Mawlamyine, el estado de Mon y los ecos de la Birmania colonial

Una vez en Mawlamyine, la ciudad respira un ambiente completamente distinto al de Yangon o al del norte del país.

Para empezar aquí estábamos ya completamente fuera de la ruta turística y encontrarnos con un occidental empezó a ser algo más infrecuente o raro.

Por otra parte, los propios birmanos, aunque también envueltos en sus tradicionales longyis, tienen aquí  una fisonomía ligeramente distinta. Su piel es mucho más oscura y el color aceitunado de sus rostros me recordaba más a la India que al propio sudeste asiático. La población musulmana era ya más que apreciable, dejándose ver por las calles con sus gorros blancos, sus chilabas y sus barbas lámpiñas; rezarán a dioses distintos pero los birmanos musulmanes al igual que sus hermanos budistas tampoco tienen mucho pelo en la cara.

Cerca de nuestro hotel en una de las calles principales, tres mezquitas flanqueaban las calles y numerosos fieles acudían a la oración casi como abejas en un enjambre.

A mí de entrada Mawlamyine me pareció una ciudad triste. Llovía mucho, las calles estaban completamente embarradas, atestadas, llenas de motos y sus pitidos y la gente aquí, cuando andaba por la calle,  parecía tener el gesto torcido casi contrariado. Más que una ciudad parecía un conglomerado de casas ruinosas, negocios y tiendas de móviles. Parecía difícil creer que Mawlamyine, la antigua Moulmein fue en el pasado una de las ciudades más importantes de toda la región.

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Mawlamyine, situada en la rivera del río Thanlwin, hoy por hoy, es aún así la cuarta ciudad del país y capital del Estado de Mon, en la lluviosa parte oriental de Myanmar acercándonos ya a la frontera con Tailandia.

Etimológicamente, el nombre de Mawlamyine quiere decir “ojo dañado”, recordando la historia de un antiguo rey Mon que tenía un poderoso tercer ojo que le permitía espiar lo que pasaba en los reinos vecinos. Una de sus esposas, hija de uno de los reyes rivales, intentó destruir el tercer ojo y de ahí le viene el nombre de la ciudad.

Como digo, Mawlamyine tuvo tiempos de gloria allá por la época colonial inglesa. Fue la capital de la Birmania británica entre 1826 y 1852 y durante aquella época de oro, Mawlamyine debía ser lo más parecido a la sofisticación europea que uno se podía encontrar por estos lares. El propio George Orwell estuvo destinado aquí y, en su momento, la población anglobirmana en Mawlamyine fue de las más numerosas de todo el país, con todo lo que a nivel de desarrollo y derroche significaba.

Pero los años pasaron y el régimen dictatorial que ha sufrido el país durante décadas se ha cebado especialmente con Mawlamyine y con toda la región. El Estado de Mon es uno de los puntos especialmente calientes de toda Myanmar.

Sus aspiraciones independentistas y las del vecino estado de Karen, han llevado a un auténtico conflicto armado que todavía continúa por resolver hoy en día. Las violaciones de los derechos humanos por parte de la cúpula militar en todo el Estado de Mon han sido denunciadas en más de una ocasión por parte de la Comunidad Internacional y la situación oscila entre la calma tensa y los eventuales escarceos armados entre las facciones independistas y el ejército central.

Es por ello que para los turistas extranjeros, el recorrido permitido por Mon se reduce a cuatro puntos concretos (Mawlamyine, la roca dorada, Hpaan y poco más) no estando autorizado salirte demasiado de la ruta o intentar ir un poco más allá. Ir más lejos hacia el sureste requiere un visado especial, que me imagino que no debe ser fácil de conseguir.

Apenas queda población anglobirmana en Mawlamyine y  del pasado colonial inglés solo quedan unas cuantas iglesias en precario estado de conservación, algún que otro cristiano perdido, y algunos edificios coloniales casi en ruinas, escondidos entre casas de latón y ladrillo.

La tarde de nuestra llegada subimos a unos monasterios budistas en lo alto de una colina. Pasando junto a uno de ellos, pudimos oír la llamada a la oración desde las mezquitas y al mismo tiempo las campanas de las iglesias replicando. Estaba atardeciendo.

Llegamos a la antigua pagoda de Mawlamyine, la   Kyaik than lan. Desde allí, en un enorme mirador, se podían disfrutar unas vistas inesperadas e impagables de toda la ciudad, del río y de la selva y palmerales que la rodeaba. El tiempo nos dio algo de tregua y el atardecer desde lo alto fue uno de los mejores que pudimos disfrutar en todo el viaje.

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El templo estaba casi desierto. Solo pudimos ver a una chica occidental escribiendo y dibujando en su cuaderno de notas y a un matrimonio birmano que paseaba con su bebe. El tacataca sonaba cuando el niño andaba y su música era lo único que rompía el silencio de aquella tarde. El padre nos miró con curiosidad y nos regaló unas cuantas sonrisas de aprobación mientras visitábamos el templo.

