Experiencias en Atenas, incidentes patrocinados por Airbnb

Nuestro ferry de Naxos llegó con retraso a Atenas. Estábamos a finales de junio, estábamos en Grecia, en pleno soleado Mediterráneo  pero, curiosamente llovía. Lo hacía y mucho.

No sé si fue el cansancio del viaje, el mal tiempo o nuestra propia torpeza que nos costó bastante orientarnos al salir del puerto. Empezamos a dar vueltas sin rumbo y totalmente despistados nos llevó un buen rato encontrar la entrada del metro.

Una vez dentro, afortunadamente, no tuvimos que pagar por coger el tren. Era gratis. Como todo el país estaba inmerso en un terrible corralito, el gobierno de Tsipras muy acertadamente había decidido que el transporte público fuese gratuito esos días y le evitaba a los pobres griegos el trance de rascarse los bolsillos y gastarse el poco efectivo que tenían para poder desplazarse por la ciudad.

En el vagón del metro, camino de nuestra habitación reservada por Airbnb, nos topamos a un hombre muy amable que, sin habérselo pedido, nos ayudó con las paradas. Realmente ya no necesitábamos ayuda, ya sabíamos llegar,  pero al oírnos hablar español, el hombre parecía tan emocionado de poder hablar con nosotros en español y de ayudarnos  que no quisimos decepcionarle y nos dejamos llevar por él.

Su padre era chileno y se le veía un poco nervioso mientras hablaba con nosotros. Carraspeaba mucho. Nos contó que no tenía demasiadas ocasiones de practicar su español.

Nos fue traduciendo el nombre de las paradas. Por ejemplo Tavros, una de ellas, quiere decir toro y Moschab, el nombre de otra, quería decir vaca.

A todo ello un hombre mayor, muy interesado en nuestra conversación, asentía con la cabeza en un gesto de aprobación, aunque no estoy muy seguro que estuviera entendiendo nada de lo que decíamos. O quizás sí. Quién sabe.

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Pasamos por delante del estadio del Olimpiakos, momento que nuestro nuevo amigo aprovechó para remarcar que él no era del Olimpiakos.

Me gusta este punto de los griegos, les gusta hablar y, en general, no resulta difícil establecer conversación con desconocidos.

Nos bajamos en Monasteraki. La estación estaba repleta de gente. Cientos de personas que venían de una manifestación en apoyo al Gobierno, a Syriza, en el inminente referéndum sobre si aceptar o no las draconianas condiciones impuestas por el FMI y la Comisión Griega . El pueblo griego se veía casi forzado a aceptarlas a cambio de levantar la línea de crédito, que tanto necesitaba la ahogada economía griega para seguir respirando.

El mogollón de gente era tal que nos volvimos a desorientar y nos costó muchas preguntas y varias vueltas en círculos encontrar el apartamento de Alexadros, en Palgratí, donde dormiríamos aquella noche.

Aunque nuestro anfitrión era un tal Alexandros, un veinteañero griego, teníamos que llamar al timbre de una tal Margaritis, tal y como rezaban las instrucciones que nos había mandado Alexandros por mail.

En el portal habíamos quedado Dimitri, el novio griego de la prima de Mar, que, una vez que nos hubiésemos instalado,  vendría a recogernos para darnos una vuelta nocturna y enseñarnos un poco de su ciudad Atenas.

Llamamos al timbre de la tal Margaritis en el mismo instante en que un hombre entraba con una pizza en el enorme portal de  aquel impersonal edificio de hormigón en Palgratí.

Una chica respondió en un cortante griego al otro lado del interfono.

Nos contestó en un inglés apurado a trompicones entremezclado con un griego ininteligible. En aquel extraño híbrido lingüístico, la voz de mujer al otro lado del teléfono vino a decirnos que no había ningún Alexandros viviendo en la casa.

No entendíamos nada.

Nuestro primer impulso fue verificar que la dirección a la que habíamos llegado era la correcta. Así era. Una vez comprobado, y después de haber descartado cualquier otra opción lógica, volvimos a llamar al timbre.

La misma negativa, pero más agresiva, recibimos por respuesta.

¿Qué estaba pasando?.

El timbre ponía claramente Margaritis, estábamos donde debíamos estar, la habitación estaba ya pagada pero algo no cuadraba; Empezábamos a temer que habíamos sido víctimas de un timo. Y allí en Atenas a las once de la noche, lloviendo como llovía, con todas las maletas, sin saber exactamente en qué punto de la ciudad nos encontrábamos, la idea de quedarnos en la calle no nos parecía demasiado atractiva.

Seguimos llamando al timbre e insistiendo. Nadie respondía.  Ante nuestro drama, desde una de las terrazas, dos chicas se asomaban y nos miraban casi con miedo.

Ante la posibilidad certera de que una de ellas fuese la chica con la que habíamos hablado por el micro, les grité desde abajo.

Margaritis, ¿está ahí Alexandros?-increpé en inglés.

Justo en aquel momento apareció Dimitri en coche. Aparcó justo al lado nuestro y tras las inevitables presentaciones, como un auténtico salvador, Dimitri empezó a preguntar en griego a los vecinos si sabían de algún Alexandros en el edificio. Nadie parecía enterarse muy bien de que iba todo aquel asunto. No sacábamos nada en claro.

Mientras tanto, seguíamos llamando al timbre sin cesar, casi ya hasta fundirlo.

Las chicas seguían asomándose a la terraza con timidez, dejándose ver lo justo imprescindible para observarnos creyéndose así por no vistas.

