Cuzco, la antigua capital Inca

Como una auténtica Roma del mundo Incaico, Cuzco (o Cusco) quizás represente como ninguna otra ciudad en todo el Perú la esencia arqueológica, monumental e histórica de todo el país conviertiendose en estándarte del indigenismo quechua y en emblema turistico e identitario de gran parte de la población peruana.
Habitada desde hace más de 3000 años, Cuzco es un auténtico testimonio viviente de la grandeza que alcanzó el imperio inca, desdeñada quizás en su momento por los conquistadores españoles pero a la vez, Cuzco también es prueba viviente del pasado colonial español que ha dejado una huella indeleble en la ciudad y en todo el país.
Durante sus tiempos de gloria, allá por el siglo XII, Cuzco llegó a ser la ciudad más poblada de todo el continente americano y en el siglo XVI fue un auténtico objeto de deseo para los españoles atraidos por sus riquezas, por su influencia y su poder político y militar. En la actualidad, en cambio, desplazada económicamente por otras urbes del país, Cuzco es una tranquila y bonita ciudad, declarada patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983, muy bien conservada, muy apreciada por los turistas y motivo de orgullo para los peruanos.

 

Nosotros regresamos a Cuzco después de nuestro viaje a Aguas Calientes y Machu Picchu y tengo que reconocer que llegamos agotados. Apenas llevabamos tres días en Perú y realmente no estabamos muy aclimatados a la altura y volver a subir a Cuzco supuso de nuevo un notable esfuerzo físico.
Pero no había demasiado tiempo para el descanso. Nos hubiese gustado tomarnos las cosas con más calma pero el retraso de más de un día que acumulabamos tras el retraso de nuestro vuelo a Lima desde Madrid había apretado todavía más nuestra agenda y nos había complicado bastante el viaje.
Sin piedad y a golpe de infusión de mate, durante los tres días siguientes nos dedicamos a recorrer la ciudad de Cuzco y terminar de explorar sus alrededores, llenos de lugares de interés.
Aquellos días de junio, soleados y secos pero de noches frías, Cuzco estaba inmerso en plenas celebraciones del Inti Raymi, o fiesta del sol, que se celebra cada año en pleno solsticio de invierno.
Dicho solsticio de invierno se alcanza el 24 de junio, pero lo cierto es que Cuzco se lanza a las calles a celebrar el Inti Raymi durante todo el mes.
A nuestra llegada, yo me quede atrapado por la plaza de Armas que bullía fervorosa en plena celebración. La plaza de Armas es impresionante. Aunque inicialmente fue construida por los incas sobre un pantano, en la actualidad, con la poderosa catedral al fondo, lo cierto es que el lugar transporta más bien a la época colonial española.
En una ciudad tan turística como Cuzco, la plaza estaba tomada en sus laterales por hordas de turistas con cafeterías para extranjeros con sus balcones y agencias de viajes también para guiris, pero todo el centro de la plaza, enorme y cuadrada pertenecía aquellos días a los cuzqueños, que habían tomado la plaza durante el mes de junio con bailes tradicionales, desfiles, coloridos trajes regionales y enormes escenarios con altavoces, música y vendendores ambulantes.
Una manifestación y unas cuantas pancartas le dan también un tinte político a la fiesta. “Desarrollo ¿para quien y para que?” increpaba un cartel.
Los niños corrían de un lado al otro. Algunos adultos también y otros permanecían sin más sentados en alguna esquina, viendo todo aquel jolgoria y explosión de colores.
Y es que observar la plaza, tanto desde uno de los balcones con un té de mate en la mano, como desde la plaza misma inmerso en la multitud, era un espectaculo absorbente y fascinante que a  mí me atrapó camara en mano durante un buen rato (para desesperación de mis compañeras de viaje…).
Pero Cuzco es mucho más que la Plaza de Armas, por mucho que ésta me guste. De la Plaza de Armas subiendo por unas cuantas callejuelas nos dirigimos al barrio de San Blan, uno de los distritos más pintorescos de la ciudad, lleno de artístas, de talleres de pintura y de pequeños hoteles y restaurantes. El barrio de San Blas es muy bonito, con todas sus estrechas callejuelas empedradas escalando la colina que protege la ciudad hasta llegar arriba a una bonita plaza con una enorme fuente, casas encaladas en blanco, viejecitos descansando con sus sombreros y cholas con sus llamas pidiendo dinero.
San Blan tiene el encanto de esos barrios rehabilitados pero no demasiado, todavía con el sabor de lo auténtico,  tranquilos y alejados del tráfico intenso de la parte más baja de la ciudad. Comimos y después nos perdimos entre los callejones y entramos en un par de tiendas de souvenirs. En una de ellas nos atendió una madraza enorme que estaba dando de amamantar a su bebe, que apenas debía de contar con unos pocos meses. La mujer, con ese acento peruano tan suave y calmado, nos comentó que estaba muy orgullosa de Cuzco y de su barrio de San Blas. “Aquí en San Blas la gente es sana, ¿sabe usted?-nos dijo mientras apretaba en su regazo a sus bebé- Cuzco es una ciudad muy tranquila. Cuidamos al turismo porque sabemos que trae dinero y porque somos un pueblo hospitalario. En la radio, en periódicos siempre nos dicen que tratemos bien al turismo. Y así se hace”-concluyó orgullosa la mujer.
