda y de tu capacidad de negociación.

El barco salió muy temprano al día siguiente por la mañana. Un guía local que se hacía llamar Antonio y ataviado con una camiseta de CEPSA vino a buscarnos al hotel y por 2000 kyats nos llevó al puerto.

El barco no era más que una destartalada embarcación de mohosa madera y con un ruidoso motor de gasolina. Sobre la cubierta se alzaba un toldo salvador que servía tanto para protegerse de la lluvia como del sol, dos terribles enemigos cuando uno viaja en barco por estos lares.

A nosotros ese día nos tocó lluvia. Porque vaya si llovía.

El barco zarpó con nosotros cuatro como únicos pasajeros. El conductor, capitán del barco, era un hombre callado y discreto con el que no hablamos demasiado durante el trayecto.

Llovía, hacía frio y era un día gris. Dicen que con el cielo despejado el viaje es realmente muy bonito y se pueden disfrutar de maravillosas estampas de la vida rural del Sudeste del país.  Pero claro, el estado de Mon también es de los más lluviosos de Birmania y para dar buena fe de ello, aquel día llovía. Llovía, llovía y llovía y cada kilómetro  lejos de calmarse la tormenta, arreciaba de tal forma que la visibilidad era nula y apenas se podían distinguir ni el horizonte ni las orillas del río, cubierto todo por un manto blanco de niebla y lluvia.

Estábamos ascendiendo el río Salween, un larguísimo y caudaloso río cuya cuenca hidrográfica es de las más largas de todo el continente asiático.

El río Salween nace en las tierras altas del Tibet y a lo largo de todo su recorrido atraviesa tres países y cuatro estados birmanos, cambiando de nombre según las tierras por las que discurre: Nu en China, Thalwin en el sur de Myanmar y Salween en la frontera birmano-tailandesa, actuando en algunos momentos como auténtica frontera natural entre los estados vecinos de Tailandia y Birmania.

Aunque es considerado uno de los ríos más contaminados del planeta, detrás del río Citarum en la superpoblada isla de Java en Indonesia, la mayor parte de los recursos naturales del río Salween permanecen sin explotar, siendo una de las regiones con mayor diversidad natural del planeta, siendo el hábitat de más de 140 especies de peces, más de 6000 especies de plantas y hasta 80 especies en peligro de extinción.

Según los datos que ofrece organización WWF en su página web que consulté para escribir esta entrada, la región de los tres ríos paralelos en la provincia de Yunnan en China por la que además del Salween, discurren también el Jinsha y el Lancang, alberga nada más y nada menos que el 25% de las especies animales del planeta y hasta el 50% de las especies animales de toda China.

El Salween es, además, hoy en día uno de los últimos ríos de todo el mundo que discurre libremente y sus aguas no sólo son fuente de riqueza natural sino que constituye un auténtico modo de vida para numerosos pueblos indígenas, dando soporte el río a los 10 millones de almas que viven en sus riberas.

Por desgracia, la región del estuario, donde nos encontrábamos, es también una de las más pobres de todo el continente, atrapada en interminables disputas territoriales entre Tailandia y Myanmar y peligrosos conflictos internos dentro de la propia Birmania, que han llevado a que en un país ya especialmente pobre como lo es Birmania, está región sea especialmente mísera y subdesarrollada.

Pero claro, no podía ser de otro modo,  un río de estas características, con todos estos recursos listos para ser devorados por feroz industria global, no podía pasar desapercibido durante mucho tiempo por el “progreso” que cambia todo lo que toca, a veces para bien y otras veces para mal.

China está planeando la construcción de una enorme presa en la parte alta del río y Birmania hace lo propio en la parte baja, estando ambos proyectos llenos de secretismo, sin análisis de impacto medioambiental ni de riesgo sísmico,  vulnerando absolutamente los derechos de las comunidades que viven en sus riberas a las que no se les ha consultado en ningún momento sobre los planes de embalsamiento y poniendo en peligro el frágil ecosistema que alberga toda esta región.

Sólo en China, la presa causará recolocaciones forzosas de población y numerosas poblados tradicionales y terrenos quedarán completamente anegados.

Y hasta qué punto los beneficios del desarrollo industrial de la región, dados los antecedentes,  afectarán positivamente a las pequeñas comunidades locales a largo plazo está todavía por ver y está sujeto a una enorme controversia internacional.

Aguas abajo, las pequeñas comunidades birmanas y tailandesas están preocupadas por el impacto acumulativo que puede suponer para ellos la construcción de la presa aguas arriba.  No hay que olvidar que China no ha firmado la Convención de Naciones Unidas sobre el derecho de los usos de los cursos de agua internacionales para fines distintos de la navegación y el gobierno del gigante asiático no parece muy por la labor de llegar a ningún acuerdo con sus países vecinos y con las pequeñas comunidades locales de los mismos sobre el uso de este gran río transnacional.

Las presas birmanas y los intentos del gobierno de conducir y canalizar el cauce del río Salween también son causa de gran preocupación por sus implicaciones sociales y medioambientales.

Todo esto, como os podéis imaginar, ha sido un motivo más de disputa y una piedra añadida a arrojar en un marco político ya de por si tenso y militarizado.

Las presas birmanas están situadas en una zona muy activa desde el punto de vista bélico y los  a los afanes independentistas de los Estados étnicamente complejos de Mon y Karen, se han sumado los abusos del gobierno central de Myanmar que ha cometido, una vez más, auténticos  ataques a los derechos humanos. Para la construcción de las presas, el ejercito del país ha acometido movimientos forzosos de población y de minorías éticas, ha robado, ha matado y ha ejecutado y exterminado sin ruborizarse lo más mínimo. Myanmar no es precisamente una democracia y esto no es más que un suma y sigue en su largo historial de abusos.

Sea como fuere, ahí estábamos nosotros en aquella endeble embarcación de madera, completamente empapados y protegidos por aquel triste toldo de plástico de una imparable y constante lluvia sin fin.

Por si fuera poco, Paula no se encontraba bien aquel día, tenía fiebre y yo mismo empezaba a acumular el frío y el cansancio del viaje.

Cuando llegamos a Hpa-an a las 13:30 de la tarde, nuestro cansancio se había convertido en hastío, el frío se nos había metido dentro y el agua nos había calado hasta en los huesos.

Por si fuera poco, de entrada,  Hpa-an, completamente inundado,  tenía una pinta horrorosa y más triste todavía si cabe que Mawlamyine, por lo que mi estado de ánimo se hundió a niveles de “si hubiera un botón de tele transporte, en estos momentos me tele transportaba a mi casa”.

Afortunadamente, esta vez, el hotel donde nos alojamos, Angel’s Land, aunque de estilo muy chino,  estaba bastante bien y me pude dar una salvadora ducha de agua caliente.

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