Salzburgo: The hills are alive with the sound of music…

Salzburgo ha sido recientemente el destino de otro de mis viajes por trabajo. Acompañado por dos buenas compañeras de curro, viajé hasta allí durante una semanita, tiempo más que de sobra para recorrer, en los ratos muertos, el conservado y bonito casco histórico de la ciudad austriaca.

Salzburgo, situada en las orillas del río Salzach y con los Alpes en sus puertas, es la cuarta ciudad del país y cuenta con 150000 habitantes. Es tremendamente turística y siendo honestos es la típica ciudad centroeuropea, bonita y bien conservada, pero que ha perdido un poco su esencia devorada por el turismo de masas. No en vano, durante la temporada alta, se estima que la población de la ciudad pasa de sus 150000 habitantes a la friolera de 800000 en sus días más bulliciosos. Una brutalidad. Da un poco la sensación de ser un parque temático Disneyland Austria. Y además algo rancio, destilando un poco olor a viejuno, con muchos de sus visitantes con más de 70 años, pudientes y deseosos de ver palacios, jardines floreados y escuchar música clásica al son y ritmo de sus tacatacas y del tranquilo paisaje montañoso que rodea la ciudad.


El principal reclamo turístico de Salzburgo es por supuesto su Altstadt, la ciudad alta, internacionalmente reconocida, un casco histórico de un barroco contundente y sólido, cuidado con esmero, lleno de calles empedradas y edificios y palacetes antiguos bien pintados y con recargadas tiendas y restaurantes old-style en sus bajos comerciales. Todo con un punto kitsch.

El rio Salzach atraviesa la ciudad y varios puentes conectan las dos riberas del río (uno de los cuales por cierto está lleno de los típicos candados, hortera oda a la eternidad del amor de las parejas que pasean, debe ser el puente número 20 que he visto así, hasta Orense tiene uno… Te dan ganas de ir con una cizalla y cargarte todos los candados jeje).

En lo alto de una colina y desde cualquier punto de la ciudad se divisa el castillo de Hohensalzburg, impresionante, las cosas como son, desde donde uno puede contemplar unas magnificas vistas a vuelo de pájaro de todo el Altstadt y sus hermosos alrededores. Tanto desde arriba como desde abajo, estéticamente la ciudad es perfecta, hay que reconocerlo.

Uno puede perderse también por el palacio de Mirabell y los jardines que le rodean, realmente un páramo bien cuidado, bonito y nostálgico, recuerdo de los tiempos de gloria, donde la gente de alta y rancia alcurnia se dejaba caer por estos lares, disfrutando del aroma de las flores. Hoy en día lo hacen los cientos y miles de turistas que lo visitan atraídos por la recargada belleza del lugar haciendo imposible encontrar un atisbo de tranquilidad en las horas intermedias del día. Pero es que el lugar merece la pena , la entrada es gratis y las perspectivas del jardín hay que reconocer que son bien chulas y el encuadre fotográfico de libro. Normal que vaya tanta gente.

Pero si hay algo que identifica a Salzburgo y lo coloca en el mapa, es, sin duda alguna, la música. Salzburgo ha sido cuna de grandes músicos a los que sus habitantes veneran y rinden honores hasta con bombones. Wolfang Amadeus Mozart nació y se crió en esta noble ciudad allá en el siglo XVIII. Su casa es hoy uno de los puntos más turísticos y es objeto de fotografías y atención por parte de los miles de visitantes que trotan las calles de la ciudad.

Pero no sólo Mozart, hijo predilecto de la ciudad, ha sido engendrado en el vientre de los Alpes austriacos: Michael Haydn, hermano del también músico Joseph Haydn, Joseph Mohr o Herbert von Karajan también han vislumbrado la vida aquí en Salzburgo.
Y vamos más allá. La aportación a la humanidad de la ciudad no sólo se reduce al noble arte de la música, también a la ciencia, aunque irónicamente, y de alguna forma, ésto esté relacionado también un poco con la música: Doppler, experto en teoría acústica precisamente, fue quien describió el efecto Doppler, valga la redundancia. (resumidamente, no es más que el aparente cambio de frecuencia de una onda producida por el movimiento relativo de la fuente con respecto a su observador).

