La vida líquida en el lago Inle

El brumoso y misterioso lago Inle es una enorme extensión de agua dulce situada en pleno estado de Shan, en la parte oriental de Myanmar.

A pesar de sus casi 500 kilómetros cuadrados de extensión, Inle sólo es el segundo lago más grande de Myanmar pero, a cambio, constituye uno de los principales destinos turísticos del país. Visitantes de todo el mundo acuden a Inle atraídos por las frescas temperaturas, la tranquilidad que reposa sobre las calmadas aguas del lago, su rica biodiversidad y lo pintoresco de la vida tradicional de sus habitantes los cuales han hecho del agua y del lago parte de su rutina diaria, de su forma misma de entender la existencia.

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El lago cuenta con unos 70000 habitantes repartidos en cuatro pueblos ciudades principales y pequeñas aldeas sobre el lago, todas ellas volcadas en el agua misma, sumergidas en la vida líquida de las orillas.

Los habitantes de Inle se conforman de una verdadera ensalada étnica, donde los Intha son el principal ingrediente pero donde cohabitan Shan, Taungyo y otras tantas etnias.

La vida en Inle está todavía muy apegada a la tradición. Gran parte de las casas están literalmente construidas encima del lago soportadas por oscuros pilares de madera. El medio de transporte principal entre los distintos puntos del lago siguen siendo pequeños barcos de madera, en la mayoría de los casos, o botes motorizados, en el mejor de ellos.

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El principal medio de vida de los habitantes del lago es la pesca y el cultivo del arroz, el turismo y la fabricación manual de enseres para el comercio, siendo los pescadores locales muy famosos por su peculiar estilo de remo que consiste en sostenerse sobre una pierna en equilibrio sobre el borde del barco mientras levantan el remo con la otra pierna. Esta técnica tan peculiar, es útil, porque así pueden ver las raíces u obstáculos de los que el lago está lleno y que en caso de remar sentados no podrían ni tan si quiera adivinar desde el barco.

El núcleo de población más importante del lago es la localidad de Nyaung Shwe, al norte del lago, uno de los principales puntos de partida para explorar el lago y el corazón turístico de la región. Y precisamente en Nyaung Shwe era donde se encontraba el Hotel Aquarius donde nos alojábamos.

Fernando, nuestro guía del trekking, nos llevó hasta allí después de un paseo en barca alrededor del lago en el que pudimos tomar un primer contacto con la vida en Inle: las granjas de arroz en pleno lago, la inmensidad húmeda y vaporosa del entorno y las sonrisas de los locales que nos saludaban desde sus barcas al cruzarse con nosotros.

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Antes de llegar a nuestro hotel, hicimos una parada en la pagoda, quizás, más venerada de todo el lago: la Hpaung Daw U Pagoda.

Fernando nos llevó hasta allí porque era un sitio bastante emblemático del lago y no podía escapar la ocasión de conocerlo. Hpaung Daw U Pagoda es el lugar más sagrado de todo el estado de Shan y es muy famosa por las cinco imágenes de buda chapadas en oro que custodia. En realidad, nos contó Fernando, las imágenes no son de oro macizo sino que los fieles se acercan y les plantan en la superficie un poquito de pan de oro.

Tantos fieles han ido y tanto oro le han puesto que al final, después de tantos años, los cinco budas los pobres son imágenes amorfas que recuerdan a todo menos a un Buda.

Me llamó la atención que las mujeres no podían acercarse a las imágenes, en cambio, sí que podían los varones. Le pregunté a Fernando sobre la causa por la que esto era así, ya que era algo que había visto ya en varios templos en Myanmar y me parecía muy poco propio del budismo bastante tolerante con el tema de la mujer, con respecto a otras religiones como la musulmana.

Ante mi pregunta, Fernando se quedó pensativo durante unos segundos y finalmente comentó, no sé si acertadamente, que probablemente era por la influencia india en el país, que al final era mucha. Porque Myanmar no era un país tan machista como otros del entorno-concluyó.

Las afueras del templo estaban llenas de vendedores de artesanía. Compré unos cuantos imanes en madera para regalar a unos amigos, que a los dos días estaban completamente hechos polvo casi sin tocarlos, así que supongo que al final no hice una buena compra.

Fue tras la visita a Hpaung Daw U Pagoda, al dejarnos en nuestro hotel Aquarius, que nos despedimos definitivamente de Fernando tras las duras jornadas de trekking. Había sido un guía y acompañante estupendo, la verdad. La despedida estuvo marcada por esa extraña sensación de “probablemente no te voy a volver a ver nunca” que acompaña a las despedidas de este tipo en los viajes.

El Hotel Aquarius fue posiblemente el mejor y el más cómodo en toda nuestra estancia en Myanmar y la verdad que yo agradecí por un par de noches un respiro de confort y buen descanso, sobre todo después de las jornadas de trekking hasta Inle.

El Hotel estaba lleno de mochileros y sus dueños tenían el negocio bien montado, el wifi funcionaba bien y tenían hasta tortilla de patatas para desayunar porque una española le había dado la receta a la cocinera hacía tiempo, nos contó una camarera.

