Knysna y la ruta jardín

Nuestra siguiente parada en nuestro viaje camino de Ciudad del Cabo no era otro que Knysna, una pequeña localidad costera ya situada en la provincia del Cabo Occidental.

Knysna es una ciudad muy turística, no sólo por el fabuloso entorno natural que la rodea, si no por estar enclavada en la famosísima Ruta Jardín (Garden Route), carretera que seguiríamos durante los dos días siguientes, según dicen una de las rutas en carretera más impresionantes del mundo.

La Garden Route se extiende a través de la costa sudoriental de Sudáfrica desde Storm River en la provincia del Cabo Oriental hasta Mossel Bay en la provincia del Cabo Occidental y es después de Ciudad del Cabo el lugar del país que recibe el mayor número de visitantes, atraídos por la riqueza natural y paisajística y por su especial climatología.

Y es que esta región de África tiene el segundo clima más suave del planeta, después de Hawái. Las temperaturas nunca caen apenas por debajo de los 10 ºC en invierno y muy raramente se colocan por encima de 28ºC en verano.

Además, la Ruta bordea una parte de la costa arrinconada entre las montañas Outeniqua y Tsitsikamma y el Océano Índico y alberga, debido a todo esto, una enorme diversidad biológica (espesos bosques de vegetación endémica, más de 300 especies de pájaros y reservas marinas únicas).

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Pero es a nivel de paisajes donde la Garden Route te explota a la vista en cuanto empiezas a recorrerla. Desde la ventanilla del coche, desfila una interminable y hermosa sucesión de lagunas, lagos, montañas, bosques, largas playas de arena blanca y pequeños pueblecitos como Pettenberg Bay y la propia Knysna, que invitan continuamente a hacer un alto en el camino.

No es de extrañar que, teniendo en cuenta todo esto, la Garden Route sea el lugar perfecto para las vacaciones de muchas familias con niños (y no solo sudafricanas, si no también noreuropeas o británicas) y el retiro ideal para muchos jubilados sudafricanos o ingleses que encuentran en las arenas de las playas de esta parte del país y en su clima suave y sin brusquedades el lugar perfecto para pasar sus últimos años de vida.

Para llegar a Knysna desde Addo y antes de entrar en la Garden Route, tuvimos que pasar muy cerca de la enorme ciudad industrial de Port Elisabeth. Aunque la región en la que se encuentra enclavada la ciudad también es realmente bonita, los alrededores de Port Elisabeth están muy contaminados. Se podía notar la polución a medida que nos acercábamos.

Me resultaba muy curioso que hubiese una ciudad tan contaminada así de próxima a dos grandes regiones naturales protegidas como eran el Addo National Park y la propia Garden Route.

Si para nosotros aquellas fueron dos jornadas de viaje maravillosas, impactados como estábamos por el paisaje de la Garden Route, para Stephen fue un viaje muy emocional marcado por el reencuentro con muchos lugares de su infancia y su adolescencia. Cuando era pequeño, él veraneaba aquí con su familia.

Antes de llegar a Knysna, hicimos una breve parada en Pettenberg Bay, situada a tan solo 35 kilómetros de nuestro destino. Pettenberg es una tranquila y típica localidad costera con su embarcadero y sus casitas de veraneo de una o dos plantas y algún que otro hotelito de costa, Eso sí, la playa sobre la que se encuadra es excepcional: una impresionante e interminable franja de arena blanca bañada por el Océano Índico que nos dejó con la boca abierta.

Sudáfrica cuenta con las mejores playas que yo haya visto jamás hasta la fecha. Lo de las playas allí es algo brutal.

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Knysna en sí es bonito y agradable, pero tampoco tiene nada especial. La ciudad está apostada en las riveras de un enorme estuario conocido como Knysna Lagoon, alimentado por el río del mismo nombre. Fue fundada allá por el año 1760, cuando se establecieron los primeros colonos europeos aunque queda poco de la antigua ciudad, que da la sensación de haberse convertido en un centro vacacional y residencial.

