Reencuentro con Bangkok: On the road to Mandalay

Aterrizamos en Bangkok tres horas más tarde de lo esperado. Era el retraso suficiente como para perder el vuelo que habíamos comprado ese mismo día para volar a Mandalay, en el norte de Birmania. Y, para nuestra desgracia, no partía ningún otro avión rumbo a Mandalay hasta el día siguiente, así que nos tocaba pasar lo que quedaba de día y la noche en Bangkok y perder un día de estancia en nuestro verdadero destino del viaje, Birmania.
Aún así, a mi no me importó demasiado. No se por que pero me gusta Bangkok y volver a la ciudad después de cuatro años, me produjo, a pesar del engorro que suponía haber perdido el vuelo, una especie de alegría, casi como el reencuentro con un viejo amigo al que hacía mucho que no veía.
Bangkok posee dos aeropuertos, Don Muang, el más antiguo y pequeño y el moderno y fastuoso Suvarnabhumi. El primero todavía tiene algunos vuelos internacionales, pero lógicamente, el que acapara la mayor parte del tránsito de viajeros y la mayor parte de las conexiones y compañías es el segundo. Nosotros aterrizamos en Suvarnabhumi.

 

Aquel día el aeropuerto estaba lleno de adolescentes tailandesas, agolpadas en cada esquina, en cada pasillo y en cada escalera, mientras esperaban histéricas a su ídolo, un tal Bam Bam, al que obviamente adoraban.
Bangkok nos recibía con una estampa casi de comic manga o de serie de dibujos japoneses:aquellas chicas gritando nerviosas cada minuto, agarrando febriles sus cámaras de fotos y montando follón cada vez que parecía que Bam Bam iba a entrar en el hall.
Todas estas jovenes (algunas no lo eran tanto…)  pertenecían quizás en parte a la pujante clase media del país, que nacida de las bonanzas económicas de los últimos años, empezaba a devorar música, tecnología y cine a saco, al nivel de cualquier país del mal llamado primer mundo.
Salimos del aeropuerto y nos dirigimos a la parada de taxis. Habíamos reservado un par de habitaciones mientras esperábamos la conexión en el aeropuerto de Londres. Un hotel de nombre luctuoso, pero poco prometedor: el Miami Sukhumuvit. Nos habían dicho que toda la zona de Sukhumuvit estaba llena de restaurantes, bares y bastante animación nocturna y nos pareció un buen sitio para pasar la noche.
Cogimos un taxi. Desde la ventanilla del coche, Bangkok no parecía haber cambiado demasiado en cuatro años: el mismo tráfico incesante, las bandadas de turistas que ya se dejaban ver desde la llegada misma al aeropuerto, los rascacielos salpicados en un mar de casas bajas y asfalto, los taxis de colores con sus taxistas estafadores, y, como no, otra vez, la lluvia y el calor agobiante. Viajábamos a la ciudad en agosto, en pleno monzón, la época más fría del año y aún así, el ambiente era sofocante. Y es que Bangkok tiene el honor de ser una de las capitales más calurosas del planeta con una media anual de temperatura de casi 28 grados centígrados.
Llegamos al Miami Sukhumuvit sin dificultad. La fachada del hotel no parecía muy prometedora y su interior, a pesar del aire acondicionado, tampoco.
Tras la recepción del establecimiento, se apostaban dos mujeres: una señora mayor y una transexual de mediana edad muy arreglada.
Una vez más, y como la otra vez, la sociedad tailandesa me sorprendió por su apertura sexual y por su tolerancia a opciones sexuales distintas de las establecidas. La integración de los transexuales en la sociedad tailandesa es un ejemplo a seguir por los países de occidente. Aunque me puedo imaginar que en Tailandia, el colectivo de transexuales también tiene que sufrir lo suyo.
La habitación del hotel no era gran cosa, pero al menos estaba limpia y la tele tenía como 200 canales. Fuera llovía y una parejita muy rubia nadaba y jugaban en la piscina del hotel a pesar del chaparrón.
Nos duchamos y cuando paró de llover, salimos a dar una vuelta.
Anduvimos durante un buen rato, callejeando con la idea de acabar en el distrito de  Phra Nakhon en las inmediaciones del Palacio Real y visitarlo, ya que ni P. ni JP conocían Bangkok y a mi y a M nos pareció el lugar más chulo para conocer en una visita rápida de una tarde a la ciudad.
Desgraciadamente el Palacio Real estaba cerrado ya. Su hora de cierre eran las 15:30 y eran casi las seis de la tarde cuando llegamos a la puerta del Palacio.