Nosotros, como no, aprovechando que estábamos allí, decidimos acercarnos un poco a la vida cultural de la ciudad y asistimos a un conciertillo , con música de Haydn y Mozart, interpretada por un cuarteto de violín, viola y chelo, en el Residenz, un impresionante y hermoso palacio de más de 200 años en pleno centro histórico de la ciudad. He de decir que durante toda mi estancia en Salzburgo fue quizás el momento más álgido, disfrutando en directo de la música en la ciudad que precisamente vió nacer a sus compositores.

Pero bueno, no nos vamos a engañar, aún sin abandonar el tema de la música, uno de los motivos principales por los que mucha gente se desplaza a la ciudad, no es ni Mozart, ni Haydn: Salzburgo fue el escenario de la famosa película musical “Sonrisas y Lágrimas“, en inglés, “The Sound of Music“. (En Latinoamérica fue bautizada como “la Novicia Rebelde”). La archiconocida película fue rodada en 1965, dirigida por Robert Wise y protagonizada por Julie Andrews y Christopher Plummer. El film en tono de musical narra las aventuras y desventuras de la religiosa María que, enviada como institutriz a la mansión del viudo Von Trapp y sus siete hijos, acaba por enamorarse del susodicho Capitán Von Trapp, todo ésto con la Segunda Guerra Mundial, como telón de fondo.
La película fue premiada con cuatro Oscar de Hollywood y su música es parte ya de acervo cultural e histórico de todo Occidente.

Lo cierto es que cada escena de la película está rodada en distintos lugares de la ciudad, que hoy en día siguen siendo perfectamente reconocibles.
Hay un tour diario que recorre la ciudad y que va mostrando cada uno de los emplazamientos más destacados, como si cada acontecimiento narrado en la película fuese un hecho histórico que hubiesen pasado realmente. Y claro, como no, la música de la película acompaña el tour en cada momento: “mira aquí en Mirabell, los niños cantaba “Do-Re-Mi”, en esta plaza es donde entraban los alemanes cuando invadían la ciudad… “.

Una de mis compañeras de trabajo, fan acérrima de la película, estaba realmente entregada a la causa. La verdad es que yo estaba bastante sorprendido y no salía de mi asombro, pero la confirmación de que aquello no era algo anecdótico vino cuando nos encontramos a una mujer iraní, de unos 40 años, moderna y solitaria, que en un perfecto inglés nos pidió que le sacásemos una foto en el jardín de Mirabell, porque para ella era un sueño estar ahí, en aquel lugar, rememorando uno de sus momentos favoritos de la historia del cine, en los que María, la novicia rebelde, hacía las delicias de los espectadores cantando Do-Re-Mi. Estaba visiblemente emocionada.

En cierta forma, el espíritu de Julie Andrews nos acompañó durante toda la semana, y su imagen y su recuerdo se repetía una y otra vez, en cada esquina, a cada paso.

A mi Salzburgo no me estaba emocionando. Tengo que reconocerlo. Yo no era un gran seguidor del musical “Sonrisas y Lágrimas”, gastronómicamente tampoco es que Austria sea el culmen (con el tercer shnitzel hubiese sido suficiente) y quizás ya hace tiempo que los cascos históricos protegidos y bien conservados han dejado de fascinarme. Quizás me esté haciendo viejo y esté perdiendo mi capacidad de sorpresa (espero que no!) . De todas formas, el remate final, lo que ya me mató definitivamente, fue ese momento en el que nos topamos con una enorme manifestación y recogida de firmas a favor de la salida de Austria de la UE, argumentando que países como España, Grecia y Portugal se estaban aprovechando del bienestar austriaco. Yo con mi DNI español intenté firmar pero una mujer, ya mayor vestida con el traje tradicional regional, muy conciliadora ella, me echó de la mesa de firmas de una forma no demasiado musical. Le dije protestando: “yo también quiero firmar para que Austria salga de la UE, ¿por qué no puedo...?”. Pero la mujer ya no me contestó. “También tú, para que te metes“, me dijeron mis amigos cuando volví a España. Y puede que tuvieran razón. Fui un poco buscando la polémica.

En fin, cierto es que no hay que juzgar ningún país o ninguna ciudad por hechos puntuales, pero la verdad es que aquel momento fue casi como una nota desafinada en una sinfonía que ya de por sí no me estaba emocionando demasiado…

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