Tánger y el Ramadán.

Mi buena amiga Carmen se ha mudado a Tánger hace un par de meses. Y como no, yo he ido a verla esta semana pasada. Me gustaría hablaros un poquito de mi experiencia allí, pero antes de nada y de comenzar a narrar con más detalle mi relato, me gustaría pedir disculpas ante cualquier imprecisión en la información que yo pueda aportar aquí. Todo lo que aquí expongo se basa en mi experiencia personal y para nada pretende ser una información universal o transferible a otros. Voy por delante con mi ignorancia sobre éste y tantos otros temas.
Pues bien, dicho esto, tengo que comenzar diciendo que no era mi primera vez en Marruecos. Hace ya algún  tiempo ya había hecho alguna pequeña incursión en el país pero ésta si que era mi primera vez en Tánger, y desde luego, la primera vez que visitaba un país musulmán en pleno Ramadán.
Han sido unos días intensos en Tánger y la ciudad me ha parecido más que interesante. Sobre la ciudad en sí, hablaré en futuras entradas, pero hoy preferiría centrarme un poquito más en la mezcla de sensaciones y el impacto cultural que ha supuesto para mí, pasar tres días en la ciudad durante el mes del Ramadán.
Mi amiga, la verdad, es una buena conocedora del país y sus costumbres y en este tiempo ha logrado mezclarse bastante bien con los lugareños por lo que ni que decir tiene que ha sido una guía ideal lo cual me ha permitido disfrutar durante estos días de una experiencia bastante auténtica en Tánger.
Estancia marcada por encima de todo por las fechas en las que viajaba, el Ramadán.
El mes del Ramadán es el noveno del calendario islámico, calendario regido fundamentalmente por la posición de la luna, con lo que respecto a nuestro calendario occidental, el mes del Ramadán va cambiando a lo largo de los años, no siendo siempre en la misma estación del año.
Durante dicho mes, todos los hombres adultos sanos están obligados a practicar el ayuno desde la salida hasta la puesta del sol (las mujeres también están obligadas con la excepción de las embarazadas o aquellas que tengan la regla) lo cual implica que durante el día no pueden ni comer ni beber ni practicar relaciones sexuales de ningún tipo.
Hablando con marroquíes durante estos días, ellos lo justifican y argumentan que es una buena forma de purificación y además la forma ideal de tomar conciencia de lo que supone el hambre y la sed para aquellos desfavorecidos que durante todo el año no tienen nada que llevarse a la boca.
En cualquier caso, no es dificil suponer que el Ramadán marca claramente los ritmos de la ciudad y de las gentes lo cual lleva a unas pautas de comportamiento colectivo tremendamente llamativas a los ojos de un profano en el tema como yo.
Durante aquellos días, todo me pareció fascinante y diferente.
Muchos dirán, muy probablemente, que el mes del Ramadán no es el mejor mes para visitar Marruecos. Y tal vez estén en lo cierto, la mayor parte de las tiendas permanecen cerradas, especialmente, durante las mañanas y las ciudades quedan como adormecidas, apagadas durante la mayor parte del día. Con el cambio de los horarios comerciales y de atención al público, muchos marroquíes también modifican su jornada de trabajo y los turnos de mañana o incluso de tarde, pasan a ser de noche.
Como occidental no practicante de la fé islámica, al menos en Tánger, no está prohibido  comer o beber durante el día, pero hacerlo en la calle puede considerarse una falta de respeto. Comer y beber mientras todo el mundo a tu alrededor se muere por comer o beber, creedme es cuanto menos un poco incómodo y al final, opté por no hacerlo.
En Tánger, existen aún así pequeños refugios como el MacDonalds y algunos restaurantes occidentales donde poder repostar tranquilamente y poder saciar el apetito y la sed  sin sentirse culpable o mal por ello. Una vez más, el MacDonalds al rescate.
Definitivamente, teniendo en cuenta todo esto, puede que el Ramadán no sea el mes más recomendable para visitar el país. Pero a pesar de todos los inconvenientes, la verdad es que viajar por Marruecos durante este mes no deja de ser una experiencia más que interesante.
Simplemente contemplar los ritmos de la ciudad, cambiantes y la transformación que las calles van experimentando durante el día es sencillamente impactante.
A partir de las cuatro cinco de la tarde, tras una mañana completamente amodorrante con las calles sedadas y muchas de los establecimientos cerrados, uno puede observar que lentamente la ciudad de Tánger va recuperando el pulso. Las tiendas comienzan a llenarse de gente que se afanan en comprar víveres y alimentos para preparar la comida para  la noche y la gente al amparo de los mercados charla tranquilamente en la calle o simplemente se sientan en los cafés a no tomar nada y sencillamente ver la gente pasar.