Afortunadamente muy cerquita del palacio real se encuentra el templo de Wat Pho, otra de las maravillas que esconde Bangkok y uno de los monumentos más visitados de la ciudad.
El templo de Wat Pho es bastante más conocido por ser el templo del Buda Reclinado ya que posee en su interior una enorme imagen de un Buda reclinado de 15 metros de altura y 45 metros de largo.
La talla del Buda es de un tamaño tal que con la perspectiva de la disponía en la sala que lo acoge, era casi imposible capturarlo completo con el objetivo de mi cámara de fotos. Rodeando al Buda, justo en las paredes de la sala, se encuentran 108 cuencos de bronce, que representan las 108 virtudes de Buda. La gente suele recorrer el perímetro rectangular de la sala dejando caer monedas en cada bol porque se supone que trae suerte. En el fondo, me imagino que es una buena estrategia en cierta forma para financiar la vida en el monasterio y el mantenimiento del templo.
Todo el complejo religioso es enorme, uno de los más antiguos y más grandes wats de la ciudad, y posee una superficie de casi 80000 metros cuadrados, llenos por todos los lados de preciosas stupas y cientos de imágenes de budas.
Visitamos el templo ya pasadas las seis de la tarde por lo que se suponía que ya estaba cerrado. Casi se podría decir que nos colamos pero en realidad los guardianes, muy amables, nos dejaron pasar. Y para más suerte todavía no tuvimos que pagar.
Dadas las horas que eran, apenas quedaban turistas en el complejo y dispusimos de Wat Pho casi para nosotros durante más de media hora. Fue una visita casi en exclusiva y disfrutamos del meditabundo silencio nocturno del templo y del final del atardecer sobre las stupas.

Cuando salimos del Wat Pho, ya teníamos hambre, por lo que cogimos un taxi y nos dirigimos al famoso distrito de Silom.
Silom, ubicado en el Bangkok de los rascacielos y del skytrain, lejos de la religiosidad de los templos, es una de las zonas de la ciudad más modernas y cosmopolitas. Además de ser un importante centro financiero, es una popular área de ocio para  gays,  transexuales y ladyboys  y cuenta con muchos bares, animación nocturna y restaurantes. Silom también es un lugar con bastante prostitución. Allí trabajadoras del sexo y turistas se entremezclan, bares y clubs de strip-tease se alternan, dando lugar todo ello a un espectáculo chirriante, grotesco, casi de mal gusto. Por mucho que aplauda la apertura sexual de los tailandeses, no puedo evitar sentirme incomodo por la perversa relación, que aquí como en otras partes del país, Tailandia ha establecido con el turismo extranjero.
Cenamos pad thai en un restaurante muy cercano al Night Market y ya aprovechamos y dimos una vuelta por el mercado nocturno. Cientos de puestos callejeros se agolpan en las aceras  y auténticas hordas de turistas llenan las calles ocupando el poco espacio libre que dejan los vendedores y sus productos. Uno allí puede comprar desde el típico souvenir, como un imán de Tailandia o una taza, hasta un vibrador o condones, pasando por ropa de marca de imitación, bolsos y perfumes e incluso budas de madera.
Después de un rato dando vueltas sin comprar nada, ya cansados del largo viaje desde España, decidimos tomar algo en un bar frente a la calle de los lady boys (frente al soi 4). De camino al bar, nos ofrecieron putas, shows de ping-pong y chaperos varias veces. El bar se llamaba Joe’s bar y quiero recordar que la otra vez que estuve en Bangkok, allí mismo estuve cenando.
Estuvimos un buen rato en la terraza de aquel local observando el espectáculo nocturno que SiLom nos ofrecía. Era casi como un teatro con sus criaturas de la noche como actores de excepción y nosotros como espectadores, o quizás también, como parte del show:
Las dos camareras jovencitas espantando de vez en cuando a algún turísta borracho que quería algo más que una copa, la entrañable viejecita tailandesa allí sentada ayudando a curar la herida en la mano de un joven que ayudaba en el bar, los vendedores ambulantes (algunos de ellos no eran más que unos críos) pasando cada poco y ofreciendo medias pintadas que simulaban tatuajes, frutos secos o souvenirs de todo tipo.
Un hombre japonés de unos cincuenta años y enfundado en un elegante traje se subió a un taxi acompañado de una voluptuosa transexual, tres ingleses borrachos empezaron a armar follón, una niña de más o menos diez años  nos ofreció una flores, una prostitutas pasaron por delante del bar exhibiendo sus carnes con descaro.
En la tele, la junta militar que había dado un golpe de estado hacía menos de dos meses, anunciaba nuevas medidas y pedía a los ciudadanos comprensión, paciencia y colaboración y amenazaba a los opositores y enemigos del estado con la dureza de la suela del zapato militar.
Y mientras tanto en el bar sonaba irónicamente “Imagine” de John Lennon…
Suspiré no se si de cansancio o de hastío. Le pregunté a mis amigos si les apetecía irse a dormir. Ellos respondieron afirmativamente, pagamos y nos fuimos. Aquella noche, Bangkok, mi vieja ciudad amiga, me había dejado algo melancólico y pesimista…

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