Phnom Penh

Decadente, auténtica, caótica, fascinante, conmovedora, irritante e, incluso, sórdida. Todos estos calificativos se podrían aplicar a Phnom Penh, capital administrativa y económica de Camboya. Un millón y medio de almas conviven en esta gran urbe asiática, que nada tiene que ver  con la modernidad o el aparente refinamiento urbano de otras ciudades de la región, como Bangkok o Singapur.
En Phnom Penh todavía pervive el espíritu de una gran urbe asiática de hace cincuenta años. El imposible tráfico rodado de la ciudad no es más que un conglomerado de tuk-tuks, bicicletas y motos pitando y escupiendo humo por todas partes, mientras que los coches, en mucha menor proporción, todavía no son mayoría en el insufrible ir y venir diario de los capitalinos.
El skyline de la ciudad está todavía carente de rascacielos y todo el centro de la ciudad está constituido por hermosos edificios de la epoca colonial francesa que han vivido tiempos mejores.
Apenás hay centros comerciales y los pequeños comercios invaden las aceras en un despliegue inusitado de productos obligando a los peatones a andar por la calzada esquivando el tráfico sin fin de la ciudad.
Enormes edificios diplomáticos y ministeriales y lujosas embajadas se mezclan con el chabolismo insultante que las circunda.
Así es Phnom Penh. Un lugar de sensaciones donde late con fuerza el fluir incesante del Asia más auténtica.
Sólo por esto, que no es poco, Phnom Penh bien merece una visita. Y por si no fuese suficiente, la ciudad posee notables puntos de gran interés histórico y artístico.A pesar de todo esto quizás aquellos exigentes viajeros en busqueda de una impresionante sucesión de  fastuosos monumentos o un poco de descanso budista quizás queden ligeramente decepcionados. Como digo, el encanto de Phnom Penh va más allá y radica en su esencia, en su naturaleza misma, en su propio devenir diario y su duro pasado.
Y es que entender Phnom Penh requiere conocer, al menos, a grandes rasgos su trágica historia. El terrible regimen de Pol Pot obsesionado como estaba en destruir cualquier tipo de oposición urbana en su dictadura del campesinado se cebó especialmente con la ciudad cuya población quedó reducida a 16 habitantes. Una vez terminada la guerra, su rápida y desordenada repoblación convirtió  la ciudad en un auténtico mercado libre para negocios ilegales de todo tipo lo que le dió a la ciudad un caracter canalla y un aire de sordidez durante todos esos años, que en cierta medida, todavía perviven en la actualidad  y se perciben al poco tiempo de la llegada.
Pero es ahora cuando parece que ha llegado el momento de Phnom Penh, aupada por un creciente turismo atraido por los templos de Angkor, la ciudad parece dispuesta a reclamar su lugar en el mundo y resarcirse del pasado. Pero para ello a Phnom Penh aún le quedan muchas cuentas pendientes por resolver; la prostitución, el abuso infantil, el tráfico de drogas y negocios ilegales de todo tipo todavía encuentran en Camboya y , por ende, en la ciudad, un buen lugar, para hacerse notar y suponen una lacra para el verdadero desarrollo económico y social de la ciudad.
Nosotros llegamos a Phnom Penh tras un largo viaje de carretera de cinco horas en un autobus de linea, carretera que sólo en los últimos kilometros a la llegada a la capital se convertía en un amago de autopista todavía en construcción.
Abordar Phnom Penh no fue sencillo pues el golpe de calor, el tráfico desordenado y el caos circundante, en cierta manera, nos golpeó en la cara y orientarse no fue coser y cantar.
Una vez ubicados, empezamos a desgranar a pie y en tuk-tuk los principales puntos de interés de la capital.
Con el rio Mekong atravesando la ciudad, el agua se manifiesta y se hace presente en todas partes, siendo el río una buena guía para orientarse y situarse dentro de la ciudad. Es precisamente en torno al río Mekong en el paseo fluvial donde se concentran la mayor parte de cafeterías y restaurantes y toda esa parte de la ciudad goza de una buena animación y un constante bullicio humano y es, principalmente aquí, donde se dejan caer los todavía escasos turistas occidentales.