Pero si hay algo de lo que están orgullosos los cuzqueños, dedujimos por la insistencia en sus preguntas sobre si lo habíamos visitado, es el Coricancha, el sagrado templo inca sobre el que fue construido el actual monasterio de Santo Domingo.
A los cuzqueños les encanta recordar a los españoles que visitamos la ciudad, los horrores que nuestros antepasados pertrecharon en tierras peruanas. Lo hacen con elegancia, con cierta deportividad, y se excusan diciendo que saben de sobra que nosotros no tenemos la culpa de nuestro pasado, pero aún así siguen sacando a relucir en cuanto pueden los desaciertos del pasado colonial español. Nosotros siempre les respondíamos con una sonrisa y educadamente les dabamos la razón, sin ningún afán de discutir o empezar a hablar sobre la herencia histórica del país o sobre las contradicciones que suponen aquellas críticas, pues muchos de ellos mismos tienen también descendientes españoles (muchos de ellos no son indígenas puros), con lo que en cierta forma, también están así renegando de parte de su herencia cultural y sanguínea.
A lo que iba. Poco queda hoy en día del que fué uno de los templos incas más venerados. Los españoles no tuvieron piedad y desmontaron piedra a piedra y pieza a pieza el Coricancha para utilizar la piedra para la construcción de sus propias casas y edificios civiles. Aún así parte del recinto aún sobrevive dentro del monasterio, y los restos del templo del Sol permanecen estoicos bajos los techos del monasterio de Santo Domingo como si el mismo templo continuase siendo hoy en día  preso dentro de una carcel de barrotes fabricados de fé cristiana.
Otro de los lugares más emblemáticos del antiguo pasado inca de Cuzco, quizás sea la fortaleza de nombre impronunciable, Sacsayhuamán. Este fuerte militar que todavía hoy custodia la ciudad de Cuzco y desde donde se pueden contemplar unas vistas privilegiadas de la ciudad, fue  el escenario de una de las quizás más sangrietas ballatas entre españoles e incas.
Los incas habían tomado la fortaleza y habían iniciado el sitio de la ciudad de Cuzco desde Sacsayhuamán, sitio que duró durante muchos días. Hernando Pizarro, hermano del famoso conquistador Francisco Pizarro, utilizó la información proporcionada por el traidor tio del emperador inca, para acceder a la fortaleza al mostrarles la forma de entrar a la misma. Los incas, al principio sorprendidos,  acabaron por mostrar una feroz resistencia. La batalla fue muy cruenta con muchas bajas por los dos lados (entre ellos el propio hermano de Francisco y Hernando)  hasta que finalmente la fortaleza fue tomada por los españoles, contando las crónicas que miles de cadaveres terminaron bañando en sangre las piedras de Sacsayhuamán y que los buitres y aves carroñeras disfrutaron de un copioso festín durante semanas.
En los años posteriores, Sacsayhuamán fue destruido utilizando las piedras para la construcción de la propia catedral de Cuzco, quedando hoy en día sólo una mínima parte de lo que tuvo que ser la fortaleza en sus buenos tiempos. Como siempre visitar ruinas, exige de parte del visitante el ejercicio de la imaginación.
Resulta irónico que la catedral de Cuzco haya sido construida con las piedras teñidas de sangre de los propios guerreros incas. Otra de esas crueles ironías de la historia. He de reconocer que cuando visite la catedral, no se si influido por el tremendo peso de la historia de la ciudad, el interior me resultó bastante inquietante. La catedral de Cuzco es hermosa pero el ambiente que destila es, en cierta forma turbador. Las paredes están llenas de espejos colocados maliciosamente por los sacerdotes de la época para atraer a los incas al catolicismo fascinados por su propia imagen reflejada, como si fuese un truco de magia, y las representaciones e imagenes cristianas son francamente espeluznantes. Las representaciones pictóricas y las tallas de madera parecían cobrar vida a nuestro paso, y sus miradas casi parecían dar prueba de todo el sufrimiento del que habían sido testigos.
Al fin y al cabo toda la historia de la catedral y de la propia ciudad  está plagada de muerte y Cuzco en sí asienta sus cimientos en una tierra empapada en sangre derramada en nombre de la estupidez humana y el fanatismo religioso, que son sin duda algunos de los más peligrosos compañeros de viaje que ha podido buscarse la humanidad a lo largo de los siglos.

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