El lago Titicaca en Perú, las islas flotantes de los Uros y el triste número de circo

El lago Titicaca es una enorme extensión de agua ubicada en pleno Altiplano de los Andes, una auténtica frontera natural que separa y une, al mismo tiempo, Perú y Bolivia.

Es el lago navegable más alto del mundo. Se encuentra a una altitud de nada menos de 3812 metros y el lago y sus afluentes constituyen una auténtica red hídrica que, alimentada por las nieves de las altas cumbres de los Andes, ha marcado desde siempre la historia y la cultura de los pueblos que se han asentado en sus riveras.

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La propia ciudad de Puno se entiende solamente por su proximidad al lago y la importancia del Titicaca para la economía y la población local es indiscutible. Su presencia suaviza la dura climatología de las montañas haciendo que la región de Puno no sufra unas temperaturas tan extremas y haciéndola mucho más habitable que otros páramos helados de alrededor, facilitando del mismo modo la agricultura y la ganadería.

Además, la explotación pesquera del lago (casi de subsistencia), muy arraigada a lo tradicional, es otra fuente de riqueza para los habitantes de la región y sobre las aguas del Titicaca se ha establecido una verdadera red de transporte y comunicaciones que conecta las distintas poblaciones ribereñas a un lado y otro de la frontera boliviano-peruana.

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Actualmente la mayor parte de los habitantes de la ribera del lago son descendientes de las etnias aymara, quechua y uros cuyas peculiaridades culturales, históricas y sociales se dejan ver desde el mismo momento en que uno pone el pié en Puno.

Nosotros no teníamos demasiado tiempo para visitar la región y aunque conocer y desembarcar en las dos riberas nacionales del Titicaca y aventurarse al encuentro de las distintas islas que conforman los diferentes archipiélagos que salpican el lago podría llevar fácilmente más de una semana (desde la isla del sol a la mítica localidad de Copacabana) nosotros solo contábamos con una jornada completa. Prácticamente nada. Así estaba siendo nuestro viaje exprés por Perú.

Contratamos una excursión en el propio hotel donde nos alojábamos de tal forma que muy temprano por la mañana una furgoneta vendría a buscarnos para llevarnos al puerto de Puno para embarcarnos en una excursión de medio día a las islas flotantes de los Uros.

Estas islas no son más que unos montículos artificiales a modo de islotes construidos a partir de totoral, una hierba que crece masivamente en el lago, de apariencia consistencia y dura (como no podía ser de otra forma en una tierra de condiciones tan extremas como aquella).

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Para un pueblo de cultura casi ancestral como los uros, la totora es el verdadero sostén con el que construyen su vida diaria. Tejiendo la totora, los uros no solo cimentan la “tierra firme” en la que habitan sino que también edifican sus casas, pescan, fabrican enseres y hasta construyen sus característicos y pintorescos barcos con los que viajan a lo largo y ancho del Titicaca.

La antigua cultura tradicional de los uros se ha mezclado y diluido mucho a lo largo de la historia y prácticamente su lengua y sus costumbres se confunden ya con la de la etnia aimara y en la actualidad muchos de los  modos de vida occidental han penetrado tanto en la rutina diaria de los uro, que casi cuesta ya saber cuanto queda de real y cuanto es ya caricatura.

Y es que la visita al lago Titicaca y sus islas flotantes rezuma un aire de espectáculo circense para turistas, de todo menos auténtico.

En la barca en la que nos adentraríamos en el lago éramos los únicos turistas hispanohablantes, lo cual nos daba cierto estatus privilegiado por razones lingüísticas obvias. Había unos cuantos norteamericanos, algún francés, algún italiano y un nutrido grupo de turistas rusos que lucían una ostentosa forma de vestir que remataban con unas enormes, potentes y nada baratas cámaras de fotos.

