Sagaing, Inwa y Amarapura, las tres antiguas capitales reales

A las siete y media de la mañana, Enrique, nuestro conductor en Mandalay, nos estaba esperando en la puerta de nuestro hotel, listo para conducirnos por los alrededores de la ciudad de Mandalay y llevarnos  en una excursión de unas horas a recorrer tres de las antiguas capitales reales que rodean la ciudad, Sagaing, Inwa y Amarapura.

Nuestra primera parada fué Sagaing, situada a tan sólo 20 kilómetros de Mandalay y como ésta última, a orillas también del caudaloso río Ayeyarwady.

Enrique se mostraba de buen humor aquel día, hablado y contando chistes sin parar, levantando un ánimo en el coche que ya de por si estaba bastante alto. La verdad es que Enrique era un tipo encantador y a lo largo de toda aquella intensa jornada nos fue regalando, en su precario inglés, un montón de datos e informaciones sobre el país, algunos bastante interesantes, además de enseñarnos unas cuantas palabras básicas en birmano, del tipo “mingalaba…”. (Hola…) o jày-zù ding-ba-de (gracias…).
 



Nos contó sobre el precio de la gasolina, que subía cada día, y que todavía se vendía en botellas de plástico en frágiles puestos de madera al borde de la carretera (todavía hay muy pocas gasolineras en Birmania del tipo de las que nosotros pudieramos entender por gasolinera al uso). También nos estuvo hablando, muy orgulloso, sobre la abundante producción de melones, de la que Myanmar, ya libre parcialmente del embargo económico internacional, espera ser un exportador de primer orden a nivel mundial, aupado por la calidad de los productos y por sus medio de producción, totalmente tradicionales, sin el uso de fertilizantes, pesticidas o productos químicos. Melones orgánicos, como Enrique decía. (y la verdad es que había un puesto de venta de melones en cada esquina…).

Enrique se mostraba esperanzado ante los cambios del país y nos enlazaba la política y los melones, casi sin pausa, con los perros, que sus dueños dejaban correr en plena libertad, y que con el aumento del parqué automovilistico, debido al incipiente desarrollo del país, eran atropellados .

También nos comentó lo importante que era la religión en Myanmar y preguntándole nosotros por el gran número de monjes niños que habíamos visto desde que habíamos llegado, Enrique nos dijo que muchas familias internaban a sus hijos en conventos porque allí estaban bien alimentados y protegidos frentes a las mafias de tráfico de niños (muy extendidas en el país) , que secuestraban a los infantes que desaparecían para siempre devorados en las feroces fauces de dichas mafias. Por eso y por muchas otras cosas, concluyó, la religión era tan importante en Myanmar. Ayudaba a la gente.

Estaban ahí en los momentos difíciles de la vida. De una forma, tragedia y esperanza se perfilaban e iban de la mano en cada frase, en cada historia que Enrique nos iba contando sobre su país, y cada broma, cada conversación nos dejaba casi con una media sonrisa congelada, conscientes cada vez más de lo dura que era la realidad de este país, Myanmar, al que todavía apenas estábamos comenzando a asomarnos.

En éstas, y casi sin darnos cuenta, llegamos a Sagaing. Sagaing cuenta con 300000 habitantes y es un centro monástico y religioso de vital imporancia en la región. Aquí habitan miles de monjes y muchos fieles y devotos de los alrededores acuden a Sagain a rezar y a meditar. Está lleno de templos y las stupas doradas sobresalen a lo largo del horizonte y se asoman entre la vegetación y en las faldas de la colina sobre la que se asienta la ciudad.

Sagaing fue la capital del reino del mismo nombre allá por el siglo XIV y nuestra primera parada allí fue precisamente, como no, un templo, la pagoda de U Min Thonze, casi como para constatar la afirmación de Enrique de hacía un rato sobre la importancia de la religión en la sociedad birmana.
La pagoda está en lo alto de la colina y merece la pena la visita aunque sólo sea por las impresionantes vistas ya  que  desde allí se  puede contemplar toda la región, con sus cientos de templos y pagodas doradas dibujados en la lejania. El templo cuenta con 45 figuras de budas relucientes a lo largo de un pasillo en forma de curva y cada buda cuenta con su cofre de dinero, bien provisto de limosnas.

Toda la colina de Sagaing está bien provista de pagodas y los más fans de Buda podrían pasar el día entero visitando imagenes: como las de la dorada stupa de Sone Oo Pone Nya Shin o tantas otras.
Algo saturados de tanto templo, Enrique nos condujo hasta la orilla del río Ayeryawady donde cogeríamos una barcaza para cruzar el río y alcanzar otra de las antiguas capitales reales, la olvidada ciudad de Inwa.

