Halki y la región Tragaea en Naxos

Aquella mañana, aunque nos levantamos bastante tarde, continuamos con los planes que teníamos previstos para la jornada.

Nick y Domenica, los ancianos y encantadores dueños del hotel donde dormíamos, nos dieron galletas e información precisa y acertada de cómo ir hasta Halki en autobús, en plena región de Tragaea en el interior de la isla de Naxos, lejos de la costa y de las playas, del puerto y de los restaurantes del paseo marítimo.

La estación de buses de Hora (Naxos pueblo) es pequeña pero manejable. Hay autobuses que viajan a las distintas partes de la isla y aunque la mayor parte de los servicios se dirigen a las solicitadas playas también hay servicios de frecuencia aceptable al interior de la isla (cada hora o cada dos horas), aunque desde luego es conveniente consultar los horarios antes de organizarse el día.

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El bus a Halki era destartalado y estaba algo sucio pero era amplio y no era tan incomodo como pudiera parecer en un principio. Iba haciendo paradas cada poco y los viajeros se iban apeando o montando, sin que diese la sensación de que las paradas estuviesen prefijadas de antemano.

La carretera que el bus recorría era bastante empinada y ascendía regalándonos bastantes curvas y alejándonos cada vez más de la costa. Nos estábamos adentrando en la región de Tragaea en el interior de la isla. Naxos es una isla bastante montañosa dominada por el monte Zeus de mil metros de altitud. Entre las montañas se encuentra esta planicie que es Tragaea, una encantadora parte de la isla plagada de olivos y pequeños pueblecitos de casas blancas dominados por los campanarios de sus pequeñas iglesias bizantinas

El paisaje era fabuloso y la Grecia que yo tenía en mi cabeza, esa tranquila y reposada, tan mediterránea, tan típica y tópica, y a la vez tan auténtica, se abría ante nosotros a medida que nos adentrábamos en esta parte de la isla.

Se conoce que Tragaea está llena de lugares bastante interesantes para visitar a los que la mayor parte de los turistas, ávidos de playa, que visitan Naxos ni se plantean en adentrarse. El pueblo más importante de la región es Filoti en cuyas proximidades hay bastantes rutas para recorrer a pié, hacer excursionismo y llegar incluso a la verdadera cima del monte Zeus.

Nosotros elegimos Halki un poco por azar y porque nuestra guía Lonely Planet lo recomendaba. Así de originales somos.

Halki tiene una larga historia, como casi cualquier lugar en Grecia, y fue en el pasado la capital de la isla así como su centro económico. Las casas de arquitectura neo clásica y los numerosos edificios señoriales (algunos casi en ruinas), con sus preciosas torres venecianas son testimonios de ese pasado glorioso esplendor.

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Hoy por hoy, en Halki, el campo sigue siendo un importante medio de vida, no en vano las plantaciones de olivo aledañas son las más grandes de todas las islas Cicladas, pero también algunos artistas y artesanos, ceramistas en su mayor parte, se han trasladado a Halki, insuflándole con sus tiendas y galerías algo de vida a las dormidas calles del pueblo.

Halki cuenta también con unas cuantas iglesias bizantinas, algunas de ellas francamente antiguas, como la iglesia de Panagia del siglo IX, una de las más antiguas de la isla y que alberga en su interior unos bonitos frescos.

Recorriendo un pequeño camino que atraviesa los campos de olivos, también se puede llegar a la iglesia de San Jorge, que parecía tan dormida y olvidada como el resto de Halki.

El pueblo también cuenta con una destilería de Kitron que pude visitar gratis, mientras Mar se iba a echar una siesta bajo la sombra de algún árbol. El kitron es un licor típico de la isla y producido a partir del limón y de las hojas del limonero. Me contaron que el kitron es bastante difícil de encontrar fuera de la isla y muy orgullosos presumieron de que la destilería llevaba funcionando desde el año 1896.

Pocos turistas se dejaban ver aquel día y solo había un par de cafeterías abiertas y un restaurante. El sol apretaba con fuerza y lo cierto es que no había mucho que hacer en Halki. El pueblo era muy pequeño, decadente y era evidente que había vivido tiempos mejores pero había algo en Halki que me atrapó y podría decir casi sin exagerar, que me hechizó.

Aquellas casas señoriales reflejo de un tiempo pasado que fue mejor, el silencio calmado de la sobremesa, los ancianos señores vestidos de negro apostados en los quicios de la puerta viendo el tiempo pasar, la quietud maravillosa de las moscas que sobrevuelan aquel lugar donde parecía que por arte de magia los relojes se habían detenido y donde el tiempo con ellos había dejado de pasar dándole a Halki una atmósfera de ensoñación mediterránea casi irreal, pero mucho más auténtica que cualquier otro lugar de las islas donde pudimos poner el pié aquellos días.

El verdadero corazón de piedra de las Cicladas late pausadamente en lugares como aquel, Halki, dejándose notar mucho más allí que en las antiguas ruinas de la época helénica plagadas de turistas o en los atentados restaurantes de la costa con sus completas cartas escritas en inglés.

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