Encuentros en Gwalior

Todavía hechizados por la elegante belleza del Taj Mahal y algo aliviados por salir del caos y la agresividad de Agra, partimos muy temprano aquella mañana, rumbo a la pequeña población de Orchha.

Para llegar a Orchha teníamos que internarnos en el enorme estado de Madhya Pradesh, antiguamente el mayor de la India pero a la par también uno de los menos desarrollados y más rurales de todo el país.

Agra y Orchha están separadas tan sólo por unos 240 kilómetros, una distancia que en términos europeos puede no parecer mucho, pero que tratándose de la India es realmente un largo trayecto.

En nuestro viaje a Orchha teníamos programada una sola parada que sería en la localidad de Gwalior, uno de los enclaves turísticos más destacados de todo el estado de Madhya Pradesh debido ,en parte, al impresionante fuerte de la ciudad que sobresale orgulloso e imponente en lo alto de una colina.

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La historia de la mítica ciudad de Gwalior está envuelta en la leyenda, ya que allá por el siglo VIII, un ermitaño llamado Gwalipa curó de lepra al jefe Rajputa local con agua del depósito en lo alto de la colina donde más tarde fue construido el fuerte y le rebautizó con el nombre de Suhan Al y predijo el ermitaño que sus descendientes permanecerían en el poder mientras mantuvieran el nombre de Pal. Y así fue hasta que el número 84 cambió su nombre y, como era de esperar, perdió el reinado del lugar.

Desde entonces, el fuerte de Gwalior fue a lo largo de los siglos objeto de disputa y enfrentamientos, uno de los últimos fue precisamente protagonizado por la viuda de un rajá local, que tras la muerte de su marido en 1853, participó en la rebelión contra los ingleses, se disfrazó de hombre y luchó hasta morir en el fuerte de Gwalior convirtiéndose en una auténtica heroína de la independencia india.

Llegamos a Gwalior poco antes del mediodía pero el sol ya apretaba con una fuerza despiadada y el simple hecho de salir del coche era ya una verdadera tortura. Aquel día hacía muchísimo calor.

Habíamos leído que la ciudad antigua de Gwalior merecía bastante la pena y nos hubiera encantado dedicarle algo de tiempo pero aquel día era precisamente el tiempo algo de lo que no íbamos sobrados. Teníamos todavía un largo trayecto por delante hasta llegar a Orchha por lo que decidimos subir directamente al fuerte de la ciudad.

Arriba no había demasiados turistas. No se si es que Gwalior no se encontraba en la agenda de la mayor parte de los extranjeros que viajaban al país o bien que el calor había espantado definitivamente a todos los extranjeros pero aquel día el fuerte de Gwalior aparecía adormecido, casi semidesértico.

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El fuerte era impresionante, con sus enormes torrejones cubiertos de destelleantes azulejos azules, quizás fue uno de los lugares más hermosos de todo nuestro viaje en la India. Había algo mágico en aquel lugar, casi irreal, que materializaba de una forma plástica el escenario de algún cuento de las mil y una noches. Las vistas desde lo alto de la colina eran fabulosas y se podía otear la inmensidad de la ciudad y sus alrededores, en la paz y el silencio que proporcionaba el estar lejos del caos del tráfico y del bullicio de las gentes y las calles de Gwalior. (Gwalior tiene el honor de ser la tercera ciudad más contaminada del planeta).

Había un grupo de niños por los alrededores, apostados a la caza del turista y que hacía algún rato ya desde nuestra llegada que llevaban observándonos desde lejos.

Estaba yo echando algunas fotos cuando uno de los niños, de apenas ocho o nueve años se me acercó sonriente. Era un niño delgadito, harapiento, de piel oscura y pelo como el tizón. La oscuridad de su piel contrastaba con unos dientes blancos casi relucientes. Era el prototipo de niño hindú, uno como tantos otros que nos habíamos encontrado a lo largo de nuestros días en India, pero sus grandes ojos le distinguían al proyectar una mirada inteligente y socarrona difícil de olvidar.

El niño se dirigió a mi en un atropellado español:

¿Donde te has dejado tu pelo?”-me preguntó riéndose. A mi no me hizo mucha gracia el chiste, la verdad, pero a mis amigos si, que le siguieron el juego.

Vaya par de rubias con las que viajas ¿no?”– continuó hablando en un sorprendente español.

Nuestras amigas se rieron. M. se rió. Yo seguía algo tocado por el chiste, que además el niño repitió insistentemente.

“¿Dónde te has dejado tu pelo?” “¿Dónde?”

M. comenzó a hablar con el chaval. Le preguntó sobre su excelente español y donde lo había aprendido.

“Aquí con los turistas, me pongo a practicar y aprendo”-Su español, la verdad, era alucinante. Muy bueno.

“Si hace falta hablar francés yo hablo francés”-Y para demostrarlo el niño empezó a hablar en un correcto francés.

Si hay que hablar ruso, hablo ruso”-Y lo constató soltando como si nada unas cuantas frases en ruso.

Y repitió la operación en portugués, italiano y alemán. Y no acudía a las frases típicas o prefabricadas. Se notaba que tenía un dominio aceptable de cada idioma y que era capaz de mantener una conversación.

Ocho años y había aprendido idiomas en la calle, simplemente hablando con turistas. Desde luego, el niño no era tonto, precisamente. Es más, era casi un portento. Él, entre chiste y chiste, entre frase y frase, no paraba de pedirnos dinero o algún tipo de regalo. Nosotros nos resistíamos estoicos y le preguntábamos que hacía que no estaba en el colegio. Él nos decía que no podía, que necesitaba el dinero que los turistas le daban, que ganaba más en la calle que en el colegio. Desde luego no parecía darle demasiada importancia al tema de la escuela a juzgar por el tono de despreocupación de su voz.

Poco a poco, acabamos rodeados de niños, atraídos por el calor de la conversación aunque ninguno parecía tener las habilidades lingüísticas de nuestro nuevo amigo.

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Yo no podía parar de pensar en el talento desperdiciado de aquel niño, obligado a mendigar cuatro monedas a extranjeros, que en la mayor parte de los casos pasarían de largo sin tan si quiera regalarle una mirada. La situación de muchos niños en la India era dolorosa, pero el sorprendente talento de aquel niño, derrochado inútilmente por el mundo injusto en que vivimos, hacia de todo aquello una verdadera tragedia.

La conversación se prolongó durante un buen rato y, más tarde, el niño nos acompañó durante nuestra visita al fuerte de Gwalior.

Ya una vez fuera del fuerte, tras la despedida, el niño se alejó despacio. No había mucho trabajo aquel día, nos había dicho. Había pocos turistas.

De vuelta al coche, hicimos una parada en la carretera de bajada a la ciudad. Cerca de un centenar de impresionantes y enormes estatuas jainitas atrincheran la carretera (construidas entre los años 1441 y 1474). Excavadas en la roca y atrapadas entre la maleza, el conjunto monumental era impresionante, digno de admiración pero, la verdad, si por algo recordaré siempre a Gwalior fue por aquel niño y sus chistes sobre mi pelo, su asombrosa capacidad para aprender idiomas, y su teléfono móvil, viejo y medio roto, que nos enseñó orgulloso varias veces durante nuestro encuentro.

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