Camino de Inwa, Enrique nos comentó muy sutilmente que tanto el “ferry” como el transporte en carro de caballos necesario para recorrer los alrededores de Inwa pertenecen al gobierno y nos dejó caer que era cosa nuestra decidir si queríamos pagarlo o no. Era casi como una especie de advertencia, como un consejo, casi una nota a pié de página. Como cuando la cajetilla de tabaco, advierte de que fumar perjudica peligrosamente la salud.

Ya que estábamos allí, a pesar de todo,  cogimos el barco, que en realidad era un bote de madera a motor, conducido por un chico bastante joven. En la barca viajabamos nosotros y un par de chicas birmanas que estabamos seguros que no habían pagado el mismo precio que nosotros. Al otro lado del río, un grupo de niños vendedores de artesanía nos estaban esperando ansiosos como agua de mayo. Ellos que veían en nosotros el simbolo del dolar en nuestra cabeza, fueron bastante insistentes y nos costó un buen  rato zafarnos de ellos y continuar ruta.

Una vez en Inwa la verdad es que costaba bastante creer que aquel pequeño pueblecillo, destartalado, humilde y olvidado, comido por los matorrales y la vegetación, pudiese haber sido la capital de Birmania durante más de 350 años. Pero así fue, entre los siglos XIV y XIX, Inwa fue una ciudad muy importante, primero capital del antiguo reino de Ava y posteriormente capital durante los reinados Toungoo y Konbaung. Pero fué a principios del siglo XIX, que un terrible terremoto asoló la ciudad y la mayor parte de sus habitantes perecieron o fueron evacuando, dejándo a Inwa desterrada de los mapas para siempre y convirtiéndola en el dormido enclave que es hoy en día, no llegando a ser ni un triste reflejo de la grandiosidad de tiempos pasados.

Dimos algunos pasos algo desorientados, sin saber muy bien a donde dirigirnos, y esos segundos de indecisión nos hicieron vulnerables al acoso de más niños vendedores y de varios conductores de carros de caballos, que nos ofrecieron sus servicios de forma bastante tenaz, casi recalcitrante.
Queríamos llegar hasta el montasterio de Bagaya Kyaung, quizás el monumento más representativo de Inwa, y a pesar del calor y de no conocer  el camino, estábamos decididos a ir a pié hasta allí  y darle así la menor cantidad de dinero posible al gobierno birmano.

Una niña de unos doce años nos seguía y, muy obstinada ella, parecía dispuesta a no dejarnos escapar con tal de intentar vendernos algo. Según la niña, el monasterio estaba bastante lejos ý nos dijo que era mucho mejor coger uno de los carros de caballos, pero nosotros tan testarudos como ella, nos negamos una y otra vez. Empezamos a andar y tras nuestros pasos, uno de los carros nos seguía, esperando su conductor que víctimas del cansancio acabásemos por contratar sus servicios.
Pues bien, fue asi como nosotros cuatro, acompañados de aquella curiosa comitiva, la niña, el carro de caballos y tres perros, comenzamos nuestro camino rumbo al monasterio, pudiendo contemplar de cerca y durante un buen rato, la vida rural, sencilla y humilde, de los habitantes de Inwa cuya rutina diaria parecía alejada a años luz de distancia del tranjín y del estres diario de Madrid o de cualquier otra ciudad europea.

La niña nos acompañaba en silencio, arrastrando consigo una pequeña y frágil bicicleta y sólo de vez en cuando se dirigía a nosotros ofreciéndonos algún que otro producto de artesanía, que si un sobrero, que si unas pulseras, que si unas postales… P. le preguntó, en algún momento, si no tenía clase aquel día  que porque no estaba en el colegio. La niña con la cabeza gacha masculló que era demasiado tonta para estudiar.

Aquella niña, aquella respuesta, me encogió el corazón y aunque muy a mi pesar al final no le compramos nada, conscientes de que no debíamos por toda esa historia de que al hacerlo fomentábamos que los padres sacaran a los niños del colegio para ponerles a vender souvenirs a los turistas y perpetuar así ese eterno ciclo de relación perversa entre turismo y pobreza,   su imagen,  entre sonriente y triste entre tenaz y resignada, se ha quedado para siempre grabada en mi memoria y en cierta forma la idea de aquella niña, reflejada y repetida una y otra vez en las sonrisas y en las miradas de las decenas de niños, tristes y tenaces, que nos encontraríamos más adelante en el viaje, en cierta forma, me acompañaría durante todo mi tiempo de estancia en Myanmar y lo hará quizás ya durante el resto de mi vida.