El paseo fluvial es bastante agradable y por allí se puede ver a los camboyanos disfrutar relajadamente de su ciudad, a los niños jugando a la pelota, a alguna pareja haciendose carantoñas, a los monjes con sus llamativos trajes de vivo naranja charlar tranquilamente o a algun deportista practicando footing.
Los atardeceres desde allí son bastante hermosos y este paseo fluvial, como dije antes, es un buen comienzo para tomarle el pulso a esta deteriorada urbe antes de adentrarse en el enloquecedor tráfico que la inunda. Aunque pueda parecer lo contrario, el impecable diseño urbanistico francés ha hecho de la ciudad  un buen ejemplo de planificación en cuadrícula y orientarse finalmente no es tan complicado como parece al llegar, para nuestra sorpresa. Eso sí, mucho cuidado con los números de las calles, pues en Camboya, los portales no están numerados de forma correlativa e incluso en la misma calle uno se los puede encontrar repetidos.
La ciudad exhibe orgullosa dos grandes monumentos fundamentales: La Pagoda de Plata y el Museo Nacional.
La ostentosa Pagoda de Plata fue uno de los pocos edificios históricos que sobrevivieron al devastador regimen de Pol Pot ya que el sádico dictador la conservó simplemente para mostrar al mundo su respeto hacia el patrimonio artístico del país. Pura propaganda de cara al exterior que, al menos, sirvió para salvar de su destrucción a tan impresionante localización. Todo el interior esta cubierto con miles de baldosas de plata y el conjunto es espectacular.
El Museo Nacional conserva en su interior impresionantes obras de arte jemer y supone un motivo más de exhaltación y reafirmación nacional a través de la parte más luminosa de la historia del país.
Cuidado, porque estos y la gran mayoria de los monumentos de la ciudad tienen un reducido horario de apertura y todos ellos echan el cierre de forma impepinable a las cuatro de la tarde. No madrugar y un largo desayuno pueden tener como consecuencia encontrarse con el candado puesto en la mayor parte de lugares de interés. Es algo a tener en cuenta.
Por otra parte, toda la ciudad está repleta de bonitos templos entre los que destaca por su importancia y su propia localización, la pagoda Vat Phnom, situada en lo alto de una colina y que ha dado nombre a toda la ciudad.
Si el Museo Nacional nos transporta a la parte de mayor gloria de la historia jemer, los campos de matanza de Choeung Ek, en cambio, suponen un terrible viaje a sus momentos más escalofriantes. Nosotros decidimos voluntariamente no visitarlos. No era nuestro primer campo de concentración, y no teníamos mucho tiempo en la ciudad, y optamos por no ir en un acto consciente.
Pero por lo que me han contado su visita constituye un paseo terrorífico y supone una experiencia realmente dura y dificil capaz de conmover a los corazones más pétreos.
El pasado colonial francés, menos traumático,  se hace más que evidente en el curioso Mercado Central de la ciudad, un magnífico edificio de art decó en cuyo interior uno se puede dejar perder en un maremagnum  de ropas y relojes de imitación y librerias y en cuyo exterior uno se puede topar con un oloroso e inolvidable paseo de comida donde uno puede contemplar asombrado las distintas especialidades locales que pondrán a prueba a los estómagos más delicados. No apto para narices especialmente sensibles.
El Mercado Ruso supone otro de los mercados más conocidos de la ciudad, lugar famoso porque era allí donde los rusos, años atrás, iba a realizar sus compras y es un buen lugar para realizar compras de imitaciones.
La ciudad se encuentra bien comunicada por aeropuerto con las principales ciudades del Sudeste Asiático y el aeropuerto moderno y bien equipado se encuentra a poca distancia del centro. La mejor forma para llegar hasta allí y moverse por la ciudad es en tuk-tuk. Y, precisamente, me gustaría terminar mi entrada hablando sobre los tuk-tuk. No voy a cuestionar ni poner en duda la profesionalidad y el buen hacer de la mayor parte de los conductores de tuk-tuk en Camboya. Nuestro conductor en Siem Reap era una persona honrada y tremendamente inocente y, como él, habrá tantos otros. Pero lo cierto es que nuestra estancia en Camboya, especialmente en Phnom Penh estuvo marcada por el insoportable acoso de los conductores de tuk-tuk, ofreciéndonos prostitución y drogas a cada paso que dabamos.
Puedo entender que la pobreza y la necesidad lleva a los conductores de tuk-tuk a dedicarse a negocios poco éticos, y que ellos no son más que el eslabón final de una cadena que empieza en el mismo turista occidental que accede a contratar dichos servicios, pero el hecho es que a mi, personalmente, esta incesante oferta de sexo y drogas me resultó vomitiva.
Una buena opción, para aquellos dispuestos a ir un poco más allá en el tema del turismo responsable, es solamente subirse en aquellos tuk-tuk o alojarse en hoteles que lleven pegada un logotipo de ChildSafe que garantiza que no se dedican a la explotación sexual infantil.

Una vez más, Camboya es capaz de maravillar, conmover y asquear al mismo tiempo. Y su capital Phnom Pehn no es una excepción.

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