Ya casi de noche volvimos andando al hotel, atravesamos un ruinoso pueblo de chabolas. Un montón de niños, mujeres y ancianos salieron a nuestro paso saludándonos con sus manos y al cenar en un restaurante bastante cutrecillo junto al río, unos chavales nos pidieron unas cuantas fotos.

Nos dormimos con la esperanza de que dejara de llover pero al día siguiente por la mañana todavía llovía aún más. Buscamos a un conductor para que nos llevara a algunos puntos de interés en los alrededores.

Nuestro conductor masticaba betel todo el rato y no paraba de escupir. Tenía la boca completamente roja, estaba sucio y lo siento mucho pero siendo honestos aquel tipo me daba bastante asquete. Nos comentó que estaba dejando el betel pero que no podía. Nos ofreció un poco por si queríamos probarlo y le dijimos que no sin pensarlo demasiado.

Quizás el punto más conocido de Mawlamyine, a parte del  Kyaik than lan, sea una pagoda con el buda sedente más grande del mundo, una impresionante construcción de 200 m. Está situado en Mudon, a unos 29 kilómetros del centro de la ciudad.

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Como los asiáticos siempre van a lo grande, estaban construyendo otro en China de mayor tamaño, algo que no debió de gustarle demasiado a los paisanos de Mawlamyine porque para no permitir que los chinos les hicieran sombra, justo enfrente del buda que ya tienen, están construyendo uno nada más y nada menos que de 900 m.

Por fuera, visto desde lejos, el buda es impresionante  pero por dentro el sitio es siniestro e inquietante con estatuas grotescas representando escenas de la vida de Buda y demonios alojadas en cámaras carcomidas por la humedad y por la lluvia. Parte del interior da la sensación de que se había quedado sin terminar o de que estaba abandonado.

Había que ir andando descalzo y algunas secciones del templo estaban completamente inundadas, o llenas de excrementos de murciélago o puede ser que incluso de ratas. Era sagrado, tenías que ir descalzo, pero eso sí, aunque fuese sagrado, no había ningún problema de que estuviese inundado de mierda. Es así, había que aceptarlo.

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Para más inri, bajando la enorme escalinata que conducía al templo, ya a la salida, me resbalé y me caí escaleras abajo. Tercera caída del viaje y de nuevo empecé a sangrar, acordándome de todos los santos y la madre que parió a Birmania. Soy muy mal hablado, lo confieso. El cansancio del viaje empezaba a hacerme mella.

Fuera en los alrededores, camino del coche, mientras yo me quejaba,  unos niños se lanzaban por unos terraplenes que encauzaban todo el agua de la lluvia. No parecía una actividad muy segura pero parecían estar pasándoselo muy bien y, al fin y al cabo, el que cojeaba era yo, no ellos.

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Ya en el coche, nuestro buen conductor nos llevó a otra pagoda más en la que también nos tuvimos que descalzar pero que afortunadamente estaba en mejor estado de higiene. Como siempre que visito muchos de estos templos religiosos, gran parte de la liturgia, del significado de las cosas, del simbolismo se me escapa. Hoy por hoy y mira que lo he buscado sigo sin entender que significaban aquellos inquietantes murales de monos vomitando.

Nuestra falta de entusiasmo hacia los templos, contagió al taxista que empezó a estar cada vez menos comunicativo y apático.

Nos llevó sin hablar a nuestra última parada, unas cuevas en un risco sobresaliente en una rasa llanura a las afueras de la ciudad.

Por aquel entonces, ya no es que lloviera, arreciaba.

El entorno de las cuevas, que eran sagradas, era un auténtico estercolero y la basura acumulada flotaba en el agua que inundaba los alrededores.

Estábamos solos y de nuevo para acceder a las cuevas había que descalzarse.  Y una vez más, claro está el suelo estaba húmedo, embarrado y asqueroso. Murciélagos sobrevolaban nuestras cabezas. Sus excrementos cedían bajo nuestros pies descalzos.

Al bajar el guardián, un hombre encantador, les lavó los pies a Juan y a Marcos y nos llevó gesticulando y emitiendo sonidos guturales a ver una imagen de Buda con bigote, algo de lo que el hombre parecía estar muy orgulloso.

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Pagamos 30000 kyat al conductor que nos dejó junto a nuestro hotel y después de comprar los billetes de barco hasta Hpaan para el día siguiente (en el Hotel Breeze), nos fuimos a dar una última vuelta por la ciudad.

Paseando por Mawlamyine, tras un rato vagando sin rumbo, sólo nos quedó dedicarnos a beber cerveza, único placer que aquel tiempo sin piedad nos permitía.

Comiendo en un restaurante junto al río, un hombre se bajó de una moto justo a nuestro lado. Era el papá del niño del tacataca del día anterior.

Se había parado sólo para saludarnos y para ver si nos había gustado la ciudad y saber como estábamos.

Al final y, a pesar de todo, si por algo conquista Myanmar es por su gente.

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