Nuestros lluviosos y húmedos días en Inle los compartimos también con Nico y Magdalena, nuestros amigos chilenos. Logramos negociar una barcaza para seis por muy buen precio ya que con la lluvia intensa que caía sobre Inle aquellos días, los locales no estaban demasiado ocupados y no había demasiados turistas que se lanzasen a explorar el lago. (Unos 17000 kyats nos costó un día entero para los seis).

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La verdad que el lago es un lugar increíble incluso con lluvia. Aunque es difícil apartar la vista de las bellas montañas que custodian los tesoros del lago, lo cierto es que lo que atrapa es la propia vida que emana de sus aguas y la naturalidad con la que sus habitantes conviven inmersos en el entorno que les rodea, desde los pescadores hasta los propios agricultores pasando por los viajeros que se mueven de una ribera a otra del lago.

Nuestra primera parada aquel día fueron los jardines flotantes, que, en realidad, son unos huertos sustentados por larguísimas estructuras de madera en las que los intha locales cultivan frutas, verduras y flores.

La cosecha, el cuidado y recolecta de los huertos lo realizan los agricultores desde las propias y endebles barcas de madera a remo que manejan con una pausada destreza admirable.

Tras los jardines flotantes en los que realmente no nos llegamos a bajar de nuestro barco a motor, nuestro barquero nos obsequió con una serie de visitas a talleres de artesanía y mercados de productos locales cerca en Ywama, a ver si comprábamos algo.

Visitamos unos telares y pudimos admirar el delicado trabajo de la tela y después fuimos a una orfebrería donde nos demostraron lo duro del trabajo del metal. Como llovía mucho casi agradecíamos estar a cubierto un rato y además, al final, todos acabamos cayendo y comprando cosas.

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La parte comercial del viaje nos llevó casi dos horas así que muy cerca de allí, nuestro barquero, que tenía la ruta bastante bien estudiada, nos llevó a comer un pequeño restaurante que como casi todo en el lago, era flotante.

Comimos sorprendentemente bien, mucho mejor de lo que cabía esperar de un sitio tan turístico e incluso de lo que cabría esperar de la modesta comida birmana.

Durante la comida no paró de llover. Llovía con fuerza, con ganas y empezamos a intuir que por desgracia la lluvia no nos iba a abandonar durante todo nuestro tiempo en el lago.

De Ywama nuestro siguiente destino fue la célebre localidad de Inthein, a la que se llega después de un largo y sinuoso camino en barco entre la maleza. Era casi como si nos estuviéramos adentrando en la selva.

No sé si era por la lluvia pero Inthein tenía un aspecto tristón, destartalado y decadente. Visitamos unas cuantas pagodas. Para llegar hasta ellas tuvimos que atravesar un mercado de souvenirs casi sin turistas y un campo de fútbol totalmente embarrado donde una vaca parecía ser la única a la que no le molestaba la lluvia.

Los templos eran enormes pero húmedos, oscuros y con olor a viejo por todas partes. En Inthein, casi parecía que la selva comenzaba a ganarle la batalla al hombre y se veía a las claras que aquellos templos habían vividos tiempos mejores.

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Subimos una larguísima escalera flanqueada por unos aburridos vendedores de marionetas de ojos vacíos y souvenirs sin futuro dueño (no había muchos turistas aquel día). Al llegar arriba nos encontramos con la Shwe Inn Thein Paya, un enorme conjunto monumental completamente devorado por la lluvia y la vegetación. Las vistas eran impresionantes pero como llovía y el lugar nos pareció algo desangelado nos bajamos enseguida y volvimos pronto al barco. Queríamos llegar antes de que se nos hiciera muy tarde al famoso templo Nga Hpe Kyaung.

Este templo, también conocido como el templo del gato saltarín, es célebre porque los monjes que lo habitan se dedican a entrenar monjes para saltar entre aros, como si de un espectáculo de circo se tratase.

Sé que puede resultar extraño, pero a mí me parecía un espectáculo tan surrealista y extravagante que casi era la visita que me hacía más ilusión de todo el lago.

Cuando llegamos a Npa Hpe Kyaung era bastante tarde pero aún había algún turista perdido y los puestos de ventas de souvenirs aún no habían levantado el campamento.

Vimos unos cuantos gatos por allí perdidos pero cuál fue nuestra decepción (o más bien debo decir la mía) al comprobar que en Npa Hpe Kyaung ya no había más espectáculos de gatos saltarines entrenados por monjes budistas. Y no es que hubiéramos llegado tarde aquel día, no. Habíamos llegado tarde varios meses. Parece ser que las autoridades locales no estaban muy contentas porque un templo sagrado fuese tan conocido y visitado por unas razones tan profanas e irreverentes y habían decidido prohibir, al menos temporalmente, tan curioso esperpento para evitar visitantes irrespetuosos.

Una pena. Yo me quedé casi tan triste como los gatos que paseaban aburridos por los alrededores del templo.

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Era ya tarde cuando regresamos a Nyaung Shwe. Al menos ya no llovía cuando desembarcamos pero el pueblo olía a humedad y a barro y era realmente difícil andar sin pisar un charco.

Terminamos el día cenando los seis en un restaurante de, como no, pescado. El local estaba lleno de birmanos y en el aire se respiraba el hedor a fritanga y aceite. No fue aquella precisamente mi comida más gloriosa en todos mis días birmanos.

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