Internándonos en el antiguo estado de Transkei

El viaje que hicimos entre Durban y la pequeña localidad de Coffee Bay, en la provincia del Cabo Oriental, fue uno de los trayectos de carretera más increíbles y fascinantes de todo nuestro recorrido por Sudáfrica y tengo que confesar que supero con creces mis expectativas.

Me sentí sobrecogido por la inmensidad y la vasta soledad de aquellos paisajes dominados por un intimidante y amenazante cielo borrascoso y por unas interminables praderas verde-amarillentas, coloreadas solamente por las sombras de las nubes que viajaban a toda velocidad por encima de nuestras cabezas. Y entre aquel cielo y aquella tierra, sólo estábamos nosotros y esa desierta carretera flanqueada de vez en cuando por pequeños pueblos tradicionales con sus redondeadas y humildes casas de colores, hogar del amable pueblo Xhosa, que habita la región.

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Nos estábamos adentrando en el antiguo y salvaje estado de Transkei, en la provincia del Cabo Oriental, donde recorreríamos su famosa y remota Wild Coast (“costa salvaje”), una región del país casi perdida en el tiempo pero de una belleza apabullante, impresionante, casi mágica.

La historia de la región está ligada, como no, a la convulsa historia del país. Incluso en lugares como éste es difícil librarse del halo político del país y de la alargada sombra del Apartheid.

El estado de Transkei fue el primero de los cuatro territorios (homelands o bantustanes) que alcanzaron su independencia en el seno de la Unión Sudafricana durante el periodo del Apartheid, allá por los años sesenta y uno de los dos que se crearon específicamente para el pueblo Xhosa.

La fundación de estos estados fue una idea del propio gobierno blanco del Apartheid que pretendía al establecer estos bantustanes, delimitar regiones separadas para la población negra donde tuvieran cierto grado de autonomía en sus asuntos internos (sin darles la independencia real de facto) y vivieran así separados de la población blanca, que se reservaría para sí las regiones más ricas del país.

Esta iniciativa fue, digamos, el culmen de la segregación racial y fue criticada muy duramente por aquel entonces por la comunidad internacional. El Transkei, durante sus treinta años de existencia, sufrió hasta un golpe de estado y estuvo, en cualquier caso, gobernado por dirigentes corruptos, autoritarios y títeres del régimen del Apartheid que en ningún momento fueron reconocidos legalmente por la Comunidad Internacional, (excepto lógicamente por la propia Unión Sudafricana y curiosamente por la dictadura militar uruguaya).

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Más allá de su peculiar independencia, la región, además, tiene su relevancia política e histórica, ya que fueron las inmensas praderas del Transkei las que vieron nacer y crecer al mismísimo Nelson Mandela, perteneciente a una noble familia Xhosa, ligada a la casa real tembu, en 1918, mucho antes de la fundación del propio bantustan .

El accidentado devenir político del Transkei, su aislamiento internacional, unido al hecho de que no era una área demasiado apta para la agricultura, hicieron de esta región una de las más pobres de toda Sudáfrica, atraso que se hace todavía patente y visible hoy en día, casi 20 años después de la reintegración del Transkei en la nación sudafricana, tras la caída del régimen del Apartheid.

El subdesarrollo y el atraso es evidente en la humildad y pobreza de las construcciones de los pueblos, cuya población se dedica fundamentalmente al pastoreo de subsistencia, y en el estado de las carreteras, cada vez peor al alejarnos de Durban y adentrarnos en territorio Transkei.

Comimos en Kokstad, todavía en la provincia de Kwazulu-Natal, en una pequeña gasolinera, muy cerquita del estado de Lesotho (casi casi tocábamos Lesotho con la punta de los dedos) y, después de comer, cruzamos la frontera que separa Kwazulu-Natal con la provincia del Cabo Oriental y dirigimos nuestros pasos en dirección a Mthatha, la antigua capital del Transkei.