Después de una hora andando, cuando ya, agotada su eterna paciencia birmana, hasta la niña con su bicicleta y los perros habían cejado en su empeño de seguirnos,y tras comprobar que efectivamente todavía quedaba mucha distancia por recorrer para llegar al monasterio, completamente desfallecidos y empapados de sudor, acabamos montándonos en el carro de caballos y pagando la correspondiente cuota de servicio al gobierno. Y dimos gracias a que aquel pertinaz conductor nos había seguido incansable porque si no en medio de la nada, no se muy bien que habríamos hecho…

El monasterio de Bagaya Kyaung fue construido en madera de teca en 1834 y es bastante bonito, pero está destartalado y el peso de los años se hacía notar. Allí nos tropezamos sorprendentemente con bastantes turistas (que no sabíamos muy bien donde andaban metidos hasta ese momento: quizás no habían decidido ir andando como nosotros) y todo el alrededor estaba completamente rodeado de vendedores de postales y artesanía, todos bastantes insistentes, como no(entre ellos estaba allí la misma niña de la bicicleta que nos saludó muy sonriente, parecía estar bastante contenta de habernos reencontrado).

Debido a nuestra larguisima caminata, la visita a Inwa nos había llevado bastante tiempo (dos horas) y una vez al otro lado del río, de vuelta al embarcadero, Enrique nos estaba esperando ya impaciente para llevarnos a nuestra última parada, la localidad de Amarapura, la ciudad de la inmortalidad, que con su larguísimo puente de teca sobre un lago es quizás uno de los lugares más iconoclastas de todo el país.

Amarapura igual que Sagaing o Inwa también fue capital real de Birmania, pero Amarapura lo fue solo durante 70 años. Hoy en día, es casi un barrio periférico de Mandalay, situado a tan sólo 11 kms de la ciudad, y Amarapura es bastante conocida por ser un centro importante de artesanía de tejidos de algodón y seda.

Pero la verdad es que si por algo destaca Amarapura es por ser el lugar donde se encuentra el puente de teca más largo del mundo, el Puente de U Bein, que cruza el lago Taungthaman de lado a lado. El puente tiene una longitud de 1200 metros y atravesarlo es toda una experiencia. Aquel día Amarapura era una fiesta. Se celebraba un festival por los nat, los antiguos y ancestrales espírituos birmanos, un primitivo culto incorporado al budismo aquí en Birmania, y que dota a la religión budista en el país de ciertas peculiaridades y rasgos diferenciales respecto al budismo en otros paises de la región.
Las calles estaban repletas de gentes y de puestos vendiendo comidas y dulces y muchas personas llevaban hojas en la cabeza, no sabemos muy bien por que. Le preguntamos a Enrique la razón pero lo cierto es que nunca llegamos a entender muy bien lo que nos contestó. Algo sobre los nat y la tradición.

Cruzar el puente de Amarapura fué genial. Todo el mundo dice que es al amanecer o al atardecer, cuando es realmente espectacular hacerlo pero la verdad es que nosotros desgraciadamente no disponíamos de más tiempo y nos tocó atravesarlo a las doce del mediodía, con toda la solana, pero aún así, como digo, fué un momento mágico. Cientos de personas cruzaban el frágil puente de madera y a cada paso, todo el mundo nos saludaba, nos tomaba fotos, nos sonreía e incluso alguno que otro, se atrevía incluso a tocarnos o a darnos la mano. En cierta forma, me sentía casi bienvenido a cruzar el puente y el pueblo birmano se mostraba caluroso y afectuoso.

Cada 300-400  metros aproximadamente, el puente interrumpia su monotonía con un pequeño descanso con bancos bajo un techo de madera. Era allí donde la gente se sentaba a descansar y comprar algo de comida en los puestos que allí se habían instalado. La oferta era variada y amplia, se podía elegir entre marisco fresco,  fruta, carne o dulces, fritos varios, y, como no, arroz con curry, la mezcla de olores no despertaba precisamente el apetito y resultaba a veces incluso hasta repulsiva.
El puente fue construido curiosamente con madera sacada de las ruinas de las ruinas de la ciudad de Inwa, posee 1086 pilares y es utilizado diariamente por los habitantes de la región para atravesar el lago. Además del puente de madera teca más largo del mundo, es probablemente también el puente fabricado con este material más antiguo, y buena fé de ello la da el mal estado de algunos tramos, que da que pensar sobre la seguridad del paseo.

Ya escasos de tiempo, nuestra visita a Amarapura se limitó precisamente al puente y yá de vuelta al coche, Enrique raudo y veloz nos dejó en la puerta de nuestro hotel. El autobús para Bagan pasaría a recogernos en menos de veinte minutos. Después de dos días, intensos y emocionantes, nos tocaba despedirnos de Enrique. No podíamos haber tenido más suerte al encontrarnos con él. Fue el guía y la compañía perfecta para nuestros primeros días en Birmania.
Tras sacarnos unas fotos, y darle la fruta que llevábamos encima, Enrique se montó en su flamante coche y tras unos segundos el vehículo despareció girando la esquina de la destartalada calle de nuestro hotel.
 

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