El entorno de Knysna, eso sí, como dije antes, es fabuloso, rodeado de mar por todas partes. El estuario se abre paso al Océano a través de enormes acantilados, los Headlands, dignos de admiración para los paseantes y de temor para los marineros, que han zozobrado a lo largo de los siglos en sus inmediaciones por las terribles corrientes del lugar.

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Nos alojábamos en una bonita casa en lo alto de una colina. La tía de Stephen que vivía en Knysna la había encontrado para nosotros. Era enorme y no le faltaba detalle. Era el lugar perfecto para descansar.

Aquella noche cenamos con ella en un restaurante mozambicano donde yo pude disfrutar de un alegre curry de pescado que casi destruye mi estómago.

La verdad que Knysna no es bueno para mi sistema digestivo. Hacía años, ya había tenido la suerte de poder visitar Knysna y por aquel entonces también habíamos quedado para cenar con la tía de Stephen en un lugar de marisco donde nos sirvieron una docena de ostras.

No en vano, Knysna es famosa por sus ostras y su Knysna Oyster Event es famoso en todo el país. Durante los diez días que dura el evento se pueden llegar a consumir hasta 200000 ostras. Un verdadero genocidio marisqueiro ejecutado con sangre fría y limón.

Yo reconozco que nunca había probado las ostras y su textura gelatinosa y su fuerte sabor a mar me repugno un poco, pero aún así abierto yo a nuevas experiencias, me lancé a ello. Pero claro lo peor vino después: la gastroenteritis galopante que me agarré por aquel entonces me obligó a visitar el día siguiente el Knysna Elephant Park buscando desesperadamente cada diez minutos un arbusto donde poder hacer mis necesidades. No voy a entrar en más detalles. Es muy escatológico.

Pues bien, años después, esta segunda visita a Knysna estuvo marcada esta vez por aquel picantito curry cuyas consecuencias me acompañarían todavía durante los dos o tres días siguientes.

Al día siguiente desayunamos en casa de la tía de Stephen. Al fin y al cabo, ellos hacía mucho que no se veían y tenían muchas cosas de las que hablar, y Mar y yo estábamos encantados de conocer el país de mano de sus ciudadanos.

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La casa de la tía era un precioso hogar de madera, decorado con muchísimo gusto. La casa contaba con una terraza impresionante con vistas increíbles a un valle verde lleno de vegetación. Parecía un lugar muy tranquilo.

Se podía respirar el aire fresco de la mañana. La tía de Stephen nos trató genial y aquel día desayunamos como reyes.

Nos acompañó en el desayuno un amigo de la tía, bastante entrado en años, ya jubilado, de pelo blanco, piel tostada por el sol y sonrisa simpática. Tras las típicas presentaciones y tras unos cuantos minutos de charla cordial, la conversación fue profundizando y ganando en intensidad y tuvimos con él, la que fue una de las conversaciones más interesantes de todo nuestro viaje.

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Él, en sus años mozos, había trabajado como director de filmes promocionales del régimen del Apartheid. Él no se enorgullecía de su pasado pero reconocía abiertamente que había formado parte del aparato político y publicitario del régimen del Apartheid. Hacía documentales en los que intentaban demostrar las buenas condiciones de vida y trabajo de la población negra alabando las virtudes del sistema de segregación racial.

Por aquel entonces, él era joven, nos dijo, y creía firmemente que el Apartheid era la mejor opción para el país. Ahora, a pesar de los retos y dificultades que afronta Sudáfrica se da cuenta de que estaba completamente equivocado. “El problema-terminó concluyendo-es que hay muchos que siguen pensando que aquel sistema era el mejor”.

Aún quedan nostálgicos del régimen.

No sé cómo nos las arreglábamos pero incluso en lugares tan fabulosos como aquel, siempre acabábamos volviendo al tema de la política…

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