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Ya en pleno Transkei, a medida que el entorno ganaba en intensidad y belleza, el nerviosismo de Stephen., que conducía, aumentaba debido al cada vez más lamentable estado de la carretera. Mar y yo, en cambio, estábamos maravillados por el paisaje. Aquella carretera llena de baches y curvas atravesaba espacios sin fin, praderas ondulantes que parecían casi océanos de inmensidad y montañas, con abruptos acantilados que rompían la suavidad de las praderas al llegar a la costa.

Apenas había gasolineras (Mar tuvo que acabar meando en la cuneta de la carretera) y la conducción se hacía muy difícil ya que el ganado invadía continuamente la calzada, haciéndola suya, convirtiendo a los automóviles en casi invasores del asfalto. En mi vida he visto tantos atropellos de perros como aquel día en aquel trayecto. Los perros se atravesaban en el camino de los coches y acababan muriendo aplastados por las ruedas de los vehículos que pasaban. Creo que aquel día llegué a ver hasta cuatro atropellos, en vivo y en directo, y tantos otros cadáveres de animales desmembrados, tirados a su merced en la carretera. La imagen de un perro comiéndose el cadáver de otro perro se quedó grabada en mi retina durante días. Por si fuera poco, vimos a un tío en medio de la carretera con un casco de moto haciendo flexiones…

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Sentía que de alguna forma otra Sudáfrica se estaba abriendo a cada kilómetro, recordándonos en que continente estábamos realmente, África, lo cual es fácil olvidar, sobre todo, en otras regiones del país, en los acomodados barrios de las grandes ciudades.

Llegamos de día a Mthatha. “Gracias a Dios“-suspiró St., pero estaba empezando a atardecer y todavía nos quedaban 100 kilómetros por recorrer antes de llegar a Coffee Bay, nuestro destino.

Mthatha era una ciudad bulliciosa y transitada, pero pobre y destartalada, algo triste incluso, con unas condiciones de saneamiento que, saltaba a la vista, eran bastante deficientes. “Un desastre”, según Stephen. Mthatha no era muy grande, unos 100000 habitantes y, para ganar tiempo, sólo nos bajamos en una desvencijada gasolinera para ir al baño y llenar el depósito del coche, pero al salir de la ciudad nos perdimos y dimos unas cuantas vueltas por la ciudad, así que cuando al final logramos salir de Mthatha rumbo a Coffee Bay, prácticamente ya era de noche.

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Una brillante luna llena que se asomaba entre las nubes y el aire fresco y limpio del crepúsculo que entraba por la ventanilla del coche olía a madera quemada. “Debía haber algún incendio cerca”, pensé. Pero no había ninguna señal de fuego a la vista.

Si de día la conducción era difícil, os podéis imaginar como lo era ya por la noche. Cabras, vacas, jóvenes, ancianos, bicicletas y niños se cruzaban continuamente en el camino apareciendo casi de sorpresa iluminados bajo la luz de los faros de nuestro coche.

Stephen estaba histérico, muy nervioso. Para colmo de males después de todo el día amenazando tormenta, al fin empezó a llover y la carretera comenzó a embarrarse. Mar y yo intentamos tranquilizar a Stephen, pero claro, para nosotros era fácil. No conducíamos. La responsabilidad no era nuestra.

Llegamos muy tarde a Coffee Bay. Ya había dejado de llover. Olía a mar y a tierra mojada. El lugar parecía tranquilo. Nos costó bastante encontrar nuestro hotel: un guest house llamado Seashell regentado por una tal Annette.

Coffee Bay era minúsculo, pero las indicaciones eran inexistentes y nos volvimos a perder. Nos paramos junto a un bar. Aun cuando Stephen no quería que saliéramos del coche bajo ningún concepto, hice caso omiso de sus gruñidos y me bajé del coche para preguntar direcciones a unos chicos en la puerta del bar. Me dirigí a un chico joven. Él y sus amigos estaban borrachos, apestaban a alcohol, y en un inglés grotesco y balbuceante consiguió orientarme y gracias a él y, tras dar otras cuantas vueltas más, logramos llegar sin más incidente al enorme pórtico enrejado del Seashell Guesthouse.

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