Una chica se acercó al portal en ese momento y abrió la puerta. Se interesó por nosotros, dos extranjeros y un griego, mojados y rodeados de maletas.

Le contamos lo que nos pasaba y aunque no podía ofrecernos ninguna solución, se quedó con nosotros preguntándonos sobre que era Airbnb y en qué consistía. Parecía muy interesada en la posibilidad de alquilar habitaciones en su casa.

Dimitri se lo contó en griego y durante unos minutos la chica y el intercambiaron varias frases que ni Mar ni yo pudimos entender.

Finalmente Dimitri me hizo una señal y los dos subimos hasta el piso donde se suponía que teníamos que encontrarnos con Alexandros.

La chica y Mar se quedaron abajo custodiando las maletas.

Nos acercamos a la puerta y llamamos al timbre directamente. Nadie abrió la puerta. No parecía que hubiese nadie al otro lado de la puerta. No parecía haber movimiento en la casa.

Pero ¿y las chicas? ¿Dónde estaban? ¿y la tal Margeritis?.

Bajamos y Dimitri volvió a llamar al timbre con insistencia.

Fue en el mismo instante en que apareció Alexandros que finalmente Margeritis contestó a nuestras llamadas y Dimitri pudo hablar con ella.

Tal y como la chica le explicó a Dimitri, ella no era Margeritis, solo había pedido una pizza y habían contestado a nuestras llamada, en un principio, porque creían que éramos el repartidor.

Además, como el timbre sonaba tan fuerte, se podía oír en todo el edificio y ellas no estaban muy seguras de si en realidad las llamábamos a ellas o intentábamos contactar con un vecino.
Estaban asustadas y estaban pensando en llamar a la policía.

Mientras tanto, Alexandros se disculpaba con nosotros. Estaba claramente borracho. Venía acompañado por un chico de origen estadounidense también borracho.

Simplemente como nos habíamos retrasado habían decidido disfrutar de la noche y se les había ido un poco la hora.

El chico americano hablaba un poquito español y nos contó balbuceando que le encantaba España, que había vivido en La Latina, en pleno barrio de marcha madrileño.

Subimos a la casa, tras tranquilizar a las vecinas, y aunque Alexandros (que había llegado tres horas tarde) se deshizo en disculpas, nosotros ya no queríamos quedarnos a dormir en la casa. A Mar le daba mal rollo todo aquel asunto.

Ante nuestra decisión de irnos, Alexandros se echó a llorar. Se ofreció a devolvernos el dinero (airbnb no hacía transferencias de vuelta a Grecia por el corralito) y nos lo tuvo que dar en efectivo.

En realidad, el dinero nos lo dio el chico americano. Él no tenía efectivo para darnos. Me dolió un poco aquella situación porque, aunque Alexandros no había hecho las cosas bien, para ellos el efectivo era importante y, lo cierto es que, borracho o no, Alexandros parecía un buen chaval.

Sin donde dormir, Dimitri nos llevó en coche a cenar. Nos sentamos en el único restaurante que encontramos abierto a aquellas horas en una zona bastante comercial. Llegábamos justos de hora pero todavía nos dieron cena. Comimos queso frito, albóndigas gigantes, carne a la brasa, una especie de hojaldre relleno de embutido griego y queso.

Toda Atenas estaba vacía. La actividad comercial se había reducido al mínimo. Atenas estaba triste con el corralito.

Hablamos con Dimitri un poco sobre la situación del país. El papel de los Estados Unidos como mediador en la crisis griegas frente a Merkel y la troika. Alemania ponía contra las cuerdas a los griegos. El límite de 60 euros impuesto era un auténtico torpedo a la ya tocada economía griega.

Dimitri nos describió con pasión Atenas. Una ciudad caótica que creció de forma desordenada. Bueno, más bien crecieron las municipalidades vecinas que terminaron por devorar a Atenas, donde ya no vive mucha gente.

El turismo para los griegos y los atenienses no es más que una forma de mostrar nuestra hospitalidad, nuestra forma de vivir– nos contó con orgullo-Una forma de intentar tratar al visitante como si fuese alguien de la familia.

Después de la cena, emprendimos la búsqueda de alojamiento. Llamamos a varios hoteles, preguntamos en varios sitios, pero toda la ciudad estaba al completo. No teníamos donde dormir. La situación comenzaba a ser angustiosa.

Acabamos en un hotel en pleno centro. No era muy barato pero no estábamos para ponernos exigentes aquella noche. Y tuvimos suerte porque unos chilenos la tenían reservada pero no habían aparecido y como ya eran las dos de la mañana, el recepcionista tuvo a bien cedernos el hueco. Era fan del Real Madrid y fue bastante majo con nosotros. Pero Dimitri se tuvo que emplear a fondo para convencerlo.

Nos despedimos de Dimitri y le agradecimos la ayuda y las gestiones. Sin él, habríamos dormido sabe dios donde.

Nos acostamos. No dormí muy profundamente aquella noche, acosado por los mosquitos y mi conciencia. No sabía si había hecho bien pidiéndole el dinero de vuelta a Alexandros.

Por si fuera poco, un hombre estuvo cantando en griego en un bar hasta las mil. A nadie parecía importarle pero parecía que aquel buen hombre estaba cantando justo al lado de la cama.

Nada se supo de los chilenos que no se si habrían dormido en la calle aquella noche. De Alexandros recibimos un mensaje de disculpa cuando llegué a Madrid. Lo cierto es que a pesar de todo, hoy sigo sintiéndome culpable por él al recordar aquella rocambolesca situación.

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