El guía del barco nos contó en un sencillo inglés acompañado de un suave acento español algunos datos básicos sobre el lago, incidiendo especialmente (era algo que parecía preocuparle bastante) sobre la correcta forma de pronunciar su nombre: Titijaja (o más bien Titihaha, tomando la h como la aspirada inglesa). El nombre Titicaca era una incorrecta transcripción que los españoles hicimos de la verdadera fonética aimara y quechua.

El viaje fue muy agradable, corto y tranquilo atravesando las reposadas y mansas aguas de la superficie del lago pero, una vez en las islas, lo que nos encontramos fue un lamentable ejercicio de perversión turística.

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Un grupo de mujeres enfundadas en sus coloridos trajes tradicionales nos recibieron en su isla con caras tristes y empezaron a mostrarnos su forma de vida arraigada a la totora. Resultaba bastante falso todo, dando la sensación de que las buenas mujeres se acaban de disfrazar justo antes de nuestra llegada.

Después de una instructiva muestra sobre cómo se tejía la totora para la construcción de las islas y mostrarnos la mejor forma de encender un fuego (en una isla construida enteramente de madera, es bueno tener en cuenta ciertas consideraciones extra), nos llevaros a una isla cafetería donde los rusos se tomaron unas coca-colas y nosotros nos quedamos con cara de tontos mirando el fabuloso paisaje del lago que nos circundante: una inmensa extensión de agua circundada por unas montañas agrestes, áridas y secas coronadas por un cielo azul intenso de un sol que golpeaba con una fuerza tal que te quemaba hasta por dentro.

Una vez más, me arrepentí de no llevar una gorra y de haberme dejado las gafas de sol en el hotel, mientras buscaba cualquier exigua sombra que pudiese haber en aquella isla artificial-cafetería.

Varias mujeres se nos acercaron e intentaron vendernos algunos productos de artesanía, que según nuestro guía, ellas mismas fabricaban para vender a los turistas y convertir en dólares, soles o cualquier divisa extranjera, aunque yo me quede con las dudas de si era cierto o no que fueran ellas quienes las habían fabricado.

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Los rusos parecían poseídos por algún demonio fotográfico y capturaban con sus cámaras cualquier instante de la excursión dándole a aquella jornada todavía más un aire de exhibición de circo o de exposición viviendo  de museo etnográfico.

Finalmente, uno de los enormes barcos tradicionales pasó a recogernos para darnos una vuelta alrededor del archipiélago de islas para finalmente devolvernos a nuestro barco rumbo a tierra firme.

Las mujeres y los niños nos despidieron cantando una canción tradicional mientras bailaban con cara triste alguna danza típica de la región. Sus expresiones hastiadas, ausentes, casi asqueadas no hacían sino acrecentar esa sensación de triste espectáculo casi de zoológico que tuve desde el primer momento que puse un pié en las islas flotantes de los uros.

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Los rusos se debieron de llevar a su casa un verdadero reportaje fotográfico de los bailes convertidos casi en auténticos cazadores de un triste safari antropológico, devoradores del alma agonizante de un pueblo ya extinto que parecía condenado a pasar a la posteridad en forma de aquel lamentable y sórdido espectáculo de relación podrida entre el turismo y pobreza, convertido en un objeto de mercadeo cutre y barato.

De tal forma me sentí incomodo aquel día que casi me pareció mucho más fascinante un joven ruso robando sin ningún tipo de pudor la imagen del hijo de una de las mujeres que viajaba con nosotros en el barco, que los propios uros en sí mismos, que parecían tener más prisa por largarse de las islas que yo mismo.

Pero quizás aquella incomodidad que sentía no era más que fruto de la cruda realidad, del efecto espejo que todo aquello me producía. Yo no era distinto de aquellos rusos y yo mismo jugaba exactamente el mismo papel que ellos en aquel patético juego del turismo en que se había convertido aquella excursión a las islas flotantes de los uros en el lago Titicaca.

Me fui con una desagradable sensación de Puno aquella noche y casi agradecí alejarme de allí y montarme en nuestro bus rumbo a la ciudad de Arequipa.

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