Son un par de horas de aparente normalidad en las que la ciudad revive ligeramente.
Todo el mundo espera ansioso la llamada al fin del ayuno que abre la veda por una noche a sus estómagos y lo vetado durante el día deja de estarlo por la noche.
Es desde las mezquitas desde donde se produce dicho aviso liberador. Antaño, la decisión de cuando  levantar la prohibición de comer y beber al ocaso se tomaba, según dice la tradición, cuando fuera imposible distinguir con la vista un hilo blanco de un hilo negro. Hoy entiendo que todo se ha modernizado un poco y ya todo el mundo cuenta con sus relojes y calendarios y todo parece mucho más claro y preciso.
Minutos antes de la llamada, uno puede observar como de repente el ritmo de la ciudad se acrecienta. Todo el mundo empieza a correr. Todos quieren estar en sus hogares para disfrutar del iftur o desayuno nocturno en cuanto el fin del ayuno sea anunciado. Todo el mundo parece tener prisa de repente. Los niños aceleran, las mujeres con las bolsas de la compra se apresuran a pagar sus compras y aquellos que tranquilamente reposaban sentados en algun café vertiginosamente desaparecen para retornar a sus casas o a algun restaurante. Y , de repente cuando finalmente se produce el aviso, la calle se vacia.
De siete y media a ocho y media, una extraña quietud invade cada rincón, y uno puede disfrutar de Tánger en exclusiva. De un Tánger desierto, sin un alma. Es una sensación sorprendente. Casi de otro planeta. Todo el mundo está comiendo simultaneamente y uno es capaz de escudriñar e imaginarse a todas las familias y personas reunidas alrededor de la mesa devorando verozmente sus comidas mientras el silencio se convierte por unos minutos en el rey de las calles de la ciudad.
Nosotros el primer día tuvimos la suerte de disfrutar del iftur con un marroquí, amigo de Carmen, y nos estuvo hablando sobre ésta y otras costumbres típicas de la época. Y es que para los lugareños, estas fechas y esta primera comida del día (más bien de la noche) con la que se rompe el ayuno son muy importantes y el iftur les gusta disfrutarlo en compañia de sus seres queridos, familiares o amigos. Es algo que se comparte. Dicho desayuno consiste para empezar en dátiles con leche, ya que fue la primera comida que tomo Mahoma tras su largo periodo de ayuno, y suele continuar con la harira una contundente sopa poco apetecible para el tórrido mes de agosto que estabamos viviendo. El desayuno se complementa con una especie de crêpes bereberes o pan cocinado con mermelada y mantequilla llamados beghrir, que se come acompañado también con una pasta de almendras ligeramente especiada, ensalada de tomate, zumos, y las típicas empanadillas marroquíes rellenas cuyo nombre soy incapaz de recordar. Los dulces más típicos de estas fechas son los chebakia, altamente energéticos para soportar la larga jornada siguiente con energia.
Es a partir de las ocho y media, cuando todo el mundo ha comido ya, que las calles se vuelven a transformar. Con la llamada a la oración, mucha gente parte a las mezquitas a rezar, los hombres vestidos con sus llamativos trajes blancos de cuerpo entero invaden las calles rumbo a la oración y poco a poco los mercados, las aceras, los restaurantes las tiendas empiezan a llenarse de gente en una especie de locura desaforada por comer, beber comprar y disfrutar de la noche y de la compañia de los demás.
El ambiente nocturno es eufórico, diría incluso que ansioso como si todo el mundo se avalanzara a las calles de forma desesperada a la busqueda de comida y diversión. Pero ante todo, el ambiente es festivo y alegre. Ruidoso y escandaloso. El contraste con la mañana es evidente, sorprendente casi exagerado. Parece que todo el mundo se empeña afanosamente en compensar las carencias diurnas en esta especie de locura nocturna.
La fiesta continua hasta altas horas de la madrugada hasta que a las dos aproximadamente, poco a poco, la ciudad va recuperando la compostura a medida que todo el mundo regresa a sus casas para disfrutar de una última cena  antes de que a las tres y media aproximadamente se vuelva a producir la llamada a la oración que anuncia el comienzo de otra jornada de ayuno y, de nuevo, así la noche recupera la calma y la tranquilidad de la mañana del día precedente. La ciudad permanece así hasta el amanecer meditativamente calmada a la espera de otro día más de duro ayuno de Ramadán.

 

 

 

 

 

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