Vilnius en noviembre: sombras tenebrosas

A veces tu eliges un destino y otras veces el destino te elige a tí y te ves embarcado en viajes que ni habías pensado ni te plantearías, en un principio. A Vilnius me desplacé por trabajo: a pesar de no ser una ciudad especialmente bien comunicada y de sus desapacibles temperaturas invernales, a algún bien pensante se le había ocurrido organizar una reunión a finales de noviembre en la pequeña capital de Lituania, Vilnius y esta vez a falta de otros candidatos, me tocó a mi emprender el viaje. Y yo encantado, que conste.

Vilnius (o Vilna) es una ciudad de algo más de medio millón de habitantes, emplazada en el interior del país, lejos de la costa y a tan sólo 30 kms de la frontera con Bielorrusia. (La sóla mención de Bielorrusia ya le daba a todo un punto emocionante). Es la capital y la ciudad más poblada e importante de Lituania, la más meridional de las naciones bálticas, a pesar de lo que Vilnius no ha logrado ostentar un gran poder económico ni político ni se ha convertido en un referente cultural en el seno del continente europeo en el que Vilnius pasa bastante desapercibido. Y es que la ciudad es más bien casi como un pueblo grande, como una capital de provincias.

 

Vilnius posee una historia turbulenta, como casi todas las ciudades del continente, a lo largo de la cual vivió grandes periodos de esplendor, sobre todo en la época de dominio polaco, y tiempos oscuros, en los que los habitantes de Vilnius sufrieron el saqueo por parte de sus vecinos rusos y las duras consecuencias de las dos guerras mundiales, en las que Vilnius padeció terriblemente (especialmente la población judia que fué practicamente exterminada).
Tengo que reconocer que a mí Vilnius no me entusiasmó demasiado. No sé si como consecuencia de su convulsa historia o del rigor del invierno lituano y la falta de luz solar durante gran parte del año, que Vilnius es una ciudad de gesto sombrío y seco, funcional como las edificaciones de la época comunista de las afueras, ya visibles desde el avión cuando uno aterriza, y casi impávida como la expresión del rostro de sus habitantes, a los que parece que les cobran ya no por cada sonrisa o muestra de afecto al prójimo si no por cada expresión mínima que demuestre humanidad o emoción.
Era noviembre y el clima era desapacible. Los alrededores del hotel eran grises y no invitaban al paseo. A las tres de la tarde comenzaba a atardecer y ya a las cuatro era de noche cerrada.
En la calle, los ciudadanos de Vilnius caminaban deprisa casi corriendo, con la cabeza gacha mirando al suelo, encogidos por el frío y parapetados en sus enormes y voluminosos abrigos, escondidos entre la lana de sus guantes, gorros y bufandas.

Desde mi hotel, el casco histórico de Vilnius estaba a unos pasos. Pero debido al mal tiempo, el camino siempre se me hacía interminable. Había que atravesar un puente, custodiado éste por unas solemnes estatuas de unos soldados de hazañas ya olvidadas, que permanecían estoicos resistiendo al viento y la nieve, observando el tráfico de la ciudad compuesto por tranvías, coches y viandantes.
Vilnius posee un casco histórico remarcable, que es, sin duda, su principal baza turística. De un estilo arquitectónico principalmente barroco, es uno de los de mayor tamaño de Europa (prácticamente 3,6 kms cuadrados) y está plagado de iglesias (alrededor de 65, casi nada). No hay que olvidar que los lituanos son católicos principalmente (a diferencia de sus hermanos bálticos septentrionales) y que la influencia de la iglesia aquí es palpable y evidente, igual que en la vecina Polonia (a la que Vilnius perteneció en más de un periodo de la historia). (lo cual hace de Lituania un país tremendamente conservador, es el país de la Unión con menor aceptación del matrimonio homosexual, un ínfimo 17%, por poner un ejemplo).
La calle Gedimino es el eje vertebral de la ciudad y la mayor calle comercial, llena de elegantes tiendas y restaurantes, algún que otro teatro, el omnipresente MacDonalds y centros comerciales. Concentra la mayor animación y tránsito del centro de la ciudad.
Al final de la calle Gedimino, se vislumbra la imponente plaza de la catedral, la mayor plaza de la ciudad, blanca y enorme, elegante y sobria que constituye quizás unos de los símbolos más identificativos de Vilnius. La catedral con su torre de la campana dominan este espacio público, punto de reunión y de encuentro para los habitantes de Vilnius, una plaza que en noviembre aparecía casi vacía, desangelada y triste, con algún que otro paseante solitario, algún turista perdido y grupos de jóvenes dando una vuelta y retando al frío.

Cerca de la plaza de la catedral parte  la bonita y turistica calle Pilies que conecta la plaza del ayuntamiento con la plaza de la catedral. Tiendas de souvenirs y artesanía florecen a lo largo y ancho de la calle, alternándose con algún que otro restaurante y cafetería.
Muy cerquita de la plaza del Ayuntamiento se encuentra el barrio judío de la ciudad, una de las juderías más grandes de Europa. Anteriormente conocida como la Jerusalem del norte, Vilnius era un centro reconocido internacionalmente para el estudio de la Torah y albergaba uno de las mayores comunidades judias de todo el mundo. Durante la ocupación alemana en la segunda guerra mundial, los alemanes y la población lituana colaboracionista exterminaron practicamente al 95% de la población judía (cerca de 300000 almas humanas en total), acabando de un plumazo con parte de la diversidad cultural y riqueza étnica de la ciudad para siempre.

El museo estatal judio de Vilna Gaon es una buena forma de acercarse a la historia de la extinta comunidad judía. Mucho más imponente es, eso sí, el Museo de las Víctimas del Genocidio instalado en los antiguos cuarteles de la KGB, otro interesante lugar para explorar la a veces dura historia de Lituania, donde se ahonda en las vergüenzas de los años de dominación soviética hasta la independencia del país a principios de los noventa. El edificio, antigua vivienda del gobernador de la ciudad durante la época de los zares, es prueba fehaciente de los azares de la historia de la ciudad y ha vivido con ella sus idas y venidas. Tras la primera guerra mundial, bajo el dominio soviético, en sus sótanos se realizaron arrestos, detenciones, deportaciones y torturas y durante la invasión alemana, la Gestapo estableció allí sus bases haciendo también de las suyas. Tras perder la guerra los alemanas, con la vuelta de los rusos, la KGB estableció aquí su centro de operaciones, detenciones e interrogatorios. Más de 1000 prisioneros fueron ejecutados en éstas instalaciones durante este periodo. Con la llegada de la democracia y la independencia del país, la verdad es que no se le podría haber dado mejor uso al edificio que el de museo y sentido homenaje a las victimas de la sinrazón y el autoritarismo y así una lección de historia para que las generaciones venideras no vuelvan a cometer el mismo error.
Y el peligro de volver a tropezar en la misma piedra, siempre está ahí, aquí en Lituania como en cualquier otra parte planeta. El informe que Amnistia Internacional recoge anualmente sobre el país denuncia la situación de discriminación que sufre la minoría romaní y el alarmante aumento de agresiones violentas racistas a personas no europeas, existiendo un auge del apoyo social a la apología del odio. Todo esto sin tener en cuenta las tensiones sociales entre las comunidades rusas y propiamente lituanas fruto del rencor todavía presente de tiempos pasados. Además, en el año 2011 entraron en vigor disposiciones legales que discriminan claramente el colectivo de gays y lesbianas, siendo foco de atención Lituania año tras año por este motivo. Aministía Internacional advierte también de la presencia de centros de detención secreta que han sido objeto de investigación por parte del Comité Europeo para Prevención de la tortura.
¿Habrán aprendido los lituanos las duras lecciones que les ha dado la historia?
El pasado del país está claramente lleno de sombras, sombras tenebrosas, como las de los viandantes bajo la luz de las faroles en las oscuras tardes del mes de noviembre en Vilnius. Es comprensible que los locales, fuertemente independentistas, prefieran enorgullecerse de su futuro, esperemos que más luminoso (entrada en el euro en enero del 2015 lo que completa su proceso de integración europea) y del pasado más glorioso del país, encarnado en el monumento más representativo de la ciudad, la torre de Gediminas, parte del antiguo castillo de la ciudad, construido en los tiempos míticos y heróicos del gran duque de Lituania, Gediminas. Simbolo, ya no de la ciudad, si no de todo el país, la torre es mencionada en numerosas canciones y poemas populares y fue aquí donde, tras la declaración de independencia del país en el año 1990, se alzó la nueva bandera nacional, para orgullo de sus habitantes.

Desde arriba, desde la colina, donde la torre está ubicada, se pueden disfrutar de unas vistas espléndidas de la ciudad. El casco histórico a un lado, con sus tejados rojos, bien recogido y definido, sobresaliendo solo las torres de las incontables iglesias, el centro financiero, al otro lado, con sus escasos y modestos rascacielos, y al fondo, las chimeneas humeantes de las fábricas y la torre de telecomunicaciones.
Incluso desde arriba, la ciudad da una imagen fría y gélida, que no invita a la emoción. Poco sobrecogido por las vistas, me abroché el abrigo e inicié el camino de descenso al hotel, después de varios días en la ciudad. Comenzaba a nevar. Cenaría al calor de algún restaurante y me acostaría pronto ya que mi vuelo de vuelta a Madrid salía muy temprano al día siguiente. Tengo que reconocer que Vilnius no me había seducido.
Sólo dos personas me habían sonreído en todos aquellos días, una chica muy simpática en una casa de cambio y una camarera jovencita a las que agradecí sinceramente su amabilidad. En días, nadie se había dirigido a mí salvo para pedirme limosna (todo el centro de Vilnius está bien abastecido de méndigos que pueden llegar a ser bastante insistentes). El resto de personas con las que me tropecé, a pesar de mis esfuerzos por interactuar y comunicarme, con suerte, me miraron a la cara. Bien abrigado por mi gorro y mi bufanda de vuelta al hotel ya de noche, recorriendo deprisa aquellas calles cuyas aceras comenzaban a cubrirse de nieve, me preguntaba si el arisco y desconfiado carácter de los habitantes de Vilnius estaba marcado por su historia o bien por la dureza del invierno allí. Tal vez, concluí, equivocado o no, que simplemente, es consecuencia de una combinación de ambas.

 

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