La tienda de té de Alice en XuanWu.

Era ya tarde cuando cogimos el taxi y nos adentramos en la zona suroeste de Beijing, más allá de la Ciudad Prohibida, en el popular distrito de XuanWu con el objetivo de encontrar una tienda de té regentada por una tal Alice. Nuestro gurú y experto en Beijing, con gran experiencia en la ciudad, conocía a esta buena mujer y su tetería y nos había recomendado insistentemente que fuesemos allí y que no dejásemos escapar la oportunidad de conocer a Alice y de poder hablar durante un rato con ella. A mi primo, que viajaba con nosotros, le encanta el té y yo quería comprar alguna especialidad de té local a mi hermano, a modo de souvenir, ya  que también es todo un seguidor y amante de esta bebida, con lo cual ir hasta la tienda  de Alice nos pareció la escapada perfecta después de varios días de intenso recorrido por la ciudad y sus alrededores. El distrito de XuanWu donde se encuentra la tienda es uno de los más antiguos y poblados de la ciudad no en vano es el tercer mayor distrito en tamaño y población y en el pasado toda la zona fue el hogar de las clases más bajas y humildes de la ciudad.

Actualmente toda la zona, como toda la ciudad, ha sufrido una rápida transformación y tras los Juegos Olímpicos de 2008, gran parte de los hutong, los pintorescos barrios tradicionales pekineses, fueron demolidos y sustituidos por modernos edificios de hormigón y enormes autopistas.
Aún así en todo el distrito aún sobreviven unos cuantos hutong, muestras del antiguo vibrar de la China más tradicional, algunos eso sí, mejor acondicionados que otros, unos cuantos en pleno proceso de reforma y rehabilitación y otros en un estado bastante lamentable de higiene y conservación.

Cuando el taxista nos dejo al borde de una transitada y gris avenida, ya era de noche. De uno de los laterales de ésta enorme pista asfaltada y gris partían varios callejones que marcaban el comienzo del hutong donde se encontraba la tienda de té.
Nos adentramos lentamente en su interior, que se encontraba apenas iluminado por la tenue luz de unas peligrosamente inclinadas farolas. Lo que pudimos descubrir paseando por la calles de los alrededores fue un ambiente completamente diferente al del hutong de  Nan luo gu xiang, donde nos alojabamos. La verdad es que Nan luo gu xiang está completamente reformado y adaptado al turismo. Lleno de youth hostels para extranjeros, tiendas de souvenirs, alguna que otra galería de arte y bastantes bares y restaurantes, Nan luo gu xiang comienza a ser ( o es ya) una especie de Malasaña a la pekinesa. Es un barrio cool y moderno, no exento todavía,  eso sí, de atractivo y de ese aire tranquilo y reposado donde todavía se puede contemplar la vida diaria de los habitantes chinos,  sólo roto por el ir y venir de unos cuantos occidentales y por los flashes de las modernas cámaras de fotos de  los cientos de turistas chinos venidos de todas las partes de país que visitan Nan luo gu xiang.
XuanWu tiene, en cambio, un aire mucho más auténtico e incorrupto. Recorriendo sus callejones, se abrió ante nosotros la típica estampa de China que nosotros teníamos en nuestras cabezas. Sin apenas turistas, las calles hipertransitadas por bicicletas y peatones  aparecían repletas de chinos haciendo sus compras; puestos de frutas y comidas desplegaban sus mercancías en el suelo empedrado y carros yendo y viniendo bajo la custodia rojiza de luces y carteles escritos en caracteres chinos que iluminaban la oscuridad de la noche como si de estrellas del firmamento se trataran. Podíamos percibir el ir y venir diario de los pekineses más humildes que aparentemente nada tenía que ver, ahí en XianWu, con la vida de los rascacielos y los grandes centros comerciales de la moderna Sanlitun.
El sonido de los escupitajos de los viandantes en el suelo  y sus carraspeos continuos eran como una especie de banda sonora que nos recordaba que estabamos explorando un barrio aún menos refinado que la cool Nan luo gu xiang, completamente fuera de las rutas turísticas de Beijing al estar este XuanWu bastante alejado de los grandes monumentos y atractivos de la gran capital.
Tras perdernos en un par de ocasiones y tras accidentalmente entrar en un par de tiendas de té erróneas, escondido en una oscura calle llegamos a la tienda de té de Alice. Cruzamos el umbral de la puerta y desde el interior de la pequeña tienda dos niñas nos miraron tranquila pero fijamente al mismo tiempo que un fuerte aroma a té nos dio la bienvenida. Parecía que las chiquillas estaban estudiando o haciendo los deberes y obviamente, acababamos de interrumpirlas. Les preguntamos por su madre. Nos dijeron que vendría en un momento, que había tenido que salir a hacer un par de recados y que volvería enseguida y nos invitaron a esperarla. La tienda, como ya he dicho, no era muy grande pero estaba repleta de estanterías y  éstas a su vez estaban abarrotadas. A la derecha  objetos de cerámica se agolpaban de forma desordenada, teteras, vasos y utensilios para preparar el té poblaban las frágiles  estanterías en un precario equilibrio. A la izquierda  enormes recipientes de cristal llenos de hierbas etiquetados con enigmáticos caracteres chinos reposaban sólidamente cerrados por visibles tapones de colores.
El techo aparecía decorado hábilmente imitando un bosque para darle al conjunto del local un aire entre entrañable y recargado, entre armonioso y caótico.
Alice apareció un rato más tarde. Era una mujer de edad indefinida ( la verdad es que con los orientales nunca se me da demasiado bien adivinar edades), delgada y sonriente, de aspecto tranquilo. La mujer se dirigió a nosotros en un inglés fluido y casi perfecto (sobre todo teniendo en cuenta los problemas que habíamos tenido para comunicarnos en los días anteriores). Nos hizo pasar y acomodarnos y nos dispuso entorno a una diminuta mesita  que soportaba en sus lomos todo el material necesario para realizar la celebre ceremonia del té.
Nos excusamos por haber llegado tan tarde y le insistimos que si era muy tarde para ella, nos podíamos ir y volver otro día. Alice nos comentó que para ella era temprano todavía, que solía cerrar muchísimo más tarde (y eso que ya eran las ocho y media, fácilmente) y que siempre estaba encantada de recibir visitas y poder charlar un rato con extranjeros y así aprovechar la ocasión para practicar un poquito su inglés.
Enseguida entendí que la tienda además de su negocio era también parte de la casa donde vivía ella con toda su familia.
Alice nos dió la opción de probar todos los tés que quisiésemos como prueba, para así poder catarlos con tranquilidad y estar seguros de que comprabamos el material que queríamos.
Alberto, mi primo, eligió un té negro (té de lichi) con un olor fuerte y con carácter y la mujer empezó la minuciosa ceremonia del té. Primero calentaba el agua, luego lavaba el té y después lo dejaba reposar para terminar sirviéndonos el  brebaje caliente en pequeñas cantidades en unos pequeños cuencos de porcelana de color blanco.
Comenzamos hablando, logicamente,  de té. El té, como ya digo, tiene una importancia capital para los chinos. Una bebida con una antigüedad de más de 3000 años y que actualmente se consume en todo el mundo, pero que tuvo su cuna precisamente en China, que le concede incluso el rango de medicina. Su importancia es tal que en chino para definir una tienda de té no se habla de tienda de té (chá tìng) si no de restaurante de té (chá guang). Son cientos de  variedades de hierba las que el país produce y su procesado todavía está sujeto a una fuerte tradición.  Todo el protocolo asociado a la preparación y toma ha alcanzado en este país como en todo el lejano Oriente la categoría  de arte. La selección de la hierba adecuada, el agua que se utiliza para hervirla,  y cada instrumento seleccionado no son dejados al azar y forman parte de un ritual donde se practica una devoción minuciosa a los detalles. Toda la preparación y cata del té rezuma espiritualidad y equilibrio y la forma de abordar el té no deja de ser parte de la filosofía de vida inherente a la milenaria cultura china.
Poco a poco, Alice nos fue enseñando las diferencias entre el té verde y el té negro,  entre el té blanco y el de crisantemo: El té verde mucho más saludable con un montón de antioxidantes producido simplemente por el tostado de la hoja, el masculino té negro, tras el fermentado y tostado las hojas de té, y finalmente el femenino y aromático té de jazmín, fruto de mezclar la hierba con las flores de jazmín. Nos habló también del proceso de recolecta, secado y fabricación. De la producción de tortas de té. Nos enseñó a diferenciar entre un buen té y uno malo. A oler, y degustar. Alberto tomaba notas afanosamente tratando de captar en un papel todo lo que Alice nos iba diciendo, no confiando así a su memoria todos los datos referentes a las  temperaturas a la que se debía calentar cada clase de té o al tiempo exacto que debía dejar reposar cada una de las especialidades, sobre que té era ying, y sobre cuál yang, que infusión era buena para el corazón y cual para la ansiedad…
Y seguimos probando tés, uno detrás de otro, té verde, te blanco…Y los minutos pasaban….
Y la conversación fue fluyendo relajadamente y sin gran dificultad,  derivó naturalmente y Alice empezó a narrarnos un poco de su vida, desde que era un niña trabajando en las plantaciones de té del Sur de China donde nació y donde aprendió todos los misterios y secretos del cultivo y preparación de las hojas de té  hasta que se casó y se mudó con su marido a la inmensa Beijing buscando una oportunidad para ganarse la vida y criar mejor a sus hijos en la gran ciudad. Y de como el té siguió formando parte esencial de su existencia a través de esta pequeña tienda.
Y de ahí sus palabras viajaron y terminaron posandose en la vida en los huntong, en como las familias viven hacinadas compartiendo el escaso espacio disponible, de como todos los hogares comparten un único baño e incluso a veces la cocina, lo cual convierte a estos barrios en comunidades estrechas y unidas donde no sólo se tiene en común el mismo espacio físico si no donde también se comparten penas, alegrías y desencantos, no falto todo ello de roces, envidias, cotilleos y problemas.
Alice afirmó que prefería ese estilo de vida, con sus desventajas, mucho más humano, al de los nuevos barrios residenciales que empezaban a brotar por doquier en la nueva China, donde los vecinos ni tan si quiera se conocían entre sí y donde ni mucho menos iban a ayudarse.  El nuevo modo de vida occidental que se impone con autoridad en las grandes ciudades se opone al estilo reposado y tranquilo de los huntong.
A pesar de ello, sobre China y los logros que su país había alcanzado en los últimos veinte años, Alice hablaba con cierto orgullo. China había prosperado y había crecido y quizás con ello, su situación personal y la de su familia también había mejorado. Poco a poco, había conseguido ahorrar el suficiente dinero para reformar la tienda y ampliarla uniendo la casa de al lado y aunque eran una familia humilde su hija iba a poder estudiar. Sobre el regimen político del país, la censura y la falta de derechos humanos, ni una sóla palabra de crítica, a pesar de que intentamos abordar el tema sutilmente en un par de ocasiones. Lo cierto es que en ningún momento sentimos que Alice intentase esquivar el tema, realmente creo que el orgullo que esta mujer sentía hacia los avances experimentados por China en la última decada era sincero.
Es muy dificil resumir en esta breve y modesta entrada toda la conversación que tuvimos con Alice durante las tres horas largas que estuvimos en la tienda.
Hablamos de nuestras rutinas mundanas y propias y del concepto más grande de la vida en general, sobre sus aspiraciones y expectativas vitales y sobre las nuestras, sobre nuestras familias y sobre el extraño ser que puebla su tejado y hace ruidos de noche despertándoles, sobre supersticiones y tradiciones, sobre como conseguir atrapar un hombre, casarse con él y que  no se vaya corriéndo y sobre las ranas que traen buena suerte y sobre el dinero y el materialismo, sobre que no hace falta demasiado para vivir argumentando que ella prefiere una vida tranquila. Y todo bajo el aliento calmado y cálido del té humeante que nos iba preparando y dando a probar.
Salimos tarde de la tienda, emocionados, sabiéndo que habíamos disfrutado un momento único y genial. Uno de esos instantes de autenticidad en los que Beijing nos guiñó el ojo y nos mostro algo real, sincero y diferente.  Alice fue para mí uno de esos encuentros inesperados por los que realmente te das cuenta, una vez más, de porque merece tanto la pena viajar. Es una mujer realmente encantadora.
China, aquella tarde, se mostró ante nosotros con todas sus contradicciones y se nos dibujó compleja y ambigua. XianWu y Alice quizás representen esa China de a pié que observa la rápida transformación que experimenta su país sin realmente saber como abordarla. El país parece que se moderniza a una velocidad de infarto sin ni si quiera haberse planteado realmente como gestionar su inmenso y antiguo patrimonio. La cuestión de como renovar un país sin renunciar a su verdadera esencia ni destruir lo que hasta ahora ha sido se plantea como un reto a batir. La China de los hutong   está en peligro por el avance de la China de luces de neón cristal y hormigón de los rascacielos y de las grandes empresas y centros comerciales. Es el precio del tan ansiado y, a veces, necesario progreso. Un pais a dos velocidades con dos realidades que chocan irremediablemente: la China que todavía anda en bicicleta atropellada por la China que avanza a motor sin tan si quiera hacer el amago de pisar el freno.

La tienda de té está en

Jia Ye Xuan tea house 

N093 tieshu Xie Jie XuanWu  (50m east from Far EAST HOSTEL).
Su marido también dispone de un servicio de transporte y organizan traslados por la ciudad y alrededores, (como por ejemplo a